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Julio Verne
De la Tierra a la Luna

I
El Gun-Club
Durante la guerra de Secesin de los Estados Unidos, se estableci en Baltimore, 
ciudad del Estado de Maryland, una nueva sociedad de mucha influencia. Conocida es la 
energa con que el instinto militar se desenvolvi en aquel pueblo de armadores, 
mercaderes y fabricantes Simples comerciantes y tenderos abandonaron su despacho y su 
mostrador para improvisarse capitanes, coroneles y hasta generales sin haber visto las 
aulas de West Point,(1) y no tardaron en rivalizar dignamente en el arte de la guerra con 
sus colegas del antiguo continente, alcanzando victorias, lo mismo que stos, a fuerza de 
prodigar balas, millones y hombres.
1. Academia militar de los Estados Unidos.

Pero en lo que principalmente los americanos aventajaron a los europeos, fue en la 
ciencia de la balstica, y no porque sus armas hubiesen llegado a un grado ms alto de 
perfeccin, sino porque se les dieron dimensiones desusadas y con ellas un alcance 
desconocido hasta entonces. Respecto a tiros rasantes, directos, parablicos, oblicuos y 
de rebote, nada tenan que envidiarles los ingleses, franceses y prusianos, pero los 
caones de stos, los obuses y los morteros, no son ms que simples pistolas de bolsillo 
comparados con las formidables mquinas de artillera norteamericana.
No es extrao. Los yanquis no tienen rivales en el mundo como mecnicos, y nacen 
ingenieros como los italianos nacen msicos y los alemanes metafsicos. Era, adems, 
natural que aplicasen a la ciencia de la balstica su natural ingenio y su caracterstica 
audacia. As se explican aquellos caones gigantescos, mucho menos tiles que las 
mquinas de coser, pero no menos admirables y mucho ms admirados. Conocidas son en 
este gnero las maravillas de Parrot, de Dahlgreen y de Rodman. Los Armstrong, los 
Pallisier y los Treuille de Beaulieu tuvieron que reconocer su inferioridad delante de sus 
rivales ultramarinos.
As pues, durante la terrible lucha entre nordistas y sudistas, los artilleros figuraron en 
primera lnea. Los peridicos de la Unin celebraron con entusiasmo sus inventos, y no 
hubo ningn hortera, por insignificante que fuese, ni ningn cndido bobalicn que no se 
devanase da y noche los sesos calculando trayectorias desatinadas.
Y cuando a un americano se le mete una idea en la cabeza, nunca falta otro americano 
que le ayude a realizarla. Con slo que sean tres, eligen un presidente y dos secretarios. 
Si llegan a cuatro, nombran un archivero, y la sociedad funciona. Siendo cinco se 
convocan en asamblea general, y la sociedad queda definitivamente constituida. As 
sucedi en Baltimore. El primero que invent un nuevo can se asoci con el primero 
que lo fundi y el primero que lo taladr. Tal fue el ncleo del Gun-Club.(1)
1. Can Club.

Un mes despus de su formacin, se compona de 1.833 miembros efectivos y 30.575 
socios correspondientes.
A todo el que quera entrar en la sociedad se le impona la condicin, sine qua non, de 
haber ideado o por to menos perfeccionado un nuevo can, o, a falta de can, un arma 
de fuego cualquiera. Pero fuerza es decir que los inventores de revlveres de quince tiros, 
de carabinas de repeticin o de sables-pistolas no eran muy considerados. En todas las 
circunstancias los artilleros privaban y merecan la preferencia.
-La predileccin que se les concede -dijo un da uno de los oradores ms distinguidos 
del Gun-Club- guarda proporcin con las dimensiones de su can, y est en razn 
directa del cuadrado de las distancias alcanzadas por sus proyectiles.
Fundado el Gun-Club, fcil es figurarse lo que produjo en este gnero el talento 
inventivo de los americanos. Las mquinas de guerra tomaron proporciones colosales, y 
los proyectiles, traspasando los lmites permitidos, fueron a mutilar horriblemente a ms 
de cuatro inofensivos transentes. Todas aquellas invenciones hacan parecer poca cosa a 
los tmidos instrumentos de la artillera europea.
Jzguese por las siguientes cifras:
En otro tiempo, una bala del treinta y seis, a la distancia de 300 pies, atravesaba treinta 
y seis caballos cogidos de flanco y setenta y ocho hombres. La balstica se hallaba en 
mantillas. Desde entonces los proyectiles han ganado mucho terreno. El can Rodman, 
que arrojaba a siete millas(1) de distancia una bala que pesaba media tonelada, habra 
fcilmente derribado 150 caballos y 300 hombres. En el Gun-Club se trat de hacer la 
prueba, pero aunque los caballos se sometan a ella, los hombres fueron por desgracia 
menos complacientes.
1. La milla anglosajona equivale a 1.609,31 metros.

Pero sin necesidad de pruebas se puede asegurar que aquellos caones eran muy 
mortferos, y en cada disparo caan combatientes como espigas en un campo que se est 
segando. Junto a semejantes proyectiles, qu significaba aquella famosa bala que en 
Coutras, en 1587, dej fuera de combate a veinticinco hombres?
Qu significaba aquella otra bala que en Zeradoff, en 1758, mat cuarenta soldados? 
Qu era en sustancia aquel can austriaco de Kesselsdorf, que en 1742 derribaba en 
cada disparo a setenta enemigos? Quin hace caso de aquellos tiros sorprendentes de 
Jena y de Austerlitz que decidan la suerte de la batalla? Cosas mayores se vieron durante 
la guerra federal. En la batalla de Gettysburg un proyectil cnico disparado por un can 
mat a 173 confederados, y en el paso del Potomac una bala Rodman envi a 115 
sudistas a un mundo evidentemente mejor. Debemos tambin hacer mencin de un 
mortero formidable inventado por J. T. Maston, miembro distinguido y secretario 
perpetuo del Gun-Club, cuyo resultado fue mucho ms mortfero, pues en el ensayo mat 
a 137 personas. Verdad es que revent.
Qu hemos de decir que no lo digan, mejor que nosotros, guarismos tan elocuentes? 
Preciso es admitir sin repugnancia el clculo siguiente obtenido por el estadista Pitcairn: 
dividiendo el nmero de vctimas que hicieron las balas de can por el de los miembros 
del Gun-Club, resulta que cada uno de stos haba por trmino medio costado la vida a 
2.375 hombres y una fraccin.
Fijndose en semejantes guarismos, es evidente que la nica preocupacin de aquella 
sociedad cientfica fue la destruccin de la humanidad con un fin filantrpico, y el 
perfeccionamiento de las armas de guerra consideradas como instrumentos de 
civilizacin.
Aquella sociedad era una reunin de ngeles exterminadores, hombres de bien a carta 
cabal.
Adase que aquellos yanquis, valientes todos a cul ms, no se contentaban con 
frmulas, sino que descendan ellos mismos al terreno de la prctica. Haba entre ellos 
oficiales de todas las graduaciones, subtenientes y generales, y militares de todas las 
edades, algunos recin entrados en la carrera de las armas y otros que haban encanecido 
en los campamentos. Muchos, cuyos nombres figuraban en el libro de honor del 
Gun-Club, haban quedado en el campo de batalla, y los dems llevaban en su mayor 
parte seales evidentes de su indiscutible denuedo. Muletas, piernas de palo, brazos 
artificiales, manos postizas, mandbulas de goma elstica, crneos de plata o narices de 
platino, de todo haba en la coleccin, y el referido Pitcairn calcul igualmente que en el 
Gun-Club no haba, a to sumo, ms que un brazo por cada cuatro personas y dos piernas 
por cada seis.
Pero aquellos intrpidos artilleros no reparaban en semejantes bagatelas, y se llenaban 
justamente de orgullo cuando el parte de una batalla dejaba consignado un nmero de 
vctimas diez veces mayor que el de proyectiles gastados.
Un da, sin embargo, triste y lamentable da, los que sobrevivieron a la guerra firmaron 
la paz; cesaron poco a poco los caonazos; enmudecieron los morteros; los obuses y los 
caones volvieron a los arsenales; las balas se hacinaron en los parques, se borraron los 
recuerdos sangrientos. Los algodoneros brotaron esplendorosos en los campos 
prdigamente abonados, los vestidos de luto se fueron haciendo viejos a la par del dolor, 
y el Gun-Club qued sumido en una ociosidad profunda.
Algunos apasionados, trabajadores incansables, se entregaban an a clculos de 
balstica y no pensaban ms que en bombas gigantescas y obuses incomparables. Pero, 
sin la prctica, de qu sirven las teoras? Los salones estaban desiertos, los criados 
dorman en las antesalas, los peridicos permanecan encima de las mesas, tristes 
ronquidos partan de los rincones oscuros, y los miembros del Gun-Club. tan bulliciosos 
en otro tiempo, se amodorraban mecidos por la idea de una artillera platnica.
-Qu desconsuelo! -dijo un da el bravo Tom Hunter, mientras sus piernas de palo se 
carbonizaban en la chimenea-. Nada hacemos! Nada esperamos! Qu existencia tan 
fastidiosa! Qu se hicieron de aquellos tiempos en que nos despertaba todas las maanas 
el alegre estampido de los caones?
-Aquellos tiempos pasaron para no volver -respondi Bilsby, procurando estirar los 
brazos que le faltaban-. Entonces daba gusto! Se inventaba un obs, y, apenas estaba 
fundido, iba el mismo inventor a ensayarlo delante del enemigo, y se obtena en el 
campamento un aplauso de Sherman o un apretn de manos de MacClellan. Pero 
actualmente los generales han vuelto a su escritorio, y en lugar de mortferas balas de 
hierro despachan inofensivas balas de algodn. Santa Brbara bendita! El porvenir de la 
artillera se ha perdido en Amrica!
-S, Bilsby -exclam el coronel Blomsberry-, hemos sufrido crueles decepciones. Un 
da abandonamos nuestros hbitos tranquilos, nos ejercitamos en el manejo de las armas, 
nos trasladamos de Baltimore a los campos de batalla, nos portamos como hroes, y dos o 
tres aos despus perdemos el fruto de tantas fatigas para condenarnos a una deplorable 
inercia con las manos metidas en los bolsillos.
Trabajo le hubiera costado al valiente coronel dar una prueba semejante de su 
ociosidad, y no por falta de bolsillos.
-Y ninguna guerra en perspectiva! -dijo entonces el famoso J. T. Maston, rascndose 
su crneo de goma elstica-. Ni una nube en el horizonte, cuando tanto hay an que 
hacer en la ciencia de la artillera! Yo, que os hablo en este momento, he terminado esta 
misma maana un modelo de mortero, con su plano, su corte y su elevacin, destinado a 
modificar profundamente las leyes de la guerra.
-De veras? -replic Tom Hunter, pensando involuntariamente en el ltimo ensayo del 
respetable J. T. Maston.
-De veras -respondi ste-. Pero de qu sirven tantos estudios concluidos y tantas 
dificultades vencidas? Nuestros trabajos son intiles. Los pueblos del nuevo mundo se 
han empeado en vivir en paz, y nuestra belicosa Tribuna(1) pronostica catstrofes 
debidas al aumento incesante de las poblaciones.
-Sin embargo, Maston-respondi el coronel Blomsberry-, en Europa siguen batindose 
para sostener el principio de las nacionalidades.
-Y qu?
-Y qu! Podramos intentar algo a11, y si se aceptasen nuestros servicios...
-Qu osis proponer? -exclam Bilsby-. Cultivar la balstica en provecho de los 
extranjeros!
-Es preferible a no hacer nada -respondi el coroner.
-Sin duda -dijo J. T. Maston- es preferible, pero ni siquiera nos queda tan pobre recurso.
-Y por qu? -pregunt el coroner.
-Porque en el viejo mundo se profesan sobre los ascensos ideas que contraran todas 
nuestras costumbres americanas. Los europeos no comprenden que pueda llegar a ser 
general en jefe quien no ha sido antes subteniente, to que equivale a decir que no puede 
ser buen artillero el que por s mismo-no ha fundido el can, to que me parece...
-Absurdo! -replic Tom Hunter destrozando con su bowieknife(2) los brazos de la 
butaca en que estaba sentado-. Y en el extremo a que han llegado las cosas no nos queda 
ya ms recurso que plantar tabaco y destilar aceite de ballena.
1. El ms fogoso peridico abolicionista de la Unin.
2. Cuchillo de bolsillo, de ancha hoja.

-Cmo! -exclam J. T. Maston con voz atronadora-. No dedicaremos los ltimos aos 
de nuestra existencia al perfeccionamiento de las armas de fuego? No ha de presentarse 
una nueva ocasin de ensayar el alcance de nuestros proyectiles? Nunca ms el 
fogonazo de nuestros caones iluminar la atmsfera? No sobrevendr una 
complicacin internacional que nos permita declarar la guerra a alguna potencia 
transatlntica? No echarn los franceses a pique ni uno solo de nuestros vapores, ni 
ahorcarn los ingleses, con menosprecio del derecho de gentes, tres o cuatro de nuestros 
compatriotas?
-No, Maston -respondi el coronel Blomsberry-, no tendremos tanta dicha! No se 
producir ni uno solo de los incidentes que tanta falta nos hacen; y aunque se produjesen, 
no sacaramos de ellos ningn partido! La susceptibilidad americana va desapareciendo, 
y vegetamos en la molicie!
-S, nos humillamos! -replic Bilsby.
-Se nos humilla! -respondi Tom Hunter.
-Y tanto! -replic J. T. Maston con mayor vehemencia-. Sobran razones para batirnos, 
y no nos batimos! Se economizan piernas y brazos en provecho de gentes que no saben 
qu hacer de ellos. Sin it muy lejos, se encuentra un motivo de grra. Decid, la 
Amrica del Norte no perteneci en otro tiempo a los ingleses?
-Sin duda-respondi Tom Hunter, dejando con rabia quemarse en la chimenea el 
extremo de su muleta.
-Pues bien! -repuso J. T. Maston-. Por qu Inglaterra, a su vez, no ha de pertenecer a 
los americanos?
-Sera muy justo -respondi el coronel Blomsberry.
-Id con vuestra proposicin al presidente de los Estados Unidos -exclam J. T. Maston- 
y veris cmo la acoge.
-La acoger mal -murmur Bilsby entre los cuatro dientes que haba salvado de la 
batalla.
-No ser yo -exclam J. T. Maston- quien le d el voto en las prximas elecciones.
-Ni yo -exclamaron de acuerdo todos aquellos belicosos invlidos.
-Entretanto, y para concluir -repuso J. T. Maston-, si no se me proporciona ocasin de 
ensayar mi nuevo mortero sobre un verdadero campo de batalla, presentar mi dimisin 
de miembro del Gun-Club, y me sepultar en las soledades de Arkansas.
-Donde os seguiremos todos -respondieron los interlocutores del audaz J. T. Maston.
Tal era el estado de la situacin. La exasperacin de los nimos iba en progresivo 
aumento, y el club se hallaba amenazado de una prxima disolucin, cuando sobrevino 
un acontecimiento inesperado que impidi tan sensible catstrofe.
Al da siguiente de la acalorada conversacin de que acabamos de dar cuenta, todos los 
miembros de la sociedad recibieron una circular concebida en los siguientes trminos:

Baltimore, 3 de octubre.

El presidente del Gun-Club tiene la honra de prevenir a sus colegas que en la 
sesin del 5 dei corriente les dirigir una comunicacin de la mayor 
importancia, por lo que les suplica que, cualesquiera que sean sus ocupaciones, 
acudan a la cita que les da por la presente. 
Su afectsimo colega,
IMPEY BARBICANE, P. G. C.


II
Comunicacin del presidente Barbicane
El 5 de octubre, a las ocho de la noche, una multitud compacta se apiaba en los 
salones del Gun-Club, 21, Union Square. Todos los miembros de la sociedad residentes 
en Baltimore haban acudido a la cita de su presidente.
En cuanto a los socios correspondientes, los trenes los depositaban a centenares en las 
estaciones de la ciudad, sin que por mucha que fuese la capacidad del saln de sesiones, 
cupiesen todos en ella. As es que aquel concurso de sabios reflua en las salas prximas, 
en los corredores y hasta en los vestibulos exteriores, donde se condensaba un gento 
inmenso que deseaba con ansia conocer la importante comunicacin del presidente Bar-
bicane. Los unos empujaban a los otros, y mutuamente se atropellaban y aplastaban con 
esa libertad de accin caracterstica de los pueblos educados en las ideas democrticas.
Un extranjero que se hubiese hallado aquella noche en Baltimore no hubiera 
conseguido a fuerza de oro penetrar en el gran saln, exclusivamente reservado a los 
miembros residentes o correspondientes, sin que nadie ms pudiera ocupar en l puesto 
alguno; as es que los notables de la ciudad, los magistrados del consejo y la gente selecta 
haban tenido que mezclarse con la turba de sus admiradores para coger al vuelo las 
noticias del interior.
La inmensa sala ofreca a las miradas un curioso espectculo. Aquel vasto local estaba 
maravillosamente adecuado a su destino. Altas columnas, formadas de caones 
sobrepuestos que tenan por pedestal grandes morteros, sostenan la esbelta armazn de la 
bveda, verdadero encaje de hierro fundido admirablemente recortado. Panoplias de 
trabucos, retacos, arcabuces, carabinas y de todas las armas de fuego antiguas y modernas 
cubran las paredes entrelazndose de una manera pintoresca. La llama del gas brotaba 
profusamente de un millar de revlveres dispuestos en forma de lmparas, completando 
tan esplndido alumbrado araas de pistolas y candelabros formados de fusiles 
artsticamente reunidos. Los modelos de caones, las muestras de bronce, los blancos 
acribillados a balazos, las planchas destruidas por el choque de las balas del Gun-Club, el 
surtido de baquetones y escobillones, los rosarios de bombas, los collares de proyectiles, 
las guirnaldas de granadas, en una palabra, todos los tiles del artillero fascinaban por su 
asombrosa disposicin y hacan presumir que su verdadero destino era ms decorativo 
que mortfero.
En el puesto de preferencia, detrs de una esplndida vidriera, se vea un pedazo de 
recmara rota y torcida por el efecto de la plvora, preciosa reliquia del can de J. T. 
Maston.
El presidente, con dos secretarios a cada lado, ocupaba en uno de los extremos del saln 
un ancho espacio entarimado. Su silln, levantado sobre una curea laboriosamente 
tallada, afectaba en su conjunto las robustas formas de un mortero de treinta y dos 
pulgadas, apuntando en ngulo de 90, y estaba suspendido de dos quicios que permitan 
al presidente columpiarse como en una mecedora, que tan cmoda es en verano para 
dormir la siesta. Sobre la mesa, que era una gran plancha de hierro sostenida por seis 
obuses, se vea un tintero de exquisito gusto, hecho de una bala de can admirablemente 
cincelada, y un timbre que se disparaba estrepitosamente como un revlver. Durante las 
discusiones acaloradas, esta campanilla de nuevo gnero bastaba apenas para dominar la 
voz de aquella legin de artilleros sobreexcitados.
Delante de la mesa presidencial, los bancos, colocados de modo que formaban eses 
como las circunvalaciones de una trinchera, constituan una serie de parapetos del 
Gun-Club, y bien puede decirse que aquella noche haba gente hasta en las trincheras. El 
presidente era bastante conocido para que nadie pudiese ignorar que no hubiera 
molestado a sus colegas sin un motivo sumamente grave.
Impey Barbicane era un hombre de unos cuarenta aos, sereno, fro, austero, de un 
carcter esencialmente formal y reconcentrado; exacto como un cronmetro, de un 
temperamento a toda prueba, de una resolucin inquebrantable. Poco caballeresco, 
aunque aventurero, siempre resuelto a trasladar del campo de la especulacin al de la 
prctica las ms temerarias empresas, era el hombre por excelencia de la Nueva 
Inglaterra, el nordista colonizador, el descendiente de aquellas Cabezas Redondas tan 
funestas a los Estuardos, y el implacable enemigo de los aristcratas del Sur, de los 
antiguos caballeros de la madre patria. Barbicane, en una palabra, era to que podra 
calificarse un yanqui completo.
Haba hecho, comerciando con maderas, una fortuna considerable. Nombrado director 
de Artillera durante la guerra, se manifest fecundo en invenciones, audaz en ideas, y 
contribuy poderosamente a los progresos del arma, dando a las investigaciones 
experimentales un incomparable desarrollo.
Era un personaje de mediana estatura, que por una rara excepcin en el Gun-Club, tena 
ilesos todos los miembros. Sus facciones, acentuadas, parecan trazadas con carbn y 
tiralneas, y si es cierto que para adivinar los instintos de un hombre se le debe mirar de 
perfil, Barbicane, mirado as, ofreca los ms seguros indicios de energa, audacia y 
sangre fra.
En aquel momento permaneca inmvil en su silln, mudo, meditabundo, con una 
mirada honda, medio tapada la cara por un enorme sombrero, cilindro de seda negra que 
parece hecho a propsito para los crneos americanos.
A su alrededor, sus colegas conversaban estrepitosamente sin distraerle. Se 
interrogaban, recorran el campo de las suposiciones, examinaban a su presidente, y pro-
curaban, aunque en vano, despejar la incgnita de su imperturbable fisonoma.
Al dar las ocho en el reloj fulminante del gran saln, Barbicane, como impelido por un 
resorte, se levant de pronto. Rein un silencio general, y el orador, con bastante nfasis, 
tom la palabra en los siguientes trminos:
-Denodados colegas: mucho tiempo ha transcurrido ya desde que una paz infecunda 
conden a los miembros del Gun-Club a una ociosidad lamentable. Despus de un 
perodo de algunos aos, tan lleno de incidentes, tuvimos que abandonar nuestros trabajos 
y detenernos en la senda del progreso. Lo proclamo sin miedo y en voz alta: toda guerra 
que nos obligase a empuar de nuevo las armas sera acogida con un entusiasmo 
frentico.
-S, la guerra! -exclam el impetuoso J. T. Maston.
-Atencin! -gritaron por todos lados.
-Pero la guerra -dijo Barbicane- es imposible en las actuales circunstancias, y aunque 
otra cosa desee mi distinguido colega, muchos aos pasarn an antes de que nuestros 
caones vuelvan al campo de batalla. Es, pues, preciso tomar una resolucin y buscar en 
otro orden de ideas una salida al afn de actividad que nos devora.
La asamblea redobl su atencin, comprendiendo que su presidente iba a abordar el 
punto delicado.
-Hace algunos meses, ilustres colegas -prosigui Barbicane-, que me pregunt si, sin 
separarnos de nuestra especialidad, podramos acometer alguna gran empresa digna del 
siglo XIX, y si los progresos de la balstica nos permitirn salir airosos de nuestro 
empeo. He, pues, buscado, trabajado, calculado, y ha resultado de mis estudios la 
conviccin de que el xito coronar nuestros esfuerzos, encaminados a la realizacin de 
un plan que en cualquier otro pas sera imposible. Este proyecto, prolijamente elaborado, 
va a ser el objeto de mi comunicacin. Es un proyecto, digno de vosotros, digno del 
pasado del Gun-Club, y que producir necesariamente mucho ruido en el mundo.
-Mucho ruido? -pregunt un artillero apasionado.
-Mucho ruido en la verdadera acepcin de la palabra -respondi Barbicane.
-No interrumpis! -repitieron al unsono muchas voces.
-Os suplico, pues, dignos colegas -repuso el presidente-, que me otorguis toda vuestra 
atencin.
Un estremecimiento circul por la asamblea. Barbicane, sujetando con un movimiento 
rpido su sombrero en su cabeza, continu su discurso con voz tranquila.
-No hay ninguno entre vosotros, benemritos colegas, que no haya visto la Luna, o que, 
por to menos, no haya odo hablar de ella. No os asombris si vengo aqu a hablaros del 
astro de la noche. Acaso nos est reservada la gloria de ser los colonos de este mundo 
desconocido. Comprendedme, apoyadme con todo vuestro poder, y os conducir a su 
conquista, y su nombre se unir a los de los treinta y seis Estados que forman este gran 
pas de la Unin.(1)
1. Nmero de los que entonces formaban los Estados Unidos de Amrica del Norte.

-Viva la Luna! -exclam el Gun-Club confundiendo en una sola todas sus voces.
-Mucho se ha estudiado la Luna -repuso Barbicane-; su masa, su densidad, su peso, su 
volumen, su constitucin, sus movimientos, su distancia, el papel que en el mundo solar 
representa estn perfectamente determinados; se han formado mapas selenogrficos con 
una perfeccin igual y tal vez superior a la de las cartas terrestres, habiendo la fotografa 
sacado de nuestro satlite pruebas de una belleza incomparable. En una palabra, se sabe 
de la Luna todo to que las ciencias matemticas, la astronoma, la geologa y la ptica 
pueden saber; pero hasta ahora no se ha establecido comunicacin directa con ella.
Un vivo movimiento de inters y de sorpresa acogi esta frase del orador.
-Permitidme -prosigui- recordaros, en pocas palabras, de qu manera ciertas cabezas 
calientes, embarcndose para viajes imaginarios, pretendieron haber penetrado los 
secretos de nuestro satlite. En el siglo xvli, un tal David Fabricius se vanaglori de haber 
visto con sus propios ojos habitantes en la Luna. En 1649, un francs llamado Jean 
Baudoin, public el Viaje hecho al mundo de la Luna por Domingo Gonzlez, aventurero 
espaol. En la misma poca, Cyrano de Bergerac public la clebre expedicin que tanto 
xito obtuvo en Francia. Ms adelante, otro francs (los franceses se ocupan mucho de la 
Luna), llamado Fontenelle, escribi la Pluralidad de los mundos, obra maestra en su 
tiempo, pero la ciencia, avanzando, destruye hasta las obras maestras. Hacia 1835, un 
opsculo traducido del New York American nos dijo que sir John Herschell, enviado al 
cabo de Buena Esperanza para ciertos estudios astronmicos, consigui, empleando al 
efecto un telescopio perfeccionado por una iluminacin interior, acercar la Luna a una 
distancia de ochenta yardas.(1) Entonces percibi distintamente cavernas en que vivan 
hipoptamos, verdes montaas veteadas de oro, carneros con cuernos de marfil, corzos 
blancos y habitantes con alas membranosas como las del murcilago. Aquel folleto, obra 
de un americano llamado Locke, alcanz un xito prodigioso. Pero luego se reconoci 
que todo era una superchera de la que fueron los franceses los primeros en rerse.
1. La yarda equivale a 0,91 metros.

-Rerse de un americano! -exclam J. T. Maston-. He aqu un casus belli!
-Tranquilizaos, mi digno amigo; los franceses, antes de rerse de nuestro compatriota, 
cayeron en el lazo que l les tendi hacindoles comulgar con ruedas de molino. Para 
terminar esta rpida historia, aadir que un tal Hans Pfaal, de Rotterdam, ascendiendo en 
un globo lleno de un gas extrado del zoe, treinta y siete veces ms ligero que el 
hidrgeno, alcanz la Luna despus de un viaje areo de diecinueve das. Aquel viaje, to 
mismo que las precedentes tentativas, era simplemente imaginario, y fue obra de un 
escritor popular de Amrica, de un ingenio extrao y contemplativo, de Edgard Poe.
-Viva Edgard Poe! -exclam la asamblea, electrizada por las palabras de su presidente.
-Nada ms digno -repuso Barbicane- de esas tentativas que llamar puramente 
literarias, de todo punto insuficientes para establecer relaciones formales con el astro de 
la noche. Debo, sin embargo, aadir que algunos caracteres prcticos trataron de ponerse 
en comunicacin con l, y as es que, aos atrs, un gemetra alemn propuso enviar una 
comisin de sabios a los pramos de Siberia. A11, en aquellas vastas llanuras, se deban 
trazar inmensas figuras geomtricas, dibujadas por medio de reflectores luminosos, entre 
otras el cuadrado de la hipotenusa, llamado vulgarmente en Francia el puente de los 
asnos. KTodo ser inteligente -deca el gemetra- debe comprender el destino cientfico de 
esta figura. Los selenitas, si existen, respondern con una figura semejante, y una vez 
establecida la comunicacin, fcil ser crear un alfabeto que permita conversar con los 
habitantes de la Luna. As hablaba el gemetra alemn, pero no se ejecut su proyecto, y 
hasta ahora no existe ningn lazo directo entre la Tierra y su satlite. Pero est reservado 
al genio prctico de los americanos ponerse en relacin con el mundo sideral. El medio 
de llegar a tan importante resultado es sencillo, fcil, seguro, infalible, y l va a ser el 
objeto de mi proposicin.
Un gran murmullo, una tempestad de exclamaciones acogi estas palabras. No hubo 
entre los asistentes uno solo que no se sintiera dominado, arrastrado, arrebatado por las 
palabras del orador.
-Atencin! Atencin! Silencio! -gritaron por todas partes.
Calmada la agitacin, Barbicane prosigui con una voz ms grave su interrumpido 
discurso.
-Ya sabis -dijo- cuntos progresos ha hecho la balstica de algunos aos a esta parte y 
a qu grado de perfeccin hubieran llegado las armas de fuego, si la guerra hubiese 
continuado. No ignoris tampoco que, de una manera general, la fuerza de resistencia de 
los caones y el poder expansivo de la plvora son ilimitados. Pues bien, partiendo de 
este principio, me he preguntado a m mismo si, por medio de un aparato suficiente, 
realizado con unas determinadas condiciones de resistencia, sera posible enviar una bala 
a la Luna.
A estas palabras, un grito de asombro se escap de mil pechos anhelantes, y hubo luego 
un momento de silencio, parecido a la profunda calma que precede a las grandes 
tormentas. Y en efecto, hubo tronada, pero una tronada de aplausos, de gritos, de 
clamores que hicieron retemblar el saln de sesiones. El presidente quera hablar y no 
poda. No consigui hacerse or hasta pasados diez minutos.
-Dejadme concluir -repuso tranquilamente-. He examinado la cuestin bajo todos sus 
aspectos, la he abordado resueltamente, y de mis clculos indiscutibles resulta que todo 
proyectil dotado de una velocidad inicial de doce mil yardas(1) por segundo, y dirigido 
hacia la Luna, llegar necesariamente a ella. Tengo, pues, distinguidos y bravos colegas, 
el honor de proponeros que intentemos este pequeo experimento.
1.	Unos once mil metros.

III
Efectos de la comunicacin de Barbicane
Es imposible describir el efecto producido por las ltimas palabras del ilustre 
presidente. Qu gritos! Qu vociferaciones! Qu sucesin de vtores, de hurras, de hip, 
hip! y de todas las onomatopeyas con que el entusiasmo condimenta la lengua americana! 
Aquello era un desorden, una barahnda indescriptible. Las bocas gritaban, las manos 
palmoteaban, los pies sacudan el entarimado de los salones. Todas las armas de aquel 
museo de artillera, disparadas a la vez, no hubieran agitado con ms violencia las ondas 
sonoras. No es extrao. Hay artilleros casi tan retumbantes como sus caones.
Barbicane permaneca tranquilo en medio de aquellos clamores entusiastas. Sin duda 
quera dirigir an algunas palabras a sus colegas, pues sus gestos reclamaron silencio y su 
timbre fulminante se extenu a fuerza de detonaciones. Ni siquiera se oy. Luego le 
arrancaron de su asiento, le llevaron en triunfo, y pas de las manos de sus fieles 
camaradas a los brazos de una muchedumbre no menos enardecida.
No hay nada que asombre a un americano. Se ha repetido con frecuencia que la palabra 
imposible no es francesa: los que tal han dicho han tomado un diccionario por otro. En 
Amrica todo es fcil, todo es sencillo, y en cuanto a dificultades mecnicas, todas 
mueren antes de nacer. Entre el proyecto de Barbicane y su realizacin, no poda haber 
un verdadero yanqui que se permitiese entrever la apariencia de una dificultad. Cosa 
dicha, cosa hecha.
El paseo triunfal del presidente se prolong hasta muy entrada la noche. Fue una 
verdadera marcha a la luz de innumerables antorchas. Irlandeses, alemanes, franceses, 
escoceses, todos los individuos heterogneos de que se compone la poblacin de 
Maryland gritaban en su lengua materna, y los vtores, los hurras y los bravos se 
mezclaban en un confuso a inenarrable estrpito.
Precisamente la Luna, como si hubiese comprendido que era de ella de quien se trataba, 
brillaba entonces con serena magnificencia, eclipsando con su intensa irradiacin las 
luces circundantes. Todos los yanquis dirigan sus miradas a su centelleante disco. 
Algunos la saludaron con la mano, otros la llamaban con los dictados ms halageos; 
stos la medan con la mirada, aqullos la amenazaban con el puo, y en las cuatro horas 
que median entre las ocho y las doce de la noche, un ptico de Jones Fall labr su fortuna 
vendiendo anteojos. El astro de la noche era mirado con tanta avidez como una hermosa 
dama de alto copete. Los americanos hablaban de l como si fuesen sus propietarios. 
Hubirase dicho que la casta Diana perteneca ya a aquellos audaces conquistadores y 
formaba parte del territorio de la Unin. Y sin embargo, no se trataba ms que de enviarle 
un proyectil, manera bastante brutal de entrar en relaciones, aunque sea con un satlite 
pero muy en boga en las naciones civilizadas.
Acababan de dar las doce, y el entusiasmo no se apagaba. Segua siendo igual en todas 
las clases de la poblacin; el magistrado, el sabio, el hombre de negocios, el mercader, el 
mozo de cuerda, las personas inteligentes y las gentes incultas se sentan heridas en la 
fibra ms delicada. Tratbase de una empresa nacional. La ciudad alta, la ciudad baja, los 
muelles baados por las aguas del Patapsco, los buques anclados no podan contener la 
multitud, ebria de alegra, y tambin de gin y de whisky. Todos hablaban, peroraban, 
discutan, aprobaban, aplaudan, to mismo los ricos arrellanados muellemente en el sof 
de los bar-rooms(1) delante de su jarra de sherry cobbler,(2) que el waterman(3) que se 
emborrachaba con el quebrantapechos(4) en las tenebrosas tabernas del Fells-Point.
Sin embargo, a eso de las dos la conmocin se calm. El presidente Barbicane pudo 
volver a su casa estropeado, quebrantado, molido. Un hrcules no hubiera resistido un 
entusiasmo semejante. La multitud abandon poco a poco plazas y calles. Los cuatro 
trenes de Ohio, de Susquehanna, de Filadelfia y de Washington, que convergen en 
Baltimore, arrojaron al pblico heterogneo a los cuatro puntos cardinales de los Estados 
Unidos, y la ciudad adquiri una tranquilidad relativa.
Se equivocara el que creyese que durante aquella memorable noche qued la agitacin 
circunscrita dentro de Baltimore. Las grandes ciudades de la Union, Nueva York, Boston, 
Albany, Washington, Richmond, Crescent City,(5) Charleston, Mobile, desde Texas a 
Massachusetts, desde Michigan a Florida, participaron todas del delirio. Los treinta mil 
socios correspondientes del Gun-Club conocan la carta de su presidente y aguardaban 
con igual impaciencia la famosa comunicacin del 5 de octubre. Aquella misma noche, 
las palabras del orador, a medida que salan de sus labios, corran por los hilos 
telegrficos que atraviesan en todos sentidos los Estados de la Unin, a una velocidad de 
248.447 millas por segundo. Podemos, pues, decir con una exactitud absoluta, que los 
Estados Unidos de Amrica; diez veces mayores que Francia, lanzaron en el mismo 
instante un solo hurra, y que veinticinco millones de corazones, henchidos de orgullo, 
palpitaron con un solo latido.
1. Locales semejantes a los cafs.
2. Mezcla de ron, zumo de naranja, azcar, canela y nuez moscada. Esta bebida, de color amarillo, se 
sorbe por medio de un tubito de vidrio.
3. Marinero.
4. Bebida muy fuerte, que suele tomar el vulgo.
5. Sobrenombre de Nueva Orleans.

Al da siguiente, mil quinientos peridicos diarios, semanales, bimensuales o 
mensuales, se apoderaron de la cuestin, y la examinaron bajo sus diferentes aspectos 
fsicos, meteorolgicos, econmicos y morales, y hasta bajo el punto de vista de la 
preponderancia poltica y de su influencia civilizadora. Algunos se preguntaron si la Luna 
era un mundo extinguido, y si no experimentara ya ninguna transformacin. Se pareca 
a la Tierra durante los tiempos en que no haba an atmsfera? Qu espectculo 
presentara al hacerse visible la faz que desconoce el esferoide terrestre?
Aunque no se tratara ms que de enviar una bala al astro de la noche, todos vean en 
este hecho el punto de partida de una serie de experimentos; todos esperaban que 
Amrica penetrara los ltimos secretos de aquel disco misterioso, y algunos hablaban ya 
de las sensibles perturbaciones que acarreara su conquista al equilibrio europeo.
Discutido el proyecto, no hubo un solo peridico que pusiese su realizacin en duda. 
Las colecciones, los folletos, las gacetas, los boletines publicados por las sociedades 
cientficas, literarias o religiosas hicieron resaltar sus ventajas, y la Sociedad de Historia 
Natural de Boston, la Sociedad Americana de Ciencias y Artes de Albany, la Sociedad de 
Geografa y Estadstica de Nueva York, la Sociedad Filosfica Americana de Filadelfia, 
el Instituto Sunthosontana de Washington, enviaron mil cartas de felicitacin al 
Gun-Club, con ofrecimientos de apoyo y dinero.
Nunca proposicin alguna haba obtenido tan numerosas adhesiones. No hubo ninguna 
inquietud, ninguna vacilacin, ninguna duda. En cuanto a las chanzonetas, a las 
caricaturas, a las canciones burlescas que hubieran acogido en Europa, y particularmente 
en Francia, la idea de enviar un proyectil a la Luna, hubieran desacreditado al que los 
hubiese permitido, y todos los life preservers(1) del mundo hubieran sido impotentes para 
librarse de la indignacin general. Hay cosas de las que nadie suele rerse en el Nuevo 
Mundo.
Impey Barbicane fue desde aquel da uno de los ms grandes ciudadanos de los Estados 
Unidos, algo como si dijramos el Washington de la ciencia, y un rasgo de los muchos 
que pudiramos citar, bastar para demostrar a qu extremo lleg la idolatra que a todo 
un pueblo mereca un hombre.
Algunos das despus de la famosa sesin del GunClub, el director de una compaa 
inglesa de cmicos anunci en el teatro de Baltimore la representacin de Much ado 
about nothing.(2) Pero la poblacin de la ciudad, viendo en este ttulo una alusin 
malvola a los proyectos del presidente Barbicane, invadi el teatro, hizo pedazos los 
asientos y oblig a variar su cartel al desgraciado director, el cual, hombre sagaz, 
inclinndose ante la voluntad pblica, reemplaz la malhadada comedia por la titulada As 
you tithe it(3) que durante muchas semanas le vali un lleno completo.
1.	Arma de bolsillo que se compone de una ballena flexible y una bala de metal.
2.	Mucbo ruido y pocas nueces, comedia de Shakespeare
3.	Como gustis, obra del mismo autor.

IV
Respuesta del observatorio de Cambridge
Sin embargo, Barbicane no perdi un solo instante en medio de las ovaciones de que 
era objeto. Lo primero que hizo fue reunir a ss colegas en el saln de conferencias del 
Gun-Club, donde despus de una concienzuda discusin, se convino en consultar a los 
astrnomos sobre la parte astronmica de la empresa. Conocida la respuesta, se deban 
discutir los medios mecnicos, no descuidando ni to ms insignificante para asegurar el 
buen xito de tan gran experimento.
Se redact, pues, y se dirigi al observatorio de Cambridge, en Massachusetts, una nota 
muy precisa que contena preguntas especiales. La ciudad de Cambridge, donde se fund 
la primera Universidad de los Estados Unidos, es justamente clebre por su observatorio 
astronmico. All se encuentran reunidos sabios del mayor mrito, y a11 funciona el 
poderoso anteojo que permiti a Bond resolver las nebulosas de Andrmeda, y a Clarke 
descubrir el satlite de Sirio. Aquel clebre establecimiento tena, por consiguiente, 
adquiridos muchos ttulos honrosos que justificaban la consulta del Gun-Club.
Dos das despus, la respuesta, tan impacientemente esperada, lleg a manos del 
presidente Barbicane.
Estaba concebida en los siguientes trminos:

El director del observatorio de Cambridge al presidente del Gun-Club en Baltimore

Cambridge, 7 de octubre

Al recibir vuesta carta del 6 del corriente, dirigida al observatorio de Cambridge en 
nombre de los miembros del Gun-Club de Baltimore, nuestra junta directiva se ha 
reunido en el acto y ha resuelto responder to que sigue:
Las preguntas que se le dirigen son:
 1  Es posible enviar un proyectil a la Luna?
2 Cul es la distancia exacta que separa a la Tierra de su satlite?
3 Cul ser la duracin del viaje del proyectil, dndole una velocidad inicial 
suficiente y, por consiguiente, en qu momento preciso deber dispararse para que 
encuentre a la Luna en un punto determinado?
4 En qu momento preciso se presentar la Luna en la posicin ms favorable para 
que el proyectil la alcance?
5  A qu punto del cielo se deber apuntar el can destinado a lanzar el proyectil?
6  Qu sitio ocupar la Luna en el cielo en el momento de disparar el proyectil?
Respuesta a la primera pregunta: Es posible enviar un proyectil a la Luna?
S, es posible enviar un proyectil a la Luna, si se llega a dar a este proyectil una 
velocidad inicial de doce mil yardas por segundo. El clculo demuestra que esta 
velocidad es suficiente. A medida que se aleja de la Tierra, la accin del peso disminuir 
en razn inversa del cuadrado de las distancias, es decir, que para una distancia tres veces 
mayor esta accin ser nueve veces menor. En consecuencia, el peso de la bala 
disminuir rpidamente, y se anular del todo en el momento de quedar equilibrada la 
atraccin de la Luna con la de la Tierra, es decir, a los 47/58 del trayecto. En aquel 
momento el proyectil no tendr peso alguno, y, si salva aquel punto, caer sobre la Luna 
por el solo efecto de la atraccin lunar. La posibilidad terica del experimento queda, 
pues, absolutamente demostrada, dependiendo nicamente su xito de la potencia de is 
mquinaempleada.
Respuesta a la segunda pregunta: Cul es la distancia exacta que separa a la Tierra de 
su satlite?
La Luna no describe alrededor de la Tierra una circunferencia, sino una elipse, de la 
cual nuestro globo ocupa uno de los focos, y por consiguiente la Luna se encuentra a 
veces ms cerca y a veces ms lejos de la Tierra, o, hablando en trminos tcnicos, a 
veces en su apogeo y a veces en su perigeo. La diferencia en el espacio entre su mayor y 
menor distancia es bastante considerable para que se la deba tener en cuenta. La Luna en 
su apogeo se halla a 247.552 millas (99.640 leguas de 4 kilmetros), y en su perigeo, a 
218.895 millas (88.010 leguas), lo que da una diferencia de 28.657 millas (11.630 
leguas), que son ms de una novena parte del trayecto que el proyectil ha de recorrer. La 
distancia perigea de la Luna es, pues, la que debe servir de base a los clculos.
Respuesta a la tercera pregunta: Cul ser la duracin del viaje del proyectil, dndole 
una velocidad inicial suficiente y, por consiguiente, en qu momento preciso deber 
dispararse para que encuentre a la Luna en un punto determinado?
Si la bala conservase indefinidamente la velocidad inicial de doce mil yardas por 
segundo que le hubiesen dado al partir, no tardara ms que unas nueve horas en llegar a 
su destino; pero como esta velocidad inicial va continuamente disminuyendo, resulta, por 
un clculo riguroso, que el proyectil tardar trescientos mil segundos, o sea ochenta y tres 
horas y veinte minutos en alcanzar el punto en que se hallan equilibradas las atracciones 
terrestre y lunar, y desde dicho punto caer sobre la Luna en cincuenta mil segundos, o 
sea trece horas, cincuenta y tres minutos y veinte segundos. Convendr, pues, dispararlo 
noventa y siete horas, trece minutos y veinte segundos antes de la llegada de la Luna al 
punto a que se haya dirigido el disparo.
Respuesta a la cuarta pregunta: En qu momento preciso se presentar la Luna en la 
posicin ms favorable para que el proyectil la alcance?
Despus de lo que se ha dicho, es evidente que debe escogerse la poca en que se halle 
la Luna en su perigeo, y al mismo tiempo el momento en que pase por el cenit, to que 
disminuir el trayecto en una distancia igual al radio terrestre o sea 3.919 millas, de 
suerte que el trayecto definitivo ser de 214.966 millas (86.410 leguas). Pero si bien la 
Luna pasa todos los meses por su perigeo, no siempre en aquel momento se encuentra en 
su cenit. No se presenta en estas dos condiciones sino a muy largos intervalos. Ser, pues, 
preciso aguardar la coincidencia del paso al perigeo y al cenit. Por una feliz circunstancia, 
el 4 de diciembre del ao prximo la Luna ofrecer estas dos condiciones: a las doce de 
la noche se hallar en su perigeo, es decir, a la menor distancia de la Tierra, y, al mismo 
tiempo, pasar por el cenit.
Respuesta a la quinta pregunta: A qu pnto del cielo se deber apuntar el can 
destinado a lanzar el proyectil?
Admitidas las precedentes observaciones, el can deber apuntarse al cenit(1) del 
lugar en que se haga el experimento, de suerte que el tiro sea perpendicular al plano del 
horizonte, y as el proyectil se librar ms pronto de los efectos de la atraccin terrestre. 
Pero para que la Luna suba al cenit de un sitio, preciso es que la latitud de este sitio no 
sea ms alta que la declinacin del astro, o, en otros trminos, que el sitio no se halle 
comprendido entre 0 y 28 de latitud Norte o Sur.(2) En cualquier otro punto, el tiro 
tendra que ser necesariamente oblicuo, to que contrara el buen resultado del 
experimento.
1. El cenit es el punto del cielo situado verticalmente sobre la cabeza del observador.
2. No hay, en efecto, ms que las regiones del globo comprendidas entre el ecuador y los paralelos 28 en 
que la elevacin de la Luna llega al cenit. Ms a11 de 28 grados, la Luna se acerca tanto menos al cenit 
cuanto ms avanza hacia los polos.

Respuesta a la sexta pregunta: Qu sitio ocupar la Luna en el cielo en el momento 
de disparar el proyectil? En el acto de lanzar la bala al espacio, la Luna, que avanza 
diariamente 13 10' y 35, deber encontrarse alejada del punto cenital cuatro veces esta 
distancia, o sea 52 42' y 20", espacio que corresponde al camino que ella har mientras 
dure el avance del proyectil. Pero como es preciso tener tambin en cuenta el desvo que 
har sufrir a la bala el movimiento de rotacin de la Tierra, y como la bala no llegar a la 
Luna sino despus de haber sufrido una desviacin igual a diecisis radios terrestres, los 
cales, contados con la rbita de la Luna, son unos 11, stos se deben aadir a los que 
expresan el retraso de la Luna, ya mencionado, o sean 64. As pues, en el momento del 
tiro, el rayo visual dirigido a la Luna formar con la vertical del sitio del experimento un 
ngulo de 64.
Tales son las respuestas que da el observatorio de Cambridge a las preguntas de los 
miembros del GunClub.
En resumen:
1. El can deber colocarse en un pas situado entre 0 y 28 de latitud Norte o Sur.
2. Deber apuntarse al cenit del sitio del experimento.
3  El proyectil deber estar dotado de una velocidad inicial de 12.000 yardas por 
segundo.
4. Deber dispararse el primero de diciembre del ao prximo a las once horas menos 
tres minutos y veinte segundos.
5  Encontrar a la Luna cuatro das despus de su partida, el 4 de diciembre, a las 
doce de la noche en punto, en el momento de pasar por el cenit.
Los miembros del Gun-Club deben, por tanto, emprender sin prdida de tiempo los 
trabajos que requiere su empresa y hallarse prontos a obrar en el momento determinado, 
pues, si dejan pasar el 4 de diciembre, no hallarn la Luna en las mismas condiciones de 
perigeo y de cenit hasta que hayan transcurrido dieciocho aos y once das.
La junta directiva del observatorio de Cambridge se pone enteramente a disposicin 
del Gun-Club para las cuestiones de astronoma terica, y une por la presente sus 
felicitaciones a las de la Amrica entera.
Por la junta:
J. M. BELFAST
Director del observatorio de Cambridge.

V
La novela de la Luna
Un observador dotado de una vista infinitamente penetrante y colocado en este centro 
desconocido a cuyo alrededor gravita el mundo, habra visto en la poca catica del 
Universo miradas de tomos que poblaban el espacio. Pero poco a poco, pasando siglos 
y siglos, se produjo una variacin, manifestndose una ley de atraccin, a la cual se 
subordinaron los tomos hasta entonces errantes. Aquellos tomos se combinaron qu-
micamente segn sus afinidades, se hicieron molculas y formaron esas acumulaciones 
nebulosas de que estn sembradas las profundidades del espacio.
Anim luego aquellas acumulaciones un movimiento de rotacin alrededor de su punto 
central. Aquel centro formado de molculas vagas, empez a girar alrededor de s mismo, 
condensndose progresivamente. Adems, siguiendo leyes de mecnica inmutables, a 
medida que por la condensacin disminua su volumen, su movimiento de rotacin se 
aceler, de to que result una estrella principal, centro de las acumulaciones nebulosas.
Mirando atentamente, el observador hubiera visto entonces las dems molculas de la 
acumulacin conducirse como la estrella central, condensarse de la misma manera por un 
movimiento de rotacin bajo forma de innumerables estrellas. La nebulosa estaba 
formada. Los astrnomos cuentan actualmente cerca de 5.000 nebulosas.
Hay una entre ellas que los hombres han llamado la Va Lctea, la cual contiene 
dieciocho millones de estrellas, siendo cada estrella el centro de un mundo solar.
Si el observador hubiese entonces examinado especialmente entre aquellos dieciocho 
millones de astros, uno de los ms modestos y menos brillantes,(1) una estrella de cuarto 
orden, la que llamamos orgullosamente el Sol, todos los fenmenos a que se debe la 
formacin del Universo se hubieran realizado sucesivamente a su vista.
1. El dimetro de Sirio, segn Wollaston, es doce veces mayor que el del Sol.

Hubiera visto al Sol, en estado gaseoso an y compuesto de molculas movibles, 
girando alrededor de su eje para consumar su trabajo de concentracin. Este movimiento, 
sometido a las leyes de la mecnica, se hubiese acelerado con la disminucin de volumen, 
Ilegando un momento en que la fuerza centrfuga prevaleciese sobre la centrpeta, que 
tiende a impeler las molculas hacia el centro.
Entonces, a la vista del observador se habra presentado otro fenmeno. Las molculas 
situadas en el plano del ecuador, escapndose como la piedra de una honda que se rompe 
sbitamente, habran ido a formar alrededor del Sol varios anillos concntricos 
semejantes a los de Saturno. Aquellos anillos de materia csmica, dotados a su vez de un 
movimiento de rotacin alrededor de la masa central, se habran roto y descompuesto en 
nebulosidades secundarias, es decir, en planetas.
Si el observador hubiese entonces concentrado en estos planetas toda su atencin, les 
habra visto conducirse exactamente como el Sol y dar nacimiento a uno o ms anillos 
csmicos, origen de esos astros de orden inferior que se llaman satlites.
As pues, subiendo del tomo a la molcula, de la molcula a la acumulacin, de la 
acumulacin a la nebulosa, de la nebulosa a la estrella principal, de la estrella principal al 
Sol, del Sol al planeta y del planeta al satlite, tenemos toda la serie de las 
transformaciones experimentadas por los cuerpos celestes desde los primeros das del 
mundo.
El Sol parece perdido en las inmensidades del mundo estelar, y, sin embargo, segn las 
teoras que actualmente privan en la ciencia, se haba subordinado a la nebulosa de la Va 
Lctea. Centro de un mundo, aunque tan pequeo parece en medio de las regiones 
etreas, es, sin embargo, enorme, pues su volumen es un milln cuatrocientas mil veces 
mayor que el de la Tierra. A su alrededor gravitan ocho planetas, salidos de sus mismas 
entraas en los primeros tiempos de la Creacin. Estos planetas, enumerndolos por el 
orden de su proximidad, son: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Jpiter, Saturno, Urano y 
Neptuno. Adems, entre Marte y Jpiter circulan regularmente otros cuerpos menos con-
siderables, restos errantes tal vez de un astro hecho pedazos, de los cuales el telescopio ha 
reconocido ya ochenta y dos.(1)
1. Algunos de estos asteroides son tan pequeos, que a paso gimnstico, se podra dar una vuelta a su 
alrededor en un solo da.

De estos servidores que el Sol mantiene en su rbita elptica por la gran ley de la 
gravitacin, algunos poseen tambin sus satlites. Urano tiene ocho; Saturno otros tantos; 
Jpiter, cuatro; Neptuno, tres; la Tierra, uno. Este ltimo, uno de los menos importantes 
del mundo solar, se llama Luna, y es el que el genio audaz de los americanos pretenda 
conquistar.
El astro de la noche, por su proximidad relativa y el espectculo rpidamente renovado 
de sus diversas fases, comparti con el Sol, desde los primeros das de la humanidad, la 
atencin de los habitantes de la Tierra. Pero el Sol ofende los ojos al mirarlo, y los 
torrentes de luz que despide obligan a cerrarlos a los que los contemplan.
La plcida Febe, ms humana, se deja ver complaciente con su modesta gracia; agrada 
a la vista, es poco ambiciosa y, sin embargo, se permite alguna vez eclipsar a su hermano, 
el radiante Apolo, sin ser nunca eclipsada por l. Los mahometanos, comprendiendo el 
reconocimiento que deban a esta fiel amiga de la Tierra, han regulado sus meses en base 
a su revolucin.(1)
1. La revolucin de la Luna dura unos veintisiete das y medio.

Los primeros pueblos tributaron un culto muy preferente a esta casta deidad. Los 
egipcios la llamaban Isis; los fenicios, Astart; los griegos la adoraron bajo el nombre de 
Febe, hija de Latona y de Jpiter, y explicaban sus eclipses por las visitas misteriosas de 
Diana al bello Endimin. Segn la leyenda mitolgica, el len de Nemea recorri los 
campos de la Luna antes de su aparicin en la Tierra, y el poeta Agesianax, citado por 
Plutarco, celebr en sus versos aquella amable boca, aquella nariz encantadora, aquellos 
dulces ojos, formados por las partes luminosas de la adorable Selene.
Pero si bien los antiguos comprendieron a las mil maravillas el carcter, el 
temperamento, en una palabra, las cualidades morales de la Luna bajo el punto de vista 
mitolgico, los ms sabios que haba entre ellos permanecieron muy ignorantes en 
selenografa.
Sin embargo, algunos astrnomos de pocas remotas descubrieron ciertas 
particularidades confirmadas actualmente por la ciencia. Si bien los acadios pretendieron 
haber habitado la Tierra en una poca en que la Luna no exista an, si bien Simplicio la 
crey inmvil y colgada de la bveda de cristal, si bien Tasio la consider como un 
fragmento desprendido del disco solar; si bien Clearco, el discpulo de Aristteles, hizo 
de ella un bruido espejo en que se reflejaban las imgenes del ocano; si bien otros, en 
fin, no vieron en ella ms que una acumulacin de vapores exhalados por la Tierra o un 
globo medio fuego, medio hielo, que giraba alrededor de s mismo, algunos sabios, por 
medio de observaciones sagaces, a falta de instrumentos de ptica, sospecharon la mayor 
parte de las leyes que rigen al astro de la noche.
Tales de Mileto, seiscientos aos antes de jesucristo, emiti la opinin de que la Luna 
estaba iluminada por el Sol. Aristarco de Samos dio la verdadera explicacin de sus fases. 
Clemedes ense que brillaba con una luz refleja. El caldeo Beroso descubri que la 
duracin de su movimiento de rotacin era igual a la de su movimiento de traslacin, y 
as explic cmo la Luna presenta siempre la misma faz. Por ltimo, Hiparco, dos siglos 
antes de la era cristiana, reconoci algunas desigualdades en los movimientos aparentes 
del satlite de la Tierra.
Estas distintas observaciones se confirmaron despus, y de ellas sacaron partido nuevos 
astrnomos. Tolomeo, en el siglo ii, y el rabe Abul Wefa, en el siglo x, completaron las 
observaciones de Hiparco sobre las desigualdades que sufre la Luna siguiendo la lnea 
tortuosa de su rbita, bajo la accin del Sol. Despus, Coprnico, en el siglo XV, y Tycho 
Brahe, en el siglo XVI, expusieron completamente el sistema solar, y el papel que 
desempea la Luna entre los cuerpos celestes.
Ya en aquella poca, sus movimientos estaban casi determinados; pero de su 
constitucin fsica se saba muy poca cosa. Entonces fue cuando Galileo explic los 
fenmenos de luz producidos en ciertas fases por la existencia de montaas, a las que dio 
una altura media de 4.500 toesas.
Despus Hevelius, un astrnomo de Dantzig, rebaj a 2.600 toesas las mayores alturas, 
pero su compaero, Riccioli, las elev a 7.000.
A fines del siglo XVIII, Herschel, armado de un poderoso telescopio, redujo mucho las 
precedentes medidas. Dio 2.900 toesas a las montaas ms elevadas, y redujo por trmino 
medio las diferentes alturas a 400 toesas solamente. Pero Herschel se equivocaba 
tambin, y se necesitaron las observaciones de Schoeter, Louville, Halley, Nasmith, 
Bianchini, Pastor, Lohrman, Gruithuisen y, sobre todo, los minuciosos estudios de Beer 
y de Moedler, para resolver la cuestin de una manera definitiva. Gracias a los men-
cionados sabios, la elevacin de las montaas de la Luna se conoce en la actualidad 
perfectamente. Beer y Moedler han medido 1.905 alturas, de las cuales seis pasan de 
2.600 toesas y veintids pasan de 2.400.(1) La ms alta cima sobresale de la superficie 
del disco lunar 3.801 toesas.
1. La altura del Mont Blanc es de 4.813 metros sobre el nivel del mar.

A1 mismo tiempo, se completaba el reconocimiento del disco de la Luna, el cual 
apareca acribillado de crteres, confirmndose en todas las observaciones su naturaleza 
esencialmente volcnica. De la falta de refraccin en los rayos de los planetas que ella 
oculta, se deduce que le falta casi absolutamente atmsfera. Esta carencia de aire supone 
falta de agua y, por consiguiente, los selenitas, para vivir en semejantes condiciones, 
deben tener una organizacin especial y diferenciarse singularmente de los habitantes de 
la Tierra.
Por ltimo, gracias a nuevos mtodos, instrumentos ms perfeccionados registraron 
vidamente la Luna, no dejando inexplorado ningn punto en su hemisferio, no obstante 
medir su dimetro 2.150 millas(1) y ser su superficie igual a una 13  parte de la del 
globo,(2) y su Volumen una 49  parte de la esfera terrestre; pero ninguno de estos 
secretos poda serlo eternamente para los sabios astrnomos, que llevaron ms lejos an 
sus prodigiosas observaciones.
1. 3.475 kilmetros, es decir, algo ms de una cuarta parte del dimetro terrestre.
2. Treinta y ocho millones de kilmetros cuadrados.

Ellos notaron que, durante el plenilunio, el disco apareca en ciertas partes, marcado de 
lneas negras. Estudiando estas lneas con mayor precisin, llegaron a darse cuenta exacta 
de su naturaleza. Aquellas lneas eran surcos largos y estrechos, abiertos entre bordes pa-
ralelos que terminaban generalmente en las mrgenes de los crteres. Tenan una longitud 
comprendida entre diez y cien millas, y una anchura de 800 toesas. Los astrnomos las 
llamaron ranura, pero darles este nombre es todo to que supieron hacer. En cuanto a 
averiguar si eran lechos secos de antiguos ros, no pudieron resolverlo de una manera 
concluyente. Los americanos esperaban poder, un da a otro, determinar este hecho 
geolgico. Se reservaban igualmente la gloria de reconocer aquella serie de parapetos 
paralelos, descubiertos en la superficie de la Luna por Gruithuisen, sabio profesor de 
Munich, que las consider como un sistema de fortificaciones levantadas por los 
ingenieros selenitas. Estos dos puntos, an oscuros, y otros sin duda, no podan aclararse 
definitivamente, sino por medio de una comunicacin directa con la Luna.
En cuanto a la intensidad de su luz, nada haba que aprender, pues ya se saba que es 
300.000 veces ms dbil que la del Sol, y que su calor no ejerce sobre los term= metros 
ninguna accin apreciable. Respecto del fenmeno conocido con el nombre de luz 
cenicienta, se ex-
plica naturalmente por el efecto de los rayos del Sol rechazados de la Tierra a la Luna, 
los cuales completan, al parecer, el disco lunar, cuando ste se presenta en cuarto 
creciente o menguante.
Tal era el estado de los conocimientos adquiridos sobre el satlite de la Tierra, que el 
Gun-Club se propuso completar bajo todos los puntos de vista, tanto cosmogrficos y 
geolgicos como polticos y morales.

VI
Lo que no es posible dudar y lo que no es permitido creer en los Estados Unidos
La proposicin de Barbicane haba tenido por resultado inmediato el poner sobre el 
tapete todos los hechos astronmicos relativos al astro de la noche. Todos los ciudadanos 
de la Unin se dieron a estudiarlo asiduamente. Hubirase dicho que la Luna apareca por 
primera vez en el horizonte y que nadie hasta entonces la haba entrevisto en el cielo. Se 
puso de moda, era el alma de todas las conversaciones, sin menoscabo de su modestia, y 
tom sin envanecerse un puesto de preferencia entre los astros. Los peridicos 
reprodujeron las ancdotas aejas en que el Sol de los lobos figuraba como protagonista; 
recordaron las influencias que le atribua la ignorancia de las primeras edades; la cantaron 
en todos los tonos, y poco le falt para que citasen de ella algunas frases ingeniosas. 
Amrica entera se sinti acometida de selenomana.
Las revistas cientficas trataron ms especialmente las cuestiones que se referan a la 
empresa del GunClub, y publicaron, comentndola y aprobndola sin reserva, la carta del 
observatorio de Cambridge.
A nadie, ni aun al ms lego de los yanquis, le estaba permitido ignorar uno solo de los 
hechos relativos a su satlite, ni respecto del particular se hubiera tampoco tolerado que 
las personas de menos cacumen hubiesen admitido supersticiosos errores. La ciencia 
llegaba a todas partes bajo todas las formas imaginables; penetraba por los odos, por los 
ojos, por todos los sentidos; en una palabra, era imposible ser un asno... en astronoma.
Hasta entonces la generalidad ignoraba cmo se haba podido calcular la distancia que 
separa la Luna de la Tierra. Los sabios se aprovecharon de las circunstacias para ensear 
hasta a los ms negados que la distancia se obtena midiendo el paralaje de la Luna. Y si 
la palabra paralaje les dejaba a oscuras, decan que paralaje es el ngulo formado por dos 
lneas rectas que parten a la Luna desde cada una de las extremidades del radio terrestre. 
Y si alguien dudaba de la perfeccin de este mtodo, se le probaba inmediatamente que 
esta distancia media no slo era de 234.347 millas (94.330 leguas), sino que los 
astrnomos no se equivocaban ni en 70 millas (30 leguas).
A los que no estaban familiarizados con los movimientos de la Luna, los peridicos les 
demostraban diariamente que la Luna posee dos movimientos distintos, el primero 
llamado de rotacin alrededor de su eje, y el segundo llamado de traslacin alrededor de 
la Tierra, verificndose los dos en igual perodo de tiempo, o sea en veintisiete das y un 
tercio.(1)
1. Es la duracin de la revolucin sideral, es decir, el tiempo que tarda la Luna en volver a una misma 
estrella.

El movimiento de rotacin es el que crea el da y la noche en la superficie de la Luna, 
pero no hay ms que un da, ms que una noche por cada mes lunar, durando cada uno 
trescientas cincuenta y cuatro horas y un tercio. Afortunadamente para ella, el hemisferio 
que mira
al globo terrestre est alumbrado por ste con una intensidad igual a la luz de catorce 
Lunas. En cuanto al otro hemisferio, siempre invisible, tiene, como es natural, trescientas 
cincuenta y cuatro horas de una noche absoluta, algo atemperada por la plida claridad 
que cae de las estrellas. Este fenmeno se debe nicamente a que los movimientos de 
rotacin y traslacin se verifican en un perodo de tiempo rigurosamente igual, fenmeno 
comn, segn Cassini y Hers, a los satlites de Jpiter y muy probablemente a todos los 
otros.
Algn individuo muy aplicado, pero algo duro de mollera, no comprenda fcilmente 
que si la Luna presentaba invariablemente la misma faz a la Tierra durante su traslacin, 
fuese esto debido a que en el mismo perodo de tiempo describa una vuelta alrededor de 
s misma. A esto se le deca:
-Vete a to comedor, da una vuelta alrededor de la mesa mirando siempre su centro, y 
cuando hayas concluido to paseo circular, habrs dado una vuelta alrededor de ti mismo, 
pues que to vista habr recorrido sucesivamente todos los puntos del comedor. Pues bien, 
el comedor es el Cielo, la mesa es la Tierra y t eres la Luna.
Y los ms reacios quedaban encantados de la comparacin.
Tenemos, pues, que la Luna presenta incesantemente el mismo hemisferio a la Tierra, si 
bien, para ser ms exactos, debemos aadir que, a consecuencia de cierto balance y 
bamboleo del Norte al Sur y del Oeste al Este llamado libracin, se deja ver un poco ms 
de la mitad de su disco, o sea cincuenta y siete centsimas partes de l aproximadamente.
Luego que los ignorantes -por to que atae al movimiento de rotacin de la Luna- 
supieron tanto como el director del observatorio de Cambridge, se ocuparon de su 
movimiento de traslacin alrededor de la Tierra, y veinte revistas cientficas les 
instruyeron inmediatamente. Entonces supieron que el firmamento, con su infinidad de 
estrellas, puede considerarse como un vasto cuadrante por el que la Luna se pasea 
indicando la hora verdadera a todos los habitantes de la Tierra. Supieron tambin que en 
este movimiento el astro de la noche presenta sus diferentes fases; que la Luna es llena 
cuando se halla en oposicin con el Sol, es decir, cuando los tres astros se hallan sobre la 
misma lnea, estando la Tierra en medio; que la Luna es nueva cuando se halla en conjun-
cin con el Sol, es decir, cuando se halla entre la Tierra y l, y, por fin, que la Luna se 
halla en su primero o su ltimo cuarto cuando forma con el Sol y la Tierra un ngulo 
recto del cual ocupa el vrtice.
Algunos yanquis perspicaces deducan entonces la consecuencia de que los eclipses no 
pueden reproducirse sino en las pocas de conjuncin o de oposicin, y raciocinaban 
perfectamente. En conjuncin, la Luna puede eclipsar al Sol, al paso que en oposicin es 
la Tierra quien puede eclipsar a la Luna, y si estos eclipses no sobrevienen dos veces al 
mes, se debe a que el plano en que se mueve la Luna est inclinado sobre la eclptica, o 
en otros trminos, sobre el plano en que se mueve la Tierra.
Respecto a la altura que el astro de la noche puede alcanzar en el horizonte, la carta del 
observatorio de Cambridge ya haba dicho cuanto poda desearse. Todos saban que la 
altura vara segn la latitud del lugar desde el cual se observa. Pero las nicas zonas del 
globo en que la Luna pasa por el cenit, es decir, en que se coloca diariamente encima de 
la cabeza de los que la contemplan, se hallan necesariamente comprendido entre el pa-
ralelo 28 y el ecuador. De aqu la importancia suma de la recomendacin de hacer el 
experimento desde un punto cualquiera de esta parte del globo, a fin de que el proyectil 
pudiera avanzar perpendicularmente y sustraerse ms pronto a la accin de la gravedad. 
Esta condicin era esencial para el buen resultado de la empresa, y no dejaba de 
preocupar vivamente a la opinin pblica.
En cuanto a la lnea que sigue la Luna en su traslacin alrededor de la Tierra, el 
observatorio de Cambridge se haba expresado tan claramente que los ms ignorantes 
comprendieron que es una lnea curva entrante, una elipse y no un crculo en que la 
Tierra ocupa uno de los focos. Estas rbitas elpticas son comunes a todos los planetas y a 
todos los satlites, y la mecnica racional prueba rigurosamente que no puede ser otra 
cosa. Para todos fue evidente que la Luna se halla to ms lejos posible de la Tierra 
estando en su apogeo y to ms cerca en su perigeo.
He aqu, pues, to que todo americano saba de grado o por fuerza, y to que nadie poda 
ignorar decentemente. Pero si muy fcil fue vulgarizar rpidamente estos principios, no to 
fue tanto desarraigar muchos errores y ciertos miedos ilusorios.
Algunas almas pacatas sostenan que la Luna era un antiguo cometa que, recorriendo su 
rbita alrededor del Sol, pas junto a la Tierra y se detuvo en su crculo de atracci. As 
pretendan explicar los astrnomos de saln el aspecto ceniciento de la Luna, desgracia 
irreparable de que acusaban al astro radiante. Verdad es que cuando se les haca notar que 
los cometas tienen atmsfera y que la Luna carece de ella o poco menos, se encogan de 
hombros sin saber qu responder.
Otros, pertenecientes al gremio de los temerosos, manifestaban respecto de la Luna 
cierto pnico. Haban odo decir que, segn las observaciones hechas en tiempo de los 
califas, el movimiento de rotacin de la Luna se aceleraba en cierta proporcin, de to que 
dedujeron, lgicamente sin duda, que a una aceleracin de movimiento deba 
corresponder una disminucin de distancia entre los dos astros, y que prolongndose 
hasta lo infinito este doble efecto, la Luna, al fin y al cabo, haba de chocar con la Tierra. 
Debieron, sin embargo, tranquilizarse y dejar de temer por la suerte de las generaciones 
futuras cuando se les demostr que, segn los clculos del ilustre matemtico francs 
Laplace, esta aceleracin de movimiento estaba contenida dentro de lmites muy estre-
chos, y que no tardara en suceder a ella una disminucin proporcional. El equilibrio del 
mundo solar no poda, por consiguiente, alterarse en los siglos venideros.
Quedaba en ltimo trmino la clase supersticiosa de los ignorantes, que no se contentan 
con ignorar, sino que saben to que no es, y respecto de la Luna saban demasiado; 
algunos de ellos consideraban su disco como un bruido espejo por cuyo medio se podan 
ver desde distintos puntos de la Tierra y comunicarse sus pensamientos. Otros pretendan 
que de las mil Lunas nuevas observadas, novecientas cincuenta haban acarreado notables 
perturbaciones, tales como cataclismos, revoluciones, terremotos, diluvios, pestes, etc., es 
decir, que crean en la influencia misteriosa del astro de la noche sobre los destinos 
humanos. La miraban como el verdadero contrapeso de la existencia: crean que cada 
selenita corresponda a un habitante de la Tierra, al cual estaba unido por uri lazo 
simptico; decan, con el doctor Mead, que el sistema vital le est enteramente sometido, 
y sostenan con una conviccin profunda que los varones nacen principalmente durante la 
Luna llena y las hembras en el cuarto menguante, etctera. Pero tuvieron, al fin, que 
renunciar a tan groseros errores y reconocer la verdad, y si bien la Luna, despojada de su 
supuesta influencia, perdi en el concepto de ciertos cortesanos toda su categora, si 
algunos le volvieron la espalda, se declar partidario suyo la inmensa mayora. En cuanto 
a los yanquis, no abrigaban ms ambicin que la de tomar posesin de aquel nuevo 
continente de los aires para enarbolar en la ms erguida cresta de sus montaas el 
poderoso pabelln, salpicado de estrella: de los Estados Unidos de Amrica.

VII
El himno al proyectil
En su memorable carta del 7 de octubre, el observatorio de Cambridge haba tratado la 
cuestin bajo el punto de vista astronmico, pero era preciso resolverla mecnicamente. 
En este concepto las dificultades prcticas hubieran parecido insuperables a cualquier 
otro pas que no hubiese sido Amrica. En los Estados Unidos pareci cosa de juego.
El presidente Barbicane haba nombrado, sin prdida de tiempo, en el seno del 
Gun-Club, una comisin ejecutiva. Esta comisin deba en tres sesiones dilucidar las tres 
grandes cuestiones del can, del proyectil y de las plvoras. Se compona de cuatio 
miembros muy conocedores de estas materias. Barbicane, con voto preponderante en 
caso de empate, el general Morgan, el mayor Elphiston y el inevitable J. T. Maston, a 
quien se confiaron las funciones de secretario.
El 8 de octubre, la comisin se reuni en casa del presidente Barbicane: 3, Republican 
Street. Como importaba mucho que el estmago no turbase con sus gritos una discusin 
tan grave, los cuatro miembros del Gun-Club se sentaron a una mesa cubierta de 
bocadillos y de enormes teteras. Enseguida J. T. Maston fij su pluma en su brazo 
postizo, y empez la sesin.
Barbicane tom la palabra.
-Mis queridos colegas -dijo-, estamos llamados a resolver uno de los ms importantes 
problemas de la balstica, la ciencia por excelencia, que trata del movimiento de los 
proyectiles, es decir, de los cuerpos lanzados al espacio por una fuerza de impulsin 
cualquiera y abandonados luego a s mismos.
-Oh! La balstica! La balstica! -exclam J. T. Maston con voz conmovida.
-Tal vez hubiera parecido ms lgico -repuso Barbicane- dedicar esta primera sesin a 
la discusin del can...
-En efecto -respondi el general Morgan.
-Sin embargo -repuso Barbicane-, despus de maduras reflexiones, me ha parecido que 
la cuestin del proyectil deba preceder a la del can, y que las dimensiones de ste 
deban subordinarse a las de aqul.
-Pido la palabra -lijo J. T. Maston.
Se le concedi la palabra con la prontitud y espontaneidad a que le haca acreedor su 
magnfico pasado.
-Mis dignos amigos -dijo con acento inspirado-, nuestro presidente tiene razn en dar a 
la cuestin del proyectil preferencia sobre todas las otras. La bala que vamos a enviar a la 
Luna es nuestro mensajero, nuestro embajador, y os suplico que me permitis 
considerarlo bajo un punto de vista puramente moral.
Esta manera nueva de examinar un proyectil excit singularmente la curiosidad de los 
miembros de la comisin, por to que escucharon con la ms viva atencin las palabras de 
J. T. Maston.
-Mis queridos colegas -repuso ste-, ser breve. Dejar a un lado la bala fsica, la bala 
que mata, para no ocuparme ms que de la bala matemtica, la bala moral. La bala es 
para m la ms brillante manifestacin del poder humano; ste se resume enteramente en 
ella: crendola es como el hombre se ha acercado ms al Creador.
-Muy bien! -dijo el mayor Elphiston.
-En efecto -exclam el orador-, si Dios ha hecho las estrellas y los planetas, el hombre 
ha hecho la bala, este criterio de las velocidades terrestres, esta reduccin de los astros 
errantes en el espacio, que en definitiva tampoco son ms que proyectiles. A Dios 
corresponde la velocidad de la electricidad, la velocidad de la luz, la velocidad de las 
estrellas, la velocidad de los cometas, la velocidad de los planetas, la velocidad de los 
satlites, la velocidad del sonido, la velocidad del viento! Pero a nosotros la velocidad de 
la bala, cien veces superior a la de los trenes y a la de los caballos ms rpidos!
J. T. Maston estaba en xtasis: su voz tomaba acentos lricos cantando este himno 
sagrado a la bala.
-Queris cifras? -repuso-. Os las presentar elocuentes! Fijaos sencillamente en la 
modesta bala de veinticuatro(1): si bien corre con una velocidad ochocientas mil veces 
menor que la de la electricidad, seiscientas cuarenta mil veces menor que la de la luz, y 
setenta y seis veces menor que la de la Tierra en su movimiento de traslacin alrededor 
del Sol, sin embargo, al salir del canon, excede en rapidez al sonido,(2) avanza 200 toesas 
por segundo, 2.000 toesas en diez segundos, 14 millas por minuto (6 leguas), 840 millas 
por hora (360 leguas) y 20.100 millas por da (8.640 leguas), es decir, la velocidad de los 
puntos del ecuador en el movimiento de rotacin del globo, que es de 7.336.500 millas 
por ao (3.155.760 leguas). Tardara, pues, once das en trasladarse a la Luna, doce aos 
en llegar al Sol, trescientos sesenta aos en alcanzar a Neptuno, en los lmites del mundo 
solar. He aqu to que hara esta modesta bala, obra de nuestras manos! Qu ser, pues, 
cuando haciendo esta velocidad veinte veces mayor la lancemos a una rapidez de 7 millas 
por segundo? Bala soberbia! Esplndido proyectil! Me complazco en pensar que sers 
a11 arriba recibida con los honores debidos a un embajador terrestre!
1. Es decir, que pesa veinticuatro libras.
2. As es que cuando se ha odo el estampido de la boca de fuego, el que to ha odo no puede ser ya 
herido por la bala.

Entusiastas hurras acogieron esta retumbante peroracin, y J. T. Maston, muy 
conmovido, se sent entre las felicitaciones de sus colegas.
-Y ahora -dijo Barbicane- que hemos pagado un tributo a la poesa, vmonos 
directamente al grano.
-Vamos al grano -respondieron los miembros del comit, echndose cada uno al coleto 
media docena de bocadillos.
-Ya sabis cul es el problema que hay que resolver -repuso el presidente-. Se trata de 
dar a un proyectil una velocidad de 12.000 yardas por segundo. Tengo motivos para creer 
que to conseguiremos. Pero ahora examinemos las velocidades obtenidas hasta la fecha. 
Acerca del particular, el general Morgan podr instruirnos.
-Tanto ms -respondi el general- cuanto que, durante la guerra, era miembro de la 
comisin de experimentos. Os dir, pues, que los caones de a 100 de Dahlgreen, que 
alcanzaban 2.500 toesas, daban a su proyectil una velocidad inicial de 500 yardas por 
segundo.
-Bien. Y el columbiad (1) Rodynan? -pregunt el presidente.
1. Los americanos dan el nombre de columbiad a estas enormes mquinas de destruccin.

-El columbiad Rodman, ensayado en el fuerte Hamilton, lanzaba una bala de media 
tonelada de peso a una distancia de 6 millas, a una velocidad de 800 yardas por segundo, 
resultado que no han obtenido nunca en Inglaterra, Armstrong y Pallisier.
-Oh! Los ingleses! -murmur J. T. Maston, volviendo hacia el horizonte del Este su 
formidable mano postiza.
-As pues -repuso Barbicane-, 800 yardas son el mximo de la velocidad alcanzada 
hasta ahora en balstica?
-S -respondi Morgan.
-Dir, sin embargo -replic J. T. Maston-, que si mi mortero no hubiese reventado...
-S, pero revent -respondi Barbicane con un ademn benvolo-. Tomemos, pues, por 
punto de partida la velocidad de 800 yardas. La necesitamos veinte veces mayor. Dejando 
para otra sesin la discusin de los medios destinados a producir esta velocidad, Ilamo 
vuestra atencin, mis queridos colegas, sobre las dimensiones que conviene dar a la bala. 
Bien comprendis que no se trata ahora de proyectiles que pesen media tonelada.
-Por qu no? -pregunt el mayor.
-Porque -respondi al momento J. T. Maston- se necesita una bala que sea bastante 
grande para llamar la atencin de los habitantes de la Luna, en el supuesto de que la Luna 
tenga habitantes.
-S -respondi Barbicane-, y tambin por otra razn an ms importante.
-Qu queris decir, Barbicane? -pregunt el mayor.
-Quiero decir que no basta enviar un proyectil para no volverse a ocupar de l; es 
menester que le sigamos durante su viaje hasta el momento de llegar a su destino.
-Cmo! -dijeron el general y el mayor, algo sorprendidos de la proposicin.
-Es natural -repuso Barbicane con la seguridad de un hombre que sabe to que se dice-, 
de otra suerte nuestro experimento no producira el menor resultado.
-Pero entonces -replic el mayor- vais a dar al proyectil dimensiones enormes?
-No, escuchadme. Ya sabis que los instrumentos de ptica han adquirido una 
perfeccin suma. Con ciertos telescopios se han llegado a obtener aumentos de seis mil 
veces el tamao natural, y a acercar la Luna a unas diecisis leguas. A esta distancia, los 
objetos cuyo volumen es de 60 pies, son perfectamente visibles. Si no se ha llevado ms 
lejos el poder de penetracin de los telescopios, ha sido porque este poder no se ejerce 
sino en menoscabo de la claridad; la Luna, que no es ms que un espejo reflector, no 
enva una luz bastante intensa para que se pueda llevar el aumento ms all de ese lmite.
-Qu pensis, pues, hacer? -pregunt el general-. Daris a vuestro proyectil un 
dimetro de sesenta pies?
-No!
-Os comprometis, pues, a volver la Luna ms luminosa?
-Precisamente.
-Me gusta la ocurrencia! -exclam J. T. Maston.
-Es una cosa muy sencilla-respondi Barbicane-. Si se llega a disminuir la densidad de 
la atmsfera que atraviesa la luz de la Luna, no es evidente que se habr vuelto esta luz 
ms intensa?
-Evidentemente.
-Pues bien, para obtener este resultado, me bastar colocar mi telescopio en alguna 
montaa elevada, y es lo que haremos.
-Convenido, convenido -respondi el mayor-. Tenis una manera de simplificar las 
cosas...! Y qu aumento esperis obtener as?
-Un aumento de cuarenta y ocho mil veces, que nos pondr la Luna a una distancia que 
ser no ms que de cinco millas, y los objetos para ser visibles no necesitarn tener ms 
que un dimetro de nueve pies.
-Perfectamente! -exclam J. T. Maston-. Nuestro proyectil va a tener nueve pies de 
dimetro?
-Ni ms ni menos.
-Permitidme deciros, sin embargo -repuso el mayor Elphiston-, que, aun as, ser un 
peso tal ... .
-Oh, mayor! -respondi Barbicane-. Antes de discutir su peso, permitidme deciros que 
nuestros padres hacan, en este gnero, maravillas. Lejos de m la idea de que la balstica 
no ha progresado, pero bueno es saber que ya en la Edad Media se obtenan resultados 
sorprendentes, y aun me atrever a decir ms sorprendentes que los nuestros.
-Eso contdselo a mi abuela-replic Morgan.
Justificad vuestras palabras -exclam al momento J. T. Maston.
-Nada ms fcil -replic Barbicane-, puedo citar ejemplos en apoyo de mi asercin. En 
el sitio que puso a Constantinopla Mohamed II, en 1543, se lanzaron balas de piedra que 
pesaban 1.900 libras, que seran de un regular tamao.
-Oh! Oh! -exclam el mayor-. Muchas libras son 1.900.
-En Malta, en tiempos de los caballeros, cierto can del fuerte de San Telmo arrojaba 
proyectiles que pesaban 2.500 libras.
-Imposible!
-Por ltimo, segn un historiador francs, bajo el reinado de Luis XI, haba un mortero 
que arrojaba una bomba de 500 libras de peso solamente; pero esta bomba, partiendo de 
la Bastilla, que era un punto en que los locos encerraban a los cuerdos, iba a caer en 
Charenton, que es un punto donde los cuerdos encierran a los locos.
-Imposible!
-Muy bien! -dijo J. T. Maston.
-Qu hemos visto nosotros despus, en resumidas cuentas? Los caones Armstrong, 
que disparan balas de 500 libras, y los columbiads Rodman, que disparan balas de media 
tonelada! Parece, pues, que si los proyectiles han ganado en alcance, en peso ms han 
perdido que han ganado. Haciendo los debidos esfuerzos, llegaremos con los progresos 
de la ciencia a decuplicar el peso de las balas de Mohamed II y de los caballeros de 
Malta.
-Es evidente -respondi el mayor-. Pero de qu metal pensis echar mano para el 
proyectil?
-Del hierro fundido, pura y simplemente -dijo el general Morgan.
-Hierro fundido! -exclam J. T. Maston con profundo desdn-. El hierro es un metal 
muy ordinario para fabricar una bala destinada a hacer una visita a la Luna.
-No exageremos, mi distinguido amigo -respondi Morgan-. El hierro fundido bastar.
-Entonces -repuso el mayor Elphiston-, puesto que el peso de la bala es proporcionado a 
su volumen, una bala de hierro fundido, que mide nueve pies de dimetro, pesar 
horriblemente.
-Horriblemente, si es - maciza; pero no si es hueca dijo Barbicane.
-Hueca! Ser, pues, una granada?
-En la que pondremos mensajes! -replic J. T. Maston-. Y muestras de nuestras 
producciones terrestres!
-S, una granada -respondi Barbicane-; no puede ser otra cosa! Una bala maciza de 
108 pulgadas, pesara ms de 200.000 libras, y este peso es evidentemente excesivo. Sin 
embargo, como es menester que el proyectil tenga cierta consistencia, propongo que se le 
consienta un peso de 20.000 libras.
-Cul ser, pues, el grueso de sus paredes? -pregunt el mayor.
-Si seguimos la proporcin reglamentaria -respondi Morgan-, un dimetro de 108 
pulgadas exigir paredes que no bajen de 2 pies.
-Sera demasiado -contest Barbicane-. Notad bien que no se trata de una bala 
destinada a taladrar planchas de hierro; basta, pues, que sus paredes sean bastante fuertes 
para contrarrestar la presin de los gases de la plvora. He aqu, pues, el problema: qu 
grueso debe tener una granada de hierro fundido para no pesar ms que 20.000 libras? 
Nuestro hbil calculador, el intrpido Maston, va a decirlo ahora mismo.
-Nada ms fcil -replic el distinguido secretario de la comisin.
Y sin decir ms, traz frmulas algebraicas en el papel, apareciendo bajo su pluma X y 
ms X elevadas hasta la segunda potencia. Hasta pareci que extraa, sin tocarla, cierta 
raz cbica y dijo:
-Las paredes no llegarn a tener el grueso de dos pulgadas.
-Ser suficiente? -pregunt el mayor con un ademn dubitativo.
-No, evidentemente, no -respondi el presidente Barbicane.
-Qu se hace, pues? -repuso Elphiston bastante perplejo.
-Emplear otro metal.
-Cobre?--dijo Morgan.
-No; es an demasiado pesado, y os propongo otro mejor.
-Cul? -dijo el mayor.
-El aluminio -respondi Barbicane.
-Aluminio? -exclamaron los tres colegas del presidente.
-Sin duda, amigos mos. Ya sabis que un ilustre qumico francs, Henry Sainte-Claire 
Deville, Ileg en 1854 a obtener el aluminio en masa compacta. Este precioso metal time 
la blancura de la plata, la inalterabilidad del oro, la tenacidad del hierro, la fusibilidad del 
cobre y la ligereza del vidrio. Se trabaja fcilmente, abunda en la naturaleza, pues la 
almina forma la base de la mayor parte de las rocas; es tres veces ms ligero que el hie-
rro, y parece haber sido creado expresamente para suministrarnos la materia de que se ha 
de componer nuestro proyectil.
-Bien por el aluminio! -exclam el secretario de la comisin, siempre muy estrepitoso 
en sus momentos de entusiasmo.
-Pero, mi estimado presidente -dijo el mayor-, no es acaso el aluminio excesivamente 
caro?
-Lo era -respondi Barbicane-; en los primeros tiempos de su descubrimiento, una libra 
de aluminio costaba de 260 a 280 dlares (cerca de 1.500 francos); despus baj a 20 
dlares (150 francos), y actualmente vale 9 dlares (48 francos).
-Aun as -replic el mayor, que no daba fcilmente su brazo a torcer-, es un precio 
enorme.
-Sin duda, mi querido mayor, pero no inasequible a nuestros medios.
-Cunto pesar, pues? -pregunt Morgan.
-He aqu el resultado de mis clculos -respondi Barbicane-. Una bala de 108 pulgadas 
de dimetro y de 12 pulgadas de espesor pesara, siendo de hierro colado, 67.440 libras; 
construida en aluminio, su peso queda reducido a 19.250 libras.
-Perfectamente! -exclam Maston-. No nos separamos del programa.
-S, perfectamente -replic el mayor-. Pero no veis que a 9 dlares la libra el proyectil 
costar...?
-Ciento setenta y tres mil doscientos cincuenta dlares, exactamente; pero no temis, 
amigos, no faltar dinero para nuestra empresa, respondo de ello.
-Una lluvia de oro caer en nuestras cajas -replic J. T. Maston.
-Pues bien, qu os parece el aluminio? -pregunt el presidente.
-Adoptado -respondieron los tres miembros de la comisin.
-En cuanto a la forma de la bala -repuso Barbicane-, importa poco, pues una vez 
traspasada la atmfera, el proyectil se hallar en el vaco. Propongo, por tanto, que la bala 
sea redonda, para que gire como mejor le parezca y se conduzca del modo que le d la 
gana.
As termin la primera sesin de la comisin. La cuestin del proyectil estaba 
definitivamente resuelta, y J. T. Maston no caba de alegra en su pellejo, pensando que 
se iba a enviar una bala de aluminio a los selenitas, to que les dara una alta idea de los 
habitantes de la Tierra.

VIII
Historia del can
Las resoluciones tomadas en la primera sesin produjeron en el exterior un gran efecto. 
La idea de una bala de 20.000 libras atravesando el espacio alarmaba un poco a los 
meticulosos. Qu can, se preguntaban, podr transmitir jams a semejante mole una 
velocidad inicial suficiente? Durante la segunda sesin de la comisin deba responderse 
satisfactoriamente a esta pregunta.
A1 da siguiente por la noche, los cuatro miembros del Gun-Club se sentaban delante 
de nuevas montaas de emparedados, a la orilla de un verdadero ocano de t. La 
discusin empez de inmediato, sin ningn prembulo.
-Mis queridos colegas -dijo Barbicane-, vamos a ocuparnos de la mquina que se ha de 
construir, de su tamao, forma, composicin y peso. Es probable que lleguemos a darle 
dimensiones gigantescas, pero, por grandes que sean las dificultades, nuestro genio indus-
trial las allanar fcilmente. Tened, pues, la bondad de escucharme, y no os desagrade 
hacerme las objeciones que os parezcan convenientes. No las temo.
Un murmullo aprobador acogi esta declaracin.
-No olvidemos -continu Barbicane- el punto a que ayer nos condujo nuestra discusin. 
El problema se presenta ahora bajo esta forma: dar una velocidad inicial de 12.000 yardas 
por segundo a una granada de 108 pulgadas de dimetro y de 20.000 libras de peso.
-He aqu el problema, en efecto -respondi el mayor Elphiston.


-Prosigo -repuso Barbicane-. Cuando un proyectil se lanza al espacio, qu sucede? Se 
halla solicitado por tres fuerzas independientes: la resistencia del medio, la atraccin de la 
Tierra y la fuerza de impulsin de que est animado. Examinemos estas tres fuerzas. La 
resistencia del medio, es decir, la resistencia del aire, ser poco importante. La atmsfera 
terrestre no tiene ms que 40 millas de altura, que con una velocidad de 12.000 yardas el 
proyectil podr atravesar en cinco segundos, lo que nos permite considerar la resistencia 
del medio como insignificante. Pasemos a la atraccin de la Tierra, es decir, al peso de la 
granada. Ya sabemos que este peso disminuir en razn inversa del cuadrado de las 
distancias. He aqu to que la fsica nos ensea: cuando un cuerpo abandonado a s mismo 
cae a la superficie de la Tierra, su cada es de 15 pies(1) en el primer segundo, y si este 
mismo cuerpo fuese transportado a 257.542 millas o, en otros trminos, a la distancia a 
que se encuentra la Luna, su cada quedara reducida a cerca de media lnea, en el primer 
segundo, to que es casi la inmovilidad. Trtase, pues, de vencer progresivamente esta 
accin del peso. Cmo la venceremos? Mediante la fuerza de impulsin.
1.	4,90 metros.

-He aqu la dificultad -respondi el mayor.
-En efecto -repuso el presidente-, pero la allanaremos, porque la fuerza de impulsin 
que necesitamos resulta de la longitud de la mquina y de la cantidad de plvora 
empleada, hallndose sta limitada por la resistencia de aqulla. Ocupmonos ahora, 
pues, de las dimensiones que hay que dar al can. Tngase en cuenta que podemos 
procurarle condiciones de una resistencia infinita, si es lcito hablar as, pues no se tiene 
que maniobrar con l.
-Es evidente -respondi el general.
-Hasta ahora-dijo Barbicane-, los caones ms largos, nuestros enormes columbiads, no 
han pasado de veinticinco pies de longitud; mucha sorpresa causarn, pues, a la gente las 
dimensiones que tendremos que adoptar.
-Sin duda -exclam J. T. Maston-. Yo propongo un can cuya longitud no baje de 
media milla.
-Media milla! -exclamaron el mayor y el general.
-S, media milla, y me quedo corto.
-Vamos, Maston -respondi Morgan-. Exageris.
-No -replic el fogoso secretario-, no s en verdad por qu me tachis de exagerado.
-Porque vais demasiado lejos!
-Sabed, seor -respondi J. T. Maston, con solemne gravedad-, sabed que un artillero es 
como una bala, que no puede it demasiado lejos.
La discusin tomaba un carcter personal, pero el presidente intervino.
-Calma, amigos, calma, y razonemos. Se necesita evidentemente un can de gran 
calibre, puesto que la longitud de la pieza aumentar la presin de los gases acumulados 
debajo del proyectil, pero es intil pasar de ciertos lmites.
-Perfectamente-dijo el mayor.
-Qu reglas hay para semejantes casos? Ordinariamente la longitud de un can es la 
de 20 a 25 veces el dimetro de la bala, y pesa de 235 a 240 veces ms que sta.
-No basta -exclam J. T. Maston impetuosamente.
-Convengo en ello, mi digno amigo. En efecto, siguiendo la proporcin indicada, para 
el proyectil que tuviese 9 pies de ancho y pesase 20.000 libras, el can no tendra ms 
que una longitud de 225 pies y un peso de 200.000 libras.
-Lo que es ridculo -aadi J. T. Maston-; tanto valdra echar mano de una pistola.
-Yo tambin opino to mismo -respondi Barbicane-, por lo que propongo cuadruplicar 
esta longitud y construir un can de novecientos pies.
El general y el mayor hicieron algunas objeciones; pero sostenida resueltamente la 
proposicin por el secretario del Gun-Club, se adopt definitivamente.
-Ahora sepamos -dijo Elphiston- qu grueso debemos dar a sus paredes.
-Seis pies -respondi Barbicane.
-Supongo que no intentaris colocar en una curea semejante mole -pregunt el mayor.
-Lo que, sin embargo, sera soberbio!
-Pero impracticable -respondi Barbicane-. Creo que se debe fundir el can en el 
punto mismo en que se ha de disparar, ponerle abrazaderas de hierro forjado y rodearlo 
de una obra de mampostera, de modo que participe de toda la resistencia del terreno 
circundante. Fundida la pieza, se pulir el nima para impedir el viento(1) de la bala, y de 
este modo no habr prdida de gas, y toda la fuerza expansiva de la plvora se invertir 
en la impulsin.
1. Se denomina viento, en balstica, al espacio que algunas veces queda entre el proyectil y el nima de la 
pieza.

-Bravo! -exclam J. T. Maston-. Ya tenemos nuestro can.
-Todava no! -respondi Barbicane, calmando con la mano a su impaciente amigo.
-Por qu?
-Porque hasta ahora no hemos discutido an su forma. Ser un can, un obs o un 
mortero?
-Un can -respondi Morgan.
-Un lanzaobuses -replic el mayor.
-Un mortero -exclam J. T. Maston.
Iba a empearse una nueva discusin que prometa ser bastante acalorada, y cada cual 
preconizaba su arma favorita, cuando intervino el presidente.
-Amigos mos -dijo-, voy a poneros a todos de acuerdo. Nuestro columbiad participar 
a la vez de las tres bocas de fuego. Ser un canon, porque la recmara y el nima tendrn 
igual dimetro. Ser un lanzaobuses, porque disparar una granada. Ser un mortero, 
porque se apuntar formando con el horizonte un ngulo de noventa grados, y, adems le 
ser imposible retroceder, estar fijo en tierra, y as comunicar al proyectil toda la fuerza 
de impulsin acumulada en sus entraas.
-Adoptado, adoptado -respondieron los miembros de la comisin.
-Permitidme una sencilla reflexin -dijo Elphston-. Este can-lanzaobuses-mortero 
ser rayado?
-No -respondi Barbicane-, no; necesitamos una velocidad inicial enorme, y ya sabis 
que la bala sale con menos rapidez de los caones rayados que de los lisos.
Justamente.
-En fin, ya es nuestro! -repiti J. T. Maston.
-An falta algo -replic el presidente.
-Qu falta?
-An no sabemos de qu metal se ha de componer.
-Decidmoslo sin demora.
-Iba a proponroslo.
Los cuatro miembros de la Comisin se zamparon una docena de emparedados por 
barba, seguidos de una buena taza de t, y reanudaron la discusin.
-Dignsimos colegas -dijo Barbicane--, nuestro can debe tener mucha tenacidad y 
dureza, ser infusible al calor, ser inoxidable a indisoluble a la accin corrosiva de los 
cidos.
-Acerca del particular, no cabe la menor duda -respondi el mayor-. Y como ser 
preciso emplear una cantidad considerable de metal, la eleccin no puede ser dudosa.
-Entonces -dijo Morgan-, propongo para la fabricacin del columbiad la mejor aleacin 
que se conoce, es decir, cien partes de cobre, doce de estao y seis de latn.
-Amigos mos -respondi el presidente-, convengo en que la composicin que se acaba 
de proponer ha dado resultados excelentes, pero costara mucho y se maneja difcilmente. 
Creo, pues, que se debe adoptar una materia que es excelente y al mismo tiempo barata, 
cual es el hierro fundido. No sois de mi opinion, mayor?
-Estamos de acuerdo -respondi Elphiston.
-En efecto-respondi Barbicane-, el hierro fundido cuesta diez veces menos que el 
bronce; es fcil de fundir y de amoldar, y se deja trabajar dcilmente. Su adopcin 
economiza dinero y tiempo. Recuerdo, adems, que durante la guerra, en el sitio de 
Atlanta, hubo piezas de hierro que de veinte en veinte minutos dispararon ms de mil 
tiros sin experimentar deterioro alguno.
-Pero el hierro fundido es quebradizo -respondi Morgan.
-S, pero tambin muy resistente. Adems, no reventar, respondo de ello.
-Un can puede reventar y ser bueno -replic sentenciosamente J. T. Maston, 
abogando pro domu sua como si se sintiese aludido.
-Es evidente -respondi Barbicans-. Me permito, pues, suplicar a nuestro digno 
secretario que calcule el peso de un can de hierro fundido de 900 pies de longitud y de 
un dimetro interior o calibre de 9 pies, con un grueso de 6 pies en sus paredes.
-Al momento -respondi J. T. Maston.
Y como to haba hecho en la sesin anterior, hizo sus clculos con una maravillosa 
facilidad, y dijo al cabo de un minuto:
-El can pesar 68.040 toneladas.
-Y a dos cntimos la libra, costar...?
-Dos millones quinientos diez mil setecientos un dlares.
J. T. Maston, el mayor y el general, miraron con inquietud a Barbicane.
-Seores -dijo ste-, repito to que dije ayer: estad tranquilos, los millones no nos 
faltarn.
Dadas estas seguridades por el presidente, la comisin se separ, quedando citados 
todos sus individuos para el da siguiente, en que celebraran la tercera sesin.

IX
La cuestin de las plvoras
An haba que tratar la cuestin de las plvoras.
Esta ltima decision era aguardada con ansiedad por el pblico. Dadas la magnitud del 
proyectil y la longitud del can, cul sera la cantidad de plvora necesaria para 
producir la impulsin? Este agente terrible, cuyos efectos, sin embargo, ha dominado el 
hombre, iba a ser llamado para desempear su papel en proporciones inslitas.
En general, se cree, y se repite sin cesar, que la plvora fue inventada en el siglo xiv por 
el fraile Schwartz, cuyo descubrimiento le cost la vida. Pero en la actualidad est casi 
probado que esta historia se debe colocar entre las leyendas de la Edad Media.
La plvora no ha sido inventada por nadie; resulta directamente del fuego griego, 
compuesto como ella de azufre y salitre, si bien estas mezclas, que en el fuego griego no 
eran ms que mezclas de dilatacin, en la plvora, tal como se conoce actualmente, al 
inflamarse producen un estrpito.
Pero si bien los eruditos conocen perfectamente la falsa historia de la plvora, pocos 
son los que saben darse cuenta de su poder mecnico, sin cuyo conocimiento no es 
posible comprender la importancia del asunto sometido a la comisin.
Un litro de plvora pesa aproximadamente 2 libras (900 gramos), y produce, al 
inflamarse, 400 libras de gases, que hacindose libres, y bajo la accin de una tem-
peratura elevada a 2.400, ocupan el espacio de 4.000 litros. El volumen de la plvora es, 
pues, a los volmenes de los gases producidos por su combustin o deflagracin to que 1 
es a 4.000. Jzguese cul debe ser el mpetu de estos gases cuando se hallan comprimidos 
en un espacio reducido cuatro mil veces para contenerlos.
He aqu to que saban perfectamente los miembros de la comisin cuando se citaron 
para la tercera sesin. Barbicane concedi la palabra al mayor. Elphiston haba sido 
durante la guerra director de las fbricas de plvora.
-Mis buenos camaradas -dij el distinguido qumico-, vamos a enumerar unos 
guarismos irrecusables que nos servirn de base. La bala de veinticuatro de que hablaba 
ayer el respetable J. T. Maston en trminos tan poticos, sale de la boca de fuego 
empujada por diecisis libras de plvora.
-Estis seguro de la cifra? -pregunt el presidente.
-Absolutamente seguro -respondi el mayor-. El can Armstrong no se carga ms que 
con setenta y cinco libras de plvora para arrojar un proyectil de ochocientas libras, y el 
columbiad Rodman, no gasta ms que ciento setenta libras de plvora para enviar a seis 
millas de distancia su bala de media tonelada. stos son hechos acerca de los cuales no 
cabe la menor duda, pues los he comprobado yo mismo en las actas de la Junta de 
artillera.
-Perfectamente -respondi el general.
-De estos guarismos -repuso el mayor- se deduce que la cantidad de plvora no 
aumenta con el peso de la bala. En efecto, si bien se necesitan diecisis libras de plvora 
para una bala de veinticuatro, o, en otros trminos, si bien en los caones ordinarios se 
emplea una cantidad de plvora cuyo peso es dos terceras partes el del proyectil, esta 
proporcin no es constante. Calculad y veris que para una bala de media tonelada, en 
lugar de trescientas treinta y tres libras de plvora, se reduce esta cantidad a ciento 
sesenta libras solamente.
-Y qu pretendis deducir de eso? -pregunt el presidente.
-Si llevis vuestra teora al ltimo extremo, mi querido mayor -dijo J. T. Maston-, 
resultar que cuando una bala tenga un peso suficiente, no se necesitar plvora alguna.
-Mi amigo Maston se chancea hasta en las ocasiones ms solemnes -replic el mayor-; 
pero tranquilizaos. No tardar en proponerle cantidades de plvora que dejarn satisfecho 
su amor propio de artillero. Pero tena inters en dejar consignado que durante la guerra, 
la experiencia demostr que para cargar piezas de mayor calibre, el peso de la plvora 
poda reducirse perfectamente a una dcima parte del que tiene la bala.
-No hay nada ms exacto -dijo Morgan-. Pero antes de determinar la cantidad de 
plvora necesaria para dar el impulso, opino que convendra ponernos de acuerdo sobre 
su naturaleza.
-Emplearemos la plvora de grano grueso -respondi el mayor-, porque su deflagracin 
es ms rpida que la de la plvora fina.
-Sin duda -replic Morgan-. Pero se desmenuza ms fcilmente y altera el nima de las 
piezas.
-Lo que sera un inconveniente para un can destinado a un largo servicio pero no para 
nuestro columbiad. No corremos riesgo alguno de explosin, y necesitamos que la 
plvora se inflame instantneamente para que su efecto mecnico sea completo.
-Podramos -dijo J. T. Maston- abrir varios agujeros para aplicar el fuego a un mismo 
tiempo a distintos puntos.
-Sin duda -respondi Elphiston-. Pero complicaramos la operacin. Me atengo, pues, a 
mi plvora de grano grueso que allana todas las dificultades.
-Sea -respondi el general.
-Para cargar su columbiad -aadi el mayor- Rodman empleaba una plvora de granos 
gruesos como castaas, hecha con carbn de sauce, tostado sencillamente en calderas de 
hierro fundido. Era una plvora dura y brillante, que no manchaba la mano; contena una 
gran proporcin de hidrgeno y de oxgeno, se inflamaba instantneamente y, aunque 
muy desmenuzable, no deterioraba sensiblemente las bocas de fuego.
-Me parece, pues -respondi J. T. Maston-, que no debemos vacilar y que la eleccin 
est hecha.
-A no ser que prefiris la plvora de oro -replic el mayor riendo, to que le vali un 
ademn amenazador con que le contest la mano postiza de su susceptible amigo.
Hasta entonces, Barbicane se haba abstenido de tomar paxte en la discusin. Dejaba 
hablar y escuchaba. Evidentemente meditaba algo. Se content con preguntar 
sencillamente:
-Y ahora, amigos, qu cantidad de plvora proponis? -
Los tres miembros del Gun-Club se miraron mutuamente por un instante.
-Doscientas mil libras -dijo, por fin, Morgan.
-Quinientas mil -replic el mayor.
-Ochocientas mil -exclam J. T. Maston.
Esta vez, Elphiston no se atrevi a calificar a su colega de exagerado. En efecto, se 
trataba de enviar a la Luna un proyectil de veinte mil libras, dndole una fuerza inicial de 
doce mil yardas por segundo. Sigui a la triple proposicin hecha por los tres colegas un 
momento de silencio.
El presidente Barbicane lo rompi.
-Mis bravos camaradas -dijo con voz tranquila-, yo parto del principio de que la 
resistencia de nuestro can, construido en las condiciones requeridas, es ilimitada. Voy, 
pues, a sorprender al distinguido J. T. Maston dicindole que ha sido tmido en sus 
clculos, y propongo doblar sus ochocientas mil libras de plvora.
-Un milln seiscientas mil libras? -exclam J. T. Maston saltando de su asiento.
-Como lo digo.
-Pero entonces fuerza ser recurrir a mi can de media milla de longitud.
-Es evidente-dijo el mayor.
-Un milln seiscientas mil libras de plvora -repuso el secretario de la comisin- 
ocuparn aproximadamente un espacio de 22.000 pies cbicos,(1) y como vuestro can 
no tiene ms que una capacidad de 54.000 pies cbicos,(2) quedar cargado de plvora 
hasta la mitad y el nima no ser bastante larga para que la detencin de los gases d al 
proyectil un impulso suficiente.
1. Pco menos de 800 metros cbicos.
2. Dos mil metros cbicos.

La objecin no tena rplica. J. T. Maston estaba en to justo. Todos miraron a 
Barbicane.
-Sin embargo -continu el presidente-, se necesita la cantidad de plvora que he dicho. 
Pensadlo bien, un milln seiscientas mil libras de plvora producirn seis mil millones de 
litros de gas. Seis mil millones! Lo entendis?
-Pero, entonces, cmo hacerlo?-pregunt el general.
-Muy sencillamente. Es preciso reducir esta enorme cantidad de plvora conservndola 
con este poder mecnico.
-Bueno! Pero cmo?
-Voy a decroslo -respondi tranquilamente Barbicane.
Sus interlocutores le miraban vidamente.
-Nada, en efecto, es ms fcil-dijo-que reducir esta masa de plvora a un volumen 
cuatro veces menos considerable. Todos conocis esa curiosa materia que constituyen los 
tejidos elementales de los vegetales, llamada celulosa.
-Os comprendo, querido Barbicane -dijo el mayor.
-Esta materia -prosigui el presidente- se saca perfectamente pura de varios cuerpos, 
especialmente del algodn, y no es ms que la pelusa de los granos del algodonero. El 
algodn, combinado con el cido ntrico en fro, se transforma en una sustancia 
eminentemente explosiva. En 1832, Braconnot, qumico francs, descubri esta sustancia, 
a la cual dio el nombre de xiloidina. En 1838, Pelouze, otro francs, estudi sus diversas 
propiedades, y, por ltimo, en 1846, Shonbein, profesor de qumica en Basilea, la 
propuso como plvora de guerra. Esta plvora es el algodn aztico o ntrico...
-O pirxilo -respondi Elphiston.
-O fulmicotn-replic Morgan.
-No hay un solo nombre americano que pueda ponerse al pie de este descubrimiento? 
-exclam J. T. Maston a impulsos de su amor propio nacional.
-Ni uno, desgraciadamente -respondi el mayor.
-Sin embargo -repuso el presidente-, debo decir, para halagar el patriotismo de Maston, 
que los trabajos de un conciudadano nuestro se refieren al estudio de la celulosa, pues el 
colidn, uno de los principales agentes de la fotografa, no es ms que pirxilo disuelto 
en el ter con adicin de alcohol, y ha sido descubierto por Maynard, que estudiaba 
entonces medicina en Boston.
-Pues hurra por Maynard y por el fulmicotn! -exclam el entusiasta secretario del 
Gun-Club.
-Volvamos al pirxilo -repuso Barbicane-. Conocis sus propiedades, por las cuales va 
a ser para nosotros tan precioso. Se prepara con la mayor facilidad, sumergiendo algodn 
en cido ntrico humeante,(1) por espacio de quince minutos, lavndolo despus en 
mucha agua y dejndolo secar.
1. Llamado as porque al contacto del afire hmedo despide una densa humareda blanquecina.

-Nada, en efecto, ms sencillo -dijo Morgan.
-Adems, el pirxilo es inalterable a la humedad, cualidad preciosa para nosotros, que 
necesitaremos muchos das para cargar el can; se inflama a los 170 en lugar de 240, y 
su deflagracin es tan sbita que se inflamasobre la plvora ordinaria sin que tenga 
tiempo de inflamarse sta.
-Perfectamente -respondi el mayor.
-Slo que cuesta ms cara.
-Qu importa? -dijo J. T. Maston.
-Por ltimo, comunica a los proyectiles una velocidad cuatro veces mayor que la que 
les da la plvora ordinaria. Y si se mezclan con el pirxilo ocho dcimas de su peso de 
nitrato de potasa, su fuerza expansiva aumenta considerablemente.
-Ser necesaria esa mezcla? -pregunt el mayor.
-Me parece que no -respondi Barbicane-. As pues, en lugar de mil seiscientas libras 
de plvora, nos bastarn quinientas libras de fulmicotn, y como no hay peligro en 
comprimir quinientas libras de algodn en un espacio de 26 pies cbicos, esta materia no 
ocupar en el columbiad ms que una altura de 30 toesas. As recorrer la bala ms de 
700 pies de nima bajo el esfuerzo de seis mil millones de litros de gas antes de 
emprender su marcha hacia el astro de la noche.
Al or estas palabras, J. T. Maston no pudo reprimir su entusiasmo, y con la velocidad 
de un proyectil se arroj a los brazos de su amigo, al cual hubiera derribado, si Barbicane 
no hubiese sido un hombre hecho a prueba de bomba.
Este incidente fue el punto final de la tercera sesir de la comisin. Barbicane y sus 
audaces colegas, par, quienes no haba nada imposible, acababan de resolve la cuestin 
tan compleja del proyectil, del can y de la plvora. Formando su plan, ya no faltaba 
ms que ejecutarlo.
-Poca cosa, una bagatela -deca J. T. Maston.

X
Un enemigo para veinticinco millones de amigos
Los ms insignificantes pormenores de la empresa del Gun-Club excitaban el inters 
del pblico americano, que segua uno tras otro todos los pasos de la comisin. Los 
menores preparativos de tan colosal experimento, las cuestiones de cifras que provocaba, 
las dificultades mecnicas que haba que resolver, en una palabra, la ejecucin del gran 
proyecto le absorba completamente.
Ms de un ao haba de mediar entre el principio y la conclusin de los trabajos, pero 
este transcurso de tiempo no poda ser estril en emociones. La eleccin del sitio para la 
construccin del molde, la fundicin del columbiad, su muy peligrosa carga, eran ms 
que suficientes para excitar la curiosidad pblica. El proyectil, apenas disparado, 
desaparecera en algunas dcimas de segundo, sin ser accesible a mirada alguna; pero to 
que llegara a ser despus, su manera de conducirse en el espacio y el momento de llegar 
a la Luna, no podan verlo con sus propios ojos ms que unos cuantos privilegiados. As 
pues, los preparativos del experimento, los pormenores precisos de la ejecucin, 
constituan entonces el verdadero inters, el inters general, el inters pblico.
Sin embargo, hubo un incidente que sobreexcit de pronto el atractivo puramente 
cientfico.
Ya se sabe que el proyecto de Barbicane haba agolpado en torno de ste numerosas 
legiones de admiradores y amigos. Pero aquella mayora, por grande, por extraordinaria 
que fuese, no era la unanimidad. Un hombre, un solo hombre en todos los Estados de la 
Unin, protest contra la tentativa del Gun-Club y la atac con violencia en todas las 
ocasiones que le parecieron oportunas. Es tal la naturaleza humana, que Barbicane fue 
ms sensible a esta oposicin de uno solo que a los aplausos de todos los dems.
Y eso, pese a que conoca el motivo de semejante antipata, y que conoca la 
procedencia de aquella enemistad aislada, enemistad personal y antigua, fundada en una 
rivalidad de amor propio.
El presidente del Gun-Club no haba visto ni una vez en la vida a aquel enemigo 
perseverante, to que fue una dicha, porque el encuentro de aquellos dos hombres hubiera 
tenido funestas consecuencias. Aquel rival de Barbicane era un sabio como l, de carcter 
altivo, audaz, seguro de s mismo, violento, un yanqui de pura sangre. Se llamaba capitn 
Nicholl y resida en Filadelfia.
Nadie ignora la curiosa lucha que se empe durante la guerra federal entre el proyectil 
y la coraza de los buques blindados, estando aqul destinado a atravesar a sta y estando 
sta resuelta a no dejarse atravesar. De esta lucha naci una transformacin de la marina 
en los Estados de los dos continentes. La bala y la plancha lucharon con un 
encarnizamiento sin igual, la una creciendo y la otra engrosando en una proporcin 
constante. Los buques, armados de formidables piezas, marchaban al combate al abrigo 
de su invulnerable concha. El Merrimac, el Monitor, el Ram Tennessee, el Wechausen(1) 
lanzaban proyectiles enormes, despus de haberse acorazado para librarse de los 
proyectiles contrarios. Causaban a otros el dao que no queran que los otros les 
causasen, siendo ste el principio inmoral en que suele descansar todo el arte de la guerra.
1. Buques de la Armada americana.

Y si Barbicane fue el gran fundidor de proyectiles, Nicholl fue un gran forjador de 
planchas. El uno funda noche y da en Baltimore, y el otro forjaba da y noche en 
Filadelfia. Los dos seguan una corriente de ideas esencialmente opuestas.
Apenas Barbicane inventaba una nueva bala, Nicholl inventaba una nueva plancha. El 
presidente del Gun-Club pasaba su vida pensando en la manera de abrir agujeros, y el 
capitn pasaba la suya pensando en la manera de impedirle que los abriera. He aqu el 
origen de una rivalidad continua que se convirti en odio personal.
Nicholl se apareca a Barbicane en sus sueos bajo la forma de una coraza impenetrable 
contra la cual se estrellaba, y Barbicane se apareca en sus sueos a Nicholl como un 
proyectil que le atravesaba de parte a parte.
Los dos sabios, si bien seguan dos lneas divergentes, se hubieran al fin encontrado a 
pesar de todos los axiomas de geometra, pero se hubieran encontrado en el terreno del 
duelo. Afortunadamente, aquellos dos ciudadanos, tan tiles a su pas, se hallaban 
separados uno de otro por una distancia de 50 a 60 millas, y sus amigos hacinaron en el 
camino tantos obstculos que no llegaron a encontrarse nunca.
Nose poda decir de una manera positiva cul de los dos inventores haba triunfado del 
otro. Los resultados obtenidos volvan difcil una apreciacin justa. Pareca, sin embargo, 
que al fin la coraza haba de ceder a la bala. Con todo, haba dudas entre las personas 
competentes. En los ltimos experimentos, los proyectiles cilindrocnicos de Barbicane 
se clavaron como alfileres en las planchas de Nicholl, por cuyo motivo ste se crey vito-
rioso, y atesor para su rival una dosis inmensa de desprecio. Pero ms adelante, cuando 
Barbicane sustituy las balas cnicas con simples granadas de seiscientas libras, el 
presidente del Gun-Club tom su desquite. En efecto, aquellos proyectiles, aunque 
animados de una velocidad regular, rompieron, taladraron, hicieron saltar en pedazos las 
planchas del mejor metal.
A este punto haban llegado las cosas, y pareca que la bala haba quedado victoriosa, 
cuando termin la guerra, y termin precisamente el mismo da en que Nicholl conclua 
una nueva coraza de hierro forjado, que era en su gnero una obra maestra, capaz de 
burlarse de todos los proyectiles del mundo. El capitn la hizo trasladar al polgono de 
Washington, desafiando a que la destruyeran los proyectiles del presidente del Gun-Club, 
el cual, hecha la paz, se neg a la prueba.
Entonces Nicholl, furioso, ofreci exponer su plancha al choque de las balas ms 
inverosmiles, llenas o huecas, redondas o cnicas.
Ni por sas; el presidente no quera comprometer su ltima victoria.
Nicholl, exasperado por la incalificable obstinacin de su adversario, quiso tentar a 
Barbicane dejndole todas las ventajas. Barbicane sigui terco en su negativa. A cien 
yardas? Ni a setenta y cinco.
-A cincuenta -exclam el capitn insertando su desafo en todos los peridicos-, 
colocar mi plancha a veinticinco yardas del can, y yo me colocar detrs de ella.
Barbicane hizo contestar que aun cuando el capitn Nicholl se colocase delante, no 
disparara un solo tiro.
Nicholl, al or esta contestacin, no pudo contenerse y se deshizo en insultos; dijo que 
la cobarda era indivisible, que el que se niega a tirar un caonazo est muy cerca de tener 
miedo al can; que, en suma, los artilleros que se baten a 6 millas de distancia han 
reemplazado prudentemente el valor individual por las frmulas matemticas, y que hay 
por to menos tanto valor en aguardar tranquilamente una bala detrs de una plancha como 
en enviarla segn todas las reglas del arte.
Sigui Barbicane hacindose el sordo. O tal vez no tuvo noticia de la provocacin, 
absorbido enteramente como estaba entonces por los clculos de su gran empresa.
Cuando dirigi al Gun-Club su famosa comunicacin, el capitn Nicholl se sali de sus 
casillas; mezclbase con su clera una suprema envidia y un sentimiento absoluto de 
impotencia. Cmo inventar algo superior a aquel columbiad de 900 pies? Qu coraza 
poda idearse para resistir un proyectil de veinte mil libras?
Nicholl qued abatido, aterrado, anonadado por aquel can, pero luego se reanim y 
resolvi aplastar la proposicin bajo el peso de sus argumentos.
Atac con violencia los trabajos del Gun-Club, publicando al efecto numerosas cartas 
que los peridicos reprodujeron. Quiso demoler cientficamente la obra de Barbicane. 
Empeado el combate, se vali de razones de todo gnero con harta frecuencia especiosas 
y rebuscadas.
Empez a combatir a Barbicane por sus cifras. Se esforz en probar por A+B la 
falsedad de sus frmulas, y le acus de ignorar los principios rudimentarios de la 
balstica. Ech clculos para demostrar, amn de otros errores, que era absolutamente 
imposible dar a un cuerpo cualquiera una velocidad de doce mil yardas por segundo; con 
el lgebra en la mano sostuvo que aun en el supuesto de que se consiguiera esta 
velocidad, jams un proyectil tan pesado traspasara los lmites de la atmsfera terrestre. 
Ni siquiera ira ms a11 de 8 leguas. Ms an, suponiendo adquirida la velocidad 
suficiente, la granada no resistira la presin de los gases desarrollados por la combustin 
de un milln seiscientas mil libras de plvora, y aunque la resistiera, no soportara una 
temperatura semejante, se fundira al salir del columbiad, y convertida en lluvia de hierro 
derretido, caera sobre el crneo de los imprudentes espectadores.
Barbicane, sin hacer caso de estos ataques, continu su obra.
Entonces Nicholl mir la cuestin bajo otros aspectos. Dejando a un lado su inutilidad 
absoluta, consider el experimento como muy peligroso para los ciudadanos que 
autorizasen con su presencia tan reprobado espectculo y para las poblaciones prximas a 
aquel can vituperable. Hizo notar tambin que el proyectil, si no alcanzaba, como no to 
alcanzara, el objetivo a que se le destinaba, caera y la cada de una mole semejante, 
multiplicada por el cuadrado de su velocidad, comprometera singularmente algn punto 
del globo. Sin atacar los derechos de los ciudadanos, haba llegado el caso en que la 
intervencin del gobierno era de absoluta necesidad, pues no era justo comprometer la 
seguridad de todos por el capricho de uno solo.
Vase a qu exageraciones se dejaba arrastrar el capitn Nicholl. Nadie participaba de 
su opinin, ni tuvo en cuenta sus funestos pronsticos. Se le dej gritar y desgaitarse 
cuanto le diera la gana. As qued constituido el capitn en defensor de una causa perdida 
de antemano; se le oa, pero no se le escuchaba, y no priv al presidente del Gun-Club, ni 
de uno solo de sus admiradores. Barbicane no se tom siquiera la molestia de contestar a 
los argumentos de su implacable rival.
Acorralado en sus ltimas trincheras, Nicholl, ya que no poda pagar con su persona, 
resolvi pagar con su dinero.
En el Enquirer, de Richmond, propuso pblicamente una serie de apuestas en la forma 
siguiente:

Apost:
1. A que no se reuniran los fondos necesarios 
para llevar a cabo la empresa del Gun-Club................................ 1.000 dlares

2. A que la fundicin de un can de
 900 pies resultara impracticable y no tendra xito .......................2.000 dlares

3. A que sera imposible cargar el columbiad, 
y a que la plvora se inflamara por la Bola presin del proyectil.....3.000 dlares

4. A que el columbiad reventara al primer disparo ..................... 4.000 dlares 
. . . . . . .
5. A que la bala no alcanzara a ms de 6 millas 
y caera a los pocos segundos de haberla disparado .......................5.000 dlares

Corno se ve, era importante la sums que, en su obstinacin invencible, arriesgaba el 
capitn. Tratbase nada menos que de 15.000 dlares.
Apesar de la importancia de la apuesta, recibi el 19 de mayo un pliego lacrado. Era 
lacnico:
Baltimore,18 de octubre. 
Aceptadas. 
BARBICANE.

XI
Florida y Tejas
Una cuestin faltaba resolver, y era la eleccin del lugar favorable al experimento. El 
observatorio de Cambridge haba recomendado con inters que el disparo se dirigiese 
perpendicularmente al plano del horizonte, es decir, hacia el cenit, y la Luna no sube al 
cenit sino en los lugares situados entre 1 y 28 de latitud, o, lo que es lo mismo, la 
declinacin de la Luna no es ms que de 28.(1) Tratbase, pues, de determinar 
exactamente el punto del globo en que se haba de fundir el inmenso columbiad.
1.	La declinacin de un astro es su latitud en la esfera terrestre; la ascensin recta es la longitud.

El 20 de octubre, hallndose reunido el Gun-Club en sesin general, Barbicane se 
present con un magnfico mapa de los Estados Unidos de Z. Belltropp. Pero sin darle 
tiempo de desplegarlo, J. T. Maston pidi la palabra con su habitual vehemencia, y se 
expres en los siguientes trminos:
-Dignsimos colegas, la cuestin que vamos a debatir tiene una importancia 
verdaderamente nacional, y va a depararnos la ocasin de ejercer un gran acto de pa-
triotismo.
Los miembros del Gun-Club se miraron unos a otros sin comprender dnde ira a parar 
el orador.
-Ninguno de vosotros -prosigui ste- ha pensado ni pensar nunca en transigir con la 
gloria de su pas, y si hay algn derecho que la Unin pueda reivindicar es el fundir en su 
propio seno el formidable can del GunClub. As pues, en las circunstancias actuales...
-Insigne Maston... -dijo el presidente.
-Permitidme exponer mi pensamiento -repuso el orador-. En las circunstancias actuales, 
tenemos que buscar un sitio bastante cerca del ecuador, para que el experimento se haga 
en buenas condiciones...
-Si me dejis hablar... -dijo Barbicane.
-Pido que no se opongan obstculos a la libre discusin de las ideas -repuso el 
displicente J. T. Maston-, y sostengo que el territorio desde el cual se lance nuestro 
glorioso proyectil, debe ser parte integrante de la Unin.
-Sin duda! -respondieron algunos miembros.
-Pues bien! Puesto que nuestras fronteras no son bastante extensas, puesto que al Sur 
nos opone el ocano una barrera insuperable, puesto que tenemos necesidad de it a buscar 
ms all de los Estados Unidos este paralelo 28 que nos es tan preciso, se nos presenta un 
casus belli legtimo y pido que se declare la guerra a Mxico.
-No! No! -exclamaron muchas voces al unsono.
-Conque no? -replic J. T. Maston-. No, es un monoslabo que me resulta totalmente 
incomprensible en este recinto.
-Pero, escuchad...!
-No puedo escuchar nada! -exclam el fogoso orador-. Tarde o temprano la guerra se 
har, y pido que estalle hoy mismo.
-Maston! -dijo Barbicane haciendo sonar el timbre con estrpito-. Os suplico que no 
sigis hablando!
Maston quiso replicar, pero algunos de sus colegas pudieron contenerle.
-Convengo -dijo Barbicane- en que el experimento no se puede ni se debe intentar sino 
en territorio de la Unin, pero si mi impaciente amigo me hubiese dejado hablar, si 
hubiese recorrido con la vista este mapa, sabra que es perectamente intil declarar la 
guerra a nuestros vecinos, en atencin a que ciertas fronteras de los Estados Unidos se 
extienden ms a11 del paralelo 28. Mirad el mapa y veris que tenemos a nuestra 
disposicin, sin salir de nuestro pas, toda la parte meridional de Tejas y de Florida.
El incidente no tuvo consecuencias, si bien a J. T. Maston le cost no poco dejarse 
convencer. Se decidi fundir el columbiad en el suelo de Tejas o en el de Florida.
Pero esta decisin deba crear una rivalidad sin antecedentes entre las ciudades de estos 
dos Estados.
En la costa americana, el paralelo 28 atraviesa la pennsula de Florida y la divide en dos 
partes casi iguales. Despus, cruzando el golfo de Mxico, se apoya en los extremos del 
arco formado por las costas de Alabama, Mississippi y Luisiana. Entonces, abordando 
Tejas, de la que corta un ngulo, se prolonga por Mxico, salva Sonora, pasa por encima 
de la antigua California y se pierde en los mares del Pacfico. Situadas debajo de este pa-
ralelo, no haba ms que las porciones de Tejas y Florida que se hallasen en las 
condiciones de latitud recomendadas por el observatorio de Cambridge.
En su parte meridional, Florida, erizada de fuertes levantados contra los indios 
nmadas, no tiene ciudades de importancia. Tampa es la nica poblacin que por su 
situacin merece tenerse en cuenta.
En Tejas las ciudades son ms numerosas a importantes. Corpus Christi, en el distrito 
de Nueces, y todas las poblaciones situadas en el ro Bravo: Laredo, Realitos, San 
Ignacio, Webb, Roma, Ro Grande City, Pharr, Edimburgo, Hidalgo, Santa Rita, Panda, 
Brownsville, La Feria y San Manuel formaron contra las pretensiones de Florida una liga 
imponente.
Los diputados tejanos y floridenses, apenas conocieron la decisin, se trasladaron a 
Baltimore por el camino ms corto, y desde entonces el presidente Barbicane y los 
miembros ms influyentes del Gun-Club se vieron da y noche asediados por formidables 
reclamaciones.
Con menos afn se disputaron siete ciudades de Grecia la gloria de haber sido la cuna 
de Homero que el Estado de Tejas y el de Florida la de ver fundir un can en su regazo.
Aquellos feroces hermanos recorran armados las calles de Baltimore. Era inminente un 
conflicto de incalculables consecuencias. Afortunadamente, la prudencia y el buen tacto 
del presidente Barbicane conjuraron el peligro. Las demostraciones personales hallaron 
un derivativo en los peridicos de varios Estados. En tanto que el New York Herald y la 
Tribune se declaraban partidarios de Tejas, el Times y el American Review se constituan 
en rganos de los diputados floridenses. Los miembros del Gun-Club estaban perplejos.
Tejas haca orgulloso alarde de sus veintisis condados, que pareca poner en batera; 
pero Florida contestaba que, siendo ella un pas seis veces ms pequeo, tena doce 
condados que son relativamente a la extensin del territorio ms que los veintisis de 
Tejas.
Tejas sacaba a relucir sus 300.000 habitantes, pero Florida, menos extensa, se 
consideraba ms poblada con sus 56.000. Acusaba a Tejas de tener una variedad de 
fiebres paldicas que costaba la vida todos los aos a algunos miles de habitantes. Y, 
desde luego, tena razn.
Tejas, a su vez, replicaba que Florida, respecto a fiebres, nada tena que envidiar a 
nadie, y que no era prudente que acusase de insalubres a otros pases un Estado que tena 
la honra de poseer entre sus enfermedades endmicas el vmito negro. Y Tejas tena 
razn tambin.
Adems, aadan los tejanos en el New York Herald, algunas consideraciones que 
merece un Estado que produce el mejor algodn de Amrica y la mejor madera de 
construccin para buques, encerrando tambin en sus entraas soberbio carbn de piedra 
y minas de hierro que dan un 50 por ciento de mineral puro.
A esto el American Review contestaba que el suelo de Florida, sin ser tan rico, ofreca 
mejores condiciones para fundir y vaciar el columbiad, porque estaba compuesto de arena 
y arcilla.
-Pero -replicaban los tejanos- antes de fundir algo, sea to que sea, en un pas, es preciso 
llegar al pas, y las comunicaciones con Florida son difciles, mientras que la costa de 
Tejas ofrece la baha de Galveston, que tiene catorce leguas de extensin y podra 
contener holgadamente a todas las escuadras del mundo.
-Bueno! -repetan los peridicos defensores de Florida-. Gran cosa tenis en vuestra 
baha de Galveston, situada encima del paralelo 29! No tenemos acaso nosotros la baha 
del Espritu Santo, abierta precisamente a 28 de latitud, y por la cual los buques llegan 
directamente a Tampa?
-Magnfica baha! -responda sarcsticamente Tejas-. Una baha medio cegada!
-Vosotros sois los que estis cegados por la pasin! -exclamaba Florida-. Cualquiera, 
al oros, dira que yo soy un pas de salvajes!
-La verdad es que los semnolas recorren vuestras praderas.
-Y vuestros apaches y comanches son gente civilizada?
Despus de algunos das de dimes y diretes, Florida llam a su adversario a otro 
terreno, y una maana sali el Times con la pata de gallo de que siendo la empresa 
esencialmente americana, no poda llevarse a cabo sino en un terreno esencialmente 
americano.
A estas palabras, Tejas se sali de sus casillas.
-Americanos! -exclama-. No to somos tanto como vosotros? Tejas y Florida no se 
incorporaron las dos a la Unin en 1845?
-Sin duda -respondi el Times-. Despus de haber sido espaoles o ingleses por 
espacio de doscientos aos, os vendieron a los Estados Unidos por cinco millones de 
dlares!
-Qu importa! --replicaron los floridenses-. Debemos por ello avergonzarnos? En 
1903, no fue comprada la Luisiana a Napolen por diecisis millones de dlares?
-Qu vergenza! -exclamaron entonces los diputados de Tejas-. Un miserable pedazo 
de tierra como Florida ponerse en parangn con Tejas, que, en lugar de venderse, se hizo 
ella misma independiente, expuls a los mexicanos el 2 de marzo de 1836 y se declar 
repblica federal despus de la victoria alcanzada por Samuel Houston en las mrgenes 
del San Jacinto sobre las tropas de Santana! Un pas, en fin, que se anexion volun-
tariamente a los Estados Unidos de Amrica!
-S, por miedo a los mexicanos! -respondi Florida.
Miedo! Desde el momento que se pronunci esta palabra, demasiado fuerte, en 
realidad, la posicin se hizo intolerable. Era de temer un degello de los dos partidos en 
las calles de Baltimore. Fue preciso vigilar a los diputados con centinelas.
El presidente Barbicane se hallaba metido en un atolladero. Llegaban continuamente a 
sus manos notas, documentos y cartas preadas de amenazas. Qu partido haba de 
tomar? Bajo el punto de vista de la posicin, facilidad de las comunicaciones y rapidez de 
los transportes, los derechos de los dos Estados eran perfectamente iguales. En cuanto a 
las personalidades polticas, nada tenan que ver en el asunto.
La vacilacin y la perplejidad se haban prolongado ya mucho y ofrecan visos de 
perpetuarse, por to que Barbicane trat de salir resueltamente al paso ocurrindosele una 
solucin que era indudablemente la ms discreta.
-Todo bien considerado -dijo-, es evidente que las dificultades suscitadas por la 
rivalidad de Tejas y Florida se producirn entre las ciudades del Estado favorecido. La 
rivalidad descender del gnero a la especie, del Estado a la ciudad, y no habremos 
adelantado nada. Pero Tejas tiene once ciudades que gozan de las condiciones requeridas, 
y las once, disputndose el honor de la empresa, nos crearn nuevos conflictos, al paso 
que Florida no tiene ms ciudades que Tampa. Optemos, pues, por Florida.
Esta disposicin, apenas fue conocida, puso a los diputados de Tejas de un humor de 
perros. Se apoder de ellos un furor indescriptible, y dirigieron insultos desmedidos a los 
distintos miembros del Gun-Club. Los magistrados de Baltimore no podan tomar ms 
que un partido, y to tomaron. Mandaron preparar un tren especial, metieron en l de 
grado o fuerza a los tejanos, y les hicieron abandonar la ciudad con una rapidez de treinta 
millas por hora.
Pero, por precipitado que fuese su obligado viaje, tuvieron tiempo de echar un ltimo 
sarcasmo amenazador a sus adversarios.
Aludiendo a la poca extensin de Florida, pennsula en miniatura encerrada entre dos 
mares, se consolaron con la idea de que no resistira al sacudimiento del disparo y saltara 
al primer caonazo.
-Que salte! -respondieron los floridenses, con un laconismo digno de los tiempos 
antiguos.

XII
Urbi et orbi
Resueltas las dificultades astronmicas, mecnicas y topogrficas, se presentaba la 
cuestin econmica. Tratbase nada menos que de procurarse una enorme cantidad para 
la ejecucin del proyecto. Ningn particular, ningn Estado hubiera podido disponer de 
los millones necesarios.
Por ms que la empresa fuese americana, el presidente Barbicane tom el partido de 
darle una carcter de universalidad para poder pedir su cooperacin a todas las naciones. 
Era a la vez un derecho y un deber de toda la Tierra intervenir en los negocios de su 
satlite. Abrise con este fin una suscripcin que se extendi desde Baltimore al mundo 
entero. Urbi et orbi.
La suscripcin deba tener un xito superior a todas las esperanzas. Tratbase, sin 
embargo, de un donativo, y no de un prstamo. La operacin, en el sentido literal de la 
palabra, era puramente desinteresada, sin la ms remota probabilidad de beneficio.
Pero el efecto de la comunicacin de Barbicane no se haba limitado a las fronteras de 
los Estados Unidos, sino que haba salvado el Atlntico y el Pacfico, invadiendo a la vez 
Asia y Europa, frica y Oceana. Los observadores de la Unin se pusieron 
inmediatamente en contacto con los de los pases extranjeros. Algunos, los de Pars, San 
Petersburgo, El Cabo, Berln, Altona, Estocolmo, Varsovia, Hamburgo, Budapest, Bolo-
nia, Malta, Lisboa, Benars, Madrs y Pekn cumplimentaron al Gun-Club; los dems se 
encerraron en una prudente expectativa.
En cuanto al observatorio de Greenwich, con el benepltico de los otros veintids 
establecimientos astronmicos de la Gran Bretaa, no se anduvo en chiquitas ni paos 
calientes, sino que neg terminantemente la posibilidad del xito, y se coloc sin vacilar 
en las filas del capitn Nicholl, cuyas teoras prohij sin la menor reserva.
As es que, en tanto que otras ciudades cientficas prometan enviar delegados a Tampa, 
los astrnomos de Greenwich acordaron, en una sesin especial, no darse por enterados 
de la proposicin de Barbicane. A tanto llega la envidia inglesa!
Pero el efecto fue excelente en el mundo cientfico en general, desde el cual se propag 
a todas las clases de la sociedad, que acogieron el proyecto con el mayor entusiasmo. 
Este hecho era de una importancia inmensa tratndose de una suscripcin para reunir un 
capital considerable.
El 8 de octubre, el presidente Barbicane redact un manifiesto capaz de entusiasmar a 
las piedras, en el cual haca un llamamiento a todos los hombres de buena voluntad que 
pueblan la Tierra. Aquel documento, traducido a todos los idiomas, tuvo un xito 
portentoso.
Se abri suscripcin en las principales ciudades de la Unin para centralizar fondos en 
el banco de Baltimore, 9 Baltimore Street, y luego se establecieron tambin centros de 
suscripcin en los diferentes pases de los dos continentes:
En Viena, S. M. Rothschild. 
En San Petersburgo, Stieglitz y Compaa. 
En Pars, el Crdito Mobiliario. 
En Estocolmo, Tottie y Arfuredson. 
En Londres, N. M. Rothschild a hijos. 
En Turn, Ardouin y Compaa. 
En Berln, Mendelsohn. 
En Ginebra, Lombard Odier y Compaa. 
En Constantinopla, el banco Otomano. 
En Bruselas, S. Lambert. 
En Madrid, Daniel Weisweiller. 
En Amsterdam, el Crdito Neerlands. 
En Roma, Torlonia y Compaa. 
En Lisboa, Lecesno. 
En Copenhague, el banco Privado. 
En Buenos Aires, el banco Maun. 
En Ro de Janeiro, la misma casa.
En Montevideo, la misma casa.
En Valparaso, Toms La Chambre y Compaa.
En Mxico, Martin Durn y Compaa.
En Lima, Toms La Chambre y Compaa.
Tres das despus del manifiesto del presidente Barbicane se haba recaudado en las 
varias ciudades de la Unin cuatro millones de dlares,(l) con los cuales el Gun-Club 
pudo empezar los trabajos.
Algunos das despus se supo en Amrica, por partes telegrficos, que en el extranjero 
se cubran las suscripciones con una rapidez asombrosa. Algunos pases se distinguan 
por su generosidad, pero otros no soltaban el dinero tan fcilmente. Cuestin de tempera-
mento.
Rusia, para cubrir su contingente, apront la enorme suma de 368.733 rublos.(2)
Francia empez rindose de la pretensin de los americanos. Sirvi la Luna de pretexto 
a mil chanzonetas y retrucanos trasnochados y a dos docenas de sainetes en que el mal 
gusto y la ignorancia andaban a la grea. Pero as como en otro tiempo, los franceses 
soltaron la mosca despus de cantar, la soltaron esta vez despus de rer, y se suscribieron 
por una cantidad de 253.930 francos. A este precio, tenan derecho a divertirse un poco.
Austria, atendido el mal estado de su Hacienda, se mostr bastante generosa. Su parte 
en la contribucin pblica se elev a la suma de 216.000 florines, que fueron bien 
recibidos.(3)
Suecia y Noruega enviaron 52.000 rixdales,(4) que, en relacin al pas, son una 
cantidad considerable, pero hubiera sido mayor an si se hubiese abierto suscripcin en 
Cristiana al mismo tiempo que en Estocolmo. Por no sabemos qu razn, a los noruegos 
no les gusta enviar su dinero a Suecia.
1.	21.680.000 francos. 
2.	1.475.000 francos. 
3.	520.000 francos. 
4.	294.323 francos.

Prusia demostr la consideracin que le mereci la empresa enviando 250.000 
tleros.(1) Todos sus observatorios se suscribieron por una cantidad importante, y fueron 
los que ms procuraron alentar al presidente Barbicane.
Turqua se condujo generosamente, pues siendo la Luna quien regula el curso de sus 
aos y su ayuno del Ramadn, se hallaba personalmente interesada en el asunto. No poda 
enviar menos de 1.372.640 piastras,(2) y las dio con una espontaneidad que revelaba, sin 
embargo, cierto inters del gobierno otomano.
Blgica se distingui entre todos los Estados de segundo orden con un donativo de 
513.000 francos, que vienen a corresponder a doce cntimos por habitante.
Holanda y sus colonias se interesaron en la cuestin por 110.000 florines,(3) pidiendo 
slo una rebaja del 5 por ciento por pagarlos al contado.
Dinamarca, cuyo territorio es muy limitado, dio, sin embargo, 9.000 ducados finos,(4) 
lo que prueba la aficin de los daneses a las expediciones cientficas.
La confederacin germnica contribuy con 34.285 florines.s Pedirle ms hubiera sido 
gollera, y aunque se to hubieran pedido, ella no to hubiera dado.
Italia, aunque muy endeudada, encontr 200.000 liras en los bolsillos de sus hijos, pero 
dejndolos limpios como una patena. Si hubiese tenido Venecia hubiera dado ms; pero 
no la tena.
1. 937.500 francos.
2. 343.160 francos.
3. 235.400 francos.
4. 117.414 francos.
5. 72.000 francos.

Los Estados de la Iglesia no creyeron prudente enviar menos de 7.040 escudos 
romanos,(l) y Portugal lleg a desprenderse por la ciencia hasta de 30.000 cruzados(2).
En cuanto a Mxico, no pudo dar ms que 86.000 pesos fuertes,(3) pues los imperios 
que se estn fundando andan algo apurados.
1. 38.000 francos.
2. 113.200 francos.
3. 1.727 francos.

Doscientos cincuenta y siete francos fueron el modesto tributo de Suiza para la obra 
americana... Digamos francamente que Suiza no acertaba a ver el lado prctico de la 
operacin; no le pareca que el acto de enviar una bala a la Luna fuese de tal naturaleza 
que estableciese relaciones diplomticas con el astro de la noche, y se le antoj que era 
poco prudente aventurar sus capitales en una empresa tan aleatoria. Si bien se medita, 
Suiza tena, tal vez, razn.
Respecto a Espaa, no pudo reunir ms que ciento diez reales. Dio como excusa que 
tena que concluir sus ferrocarriles. La verdad es que la ciencia en aquel pas no est muy 
considerada. Se halla an aquel pas algo atrasado. Y, adems, ciertos espaoles, y no de 
los menos instruidos, no saban darse cuenta exacta del peso del proyectil, comparado 
con el de la Luna, y teman que la sacase de su rbita; que la turbase en sus funciones de 
satlite y provocase su cada sobre la superficie del globo terrqueo. Por to que pudiera 
tronar, to mejor era abstenerse. As se hizo, salvo unos cuantos realejos.
Quedaba Inglaterra. Conocida es la desdeosa antipata con que acogi la proposicin 
de Barbicane. Los ingleses no tienen ms que una sola alma para los veintinco millones 
de habitantes que encierra la Gran Bretaa. Dieron a entender que la empresa del 
Gun-Club era
contraria al principio de no intervencin, y no soltaron ni un cuarto.
A esta noticia, el Gun-Club se content con encogerse de hombros y sigui su negocio. 
En cuanto a la Amrica del Sur: Per, Chile, Brasil, las provincias de la Plata, Colombia, 
remitieron a los Estados Unidos 300.000 pesos.(1) El Gun-Club se encontr con un 
capital considerable, cuyo resumen es el siguiente:
Suscripcin de los Estados Unidos . . 4.000.000 dlares 
Suscripciones extranjeras . . . . . . . . . 1.446.675 dlares
Total . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .5.446.675 dlares
5.446.675 dlares(2) entraron, como resultado de la suscripcin, en la caja del 
Gun-Club.
A nadie sorprenda la importancia de la suma. Los trabajos de fundicin, taladro y 
albailera, el transporte de los operarios, su permanencia en un pas casi inhabitado, la 
construccin de hornos y andamios, las herramientas, la plvora, el proyectil y los gastos 
imprevistos, deban, segn el presupuesto, consumirse casi completamente. Algunos 
caonazos de la guerra federal costaron 1.000 dlares, y, por consiguiente, bien poda 
costar cinco mil veces ms el del presidente Barbicane, nico en los fastos de la artillera.
El 20 de octubre se ajust un contrato con la fbrica de fundicin de Goldspring, cerca 
de Nueva York, la cual se comprometi a transportar a Tampa, en la Florida meridional, 
el material necesario para la fundicin del columbiad.
1. 59.000 francos.
2. Alrededor de 29,5 millones de francos.

Todo to ms tarde, la operacin deba quedar terminada el 15 del prximo octubre, y 
entregado el can en buen estado, bajo pena de una indemnizacin de 100 dlares por 
da hasta el momento de volverse a presentar la Luna en las mismas condiciones 
requeridas, es decir, hasta haber transcurrido dieciocho aos y once das.
El ajuste y pago de salario de los trabajadores y las dems atenciones de esta ndole, 
eran de cuenta de la compaa de Goldspring.
Este convenio, hecho por duplicado y de buena fe, fue firmado por I. Barbicane, 
presidente del Gun-Club, y por J. Murchison, director de la fbrica de Go1dspring, que 
aprobaron la escritura.

XIII
Stone's Hill
Hecha ya la eleccin por los miembros del GunClub, en detrimento de Tejas, los 
americanos de la Unin que todos saben leer, se impusieron la obligacin de estudiar la 
geografa de Florida. Nunca jams haban vendido los libreros tantos ejemplares de 
Bartram's travel in Florida, de Roman's natural history of East and West Florida, de 
William's territory of Florida, de Cleland on the culture of the Sugar, Cane in East 
Florida. Fue necesario imprimir nuevas ediciones. Aquello era un delirio.
Barbicane tena que hacer algo ms que leer; quera ver con sus propios ojos y marcar 
el sitio del columbiad. Sin prdida de un instante puso a disposicin del observatorio de 
Cambridge los fondos necesarios para la construccin de un telescopio, .y entr en tratos 
con la casa Breadwill y Compaa, de Albany, para la fabricacin del proyectil de 
aluminio. Enseguida parti de Baltimore, acompaado de J. T. Maston, del mayor Elphis-
ton y del director de la fbrica de Goldspring.
Al da siguiente, los cuatro compaeros de viaje llegaron a Nueva Orleans, donde se 
embarcaron inmediatamente en el Tampico, buque de la marina federal que el gobierno 
pona a su disposicin, y, calentadas las calderas, las orillas de la Luisiana desaparecieron 
pronto de su vista.
La travesa no fue larga. Dos das despus de partir el Tampico, que haba recorrido 480 
millas, distinguise la costa floridense. A1 acercarse a sta, Barbicane se hall en 
presencia de una tierra baja, llana, de aspecto bastante rido. Despus de haber costeado 
una cadena de ensenadas materialmente cubiertas de ostras y cangrejos, el Tampico entr 
en la baha del Espritu Santo.
Dicha baha se divide en dos radas prolongadas: la rada de Tampa y la rada de 
Hillisboro, por cuya boca penetr el buque. Poco tiempo despus, el fuerte Broke 
descubri sus bateras rasantes por encima de las olas, y apareci la ciudad de Tampa, 
negligentemente echada en el fondo de un puertecillo natural formado por la de-
sembocadura del ro Hillisboro.
All fonde el Tampico el 22 de octubre, a las siete de la tarde, y los cuatro pasajeros 
desembarcaron inmediatamente.
Barbicane sinti palpitar con violencia su corazn al pisar la tierra floridense; pareca 
tantearla con el pie, como hace un arquitecto con una casa cuya solidez desea conocer; J. 
T. Maston escarbaba el suelo con su mano postiza.
-Seores -dijo Barbicane-, no tenemos tiempo que perder; maana mismo montaremos 
a caballo para empezar a recorrer el pas.
Barbicane, en el momento de saltar a tierra, vio que le salan al encuentro los 3.000 
habitantes de la ciudad de Tampa. Bien mereca este honor el presidente del GunClub, 
que les haba dado la preferencia. Fue acogido con formidables aclamaciones; pero l se 
sustrajo a la ovacin, se encerr en una habitacin del hotel Franklin y no quiso recibir a 
nadie. Decididamente, no se avena su carcter con el oficio de hombre clebre.
Al da siguiente, 23 de octubre, algunos caballos de raza espaola, de poca alzada, pero 
de mucho vigor y bro, relinchaban debajo de sus ventanas. Pero no eran cuatro, sino 
cincuenta, con sus correspondientes jinetes. Barbicane, acompaado de sus tres 
camaradas, baj y se asombr de pronto, vindose en medio de aquella cabalgata. Not 
que cada jinete llevaba una carabina en la bandolera y un par de pistolas en el cinto. Un 
joven floridense le explic inmediatamente la razn que haba para aquel aparato de 
fuerzas.
-Seor-dijo-, hay semnolas.
-Qu son semnolas?
-Salvajes que recorren las praderas, y nos ha parecido prudente escoltaros.
-Bah! -dijo desdeosamente J. T. Maston montando a caballo.
-Siempre es bueno -respondi el floridense- tomar precauciones.
-Seores -repuso Barbicane-, os agradezco vuestra atencin; partamos.
La cabalgata se puso en movimiento y desapareci en una nube de polvo. Eran las 
cinco de la maana; el sol resplandeca ya, y el termmetro sealaba 84,(1) pero frescas 
brisas del mar moderaban la excesiva temperatura.
Barbicane, al salir de Tampa, baj hacia el Sur y sigui la costa, ganando el creek(2) de 
Alifia. Aquel arroyo desagua en la baha de Hillisboro, doce millas al sur de Tampa. 
Barbicane y su escolta costearon la orilla derecha, remontando hacia el Este. Las olas de 
la baha desaparecieron luego detrs de un accidente del terreno, y nicamente se ofreci 
a su vista la campia.
1. 28 centgrados.
2. Arroyo.

La Florida se divide en dos partes: una, al Norte, ms populosa, menos abandonada, 
tiene por capital a Tallahassee, y posee uno de los principales arsenales martimos de los 
Estados Unidos, que es Pensacola; la otra, colocada entre los Estados Unidos y el golfo 
de Mxico, que la estrechan con sus aguas, no es ms que una angosta pennsula roda 
por la corriente del Gulf Stream, punta de tierra perdida en medio de un pequeo 
archipilago, doblndola incesantemente los numerosos buques del canal de Bahama. 
Aquella punta es el centinela avanzado del golfo de las grandes tempestades. Tiene aquel 
Estado una superficie de 38.033.267 acres,(1) entre los cuales haba que escoger uno 
situado ms a11 del paralelo 28 que conviniese a la empresa, por to que Barbicane, sin 
apearse, examinaba atentamente la configuracin del terreno y su distribucin particular.
1. 151.975 kilmetros cuadrados.

La Florida, descubierta por Juan Ponce de Len el Domingo de Ramos de 1512, debi a 
esta circunstancia el nombre que llevaba en un principio de Pascua Florida. No la haca 
en verdad muy digna de l sus costas ridas y abrasadas. Pero a algunas millas de la 
playa, la naturaleza del terreno se fue modificando poco a poco, y el pas se mostr 
acreedor a su denominacin primitiva. Entrecortaba el terreno una red de creeks, ros, 
manantiales, estanques y lagos, que le daba un aspecto parecido al que tienen Holanda y 
Guayana; pero el campo se elev sensiblemente y no tard en ostentar sus llanuras cul-
tivadas, en que se daban admirablemente todas las producciones vegetales del Norte y del 
Medioda. El sol de los trpicos y las aguas conservadas por la arcilla del terreno, pagan 
todos los gastos de cultivo de su inmensa vega. Praderas de anans, de ame, de tabaco, 
de arroz, de algodn y de caa de azcar, que se extienden a cuanto alcanza la vista, 
ofrecen sus riquezas con la prodigalidad ms espontnea.
Mucho satisfaca a Barbicane la elevacin progresiva del terreno, y cuando J. T. 
Maston le interrog acerca del particular, le respondi:
-Amigo mo, tenemos el mayor inters en fundir nuestro columbiad en un terreno alto.
-Para estar ms cerca de la Luna? -pregunt con sorna el secretario del Gun-Club.
-No -respondi Barbicane sonrindose-. Qu importan algunas toesas ms o menos? 
Pero en terrenos altos la ejecucin de nuestros trabajos ser ms fcil, no tendremos que 
luchar con las aguas, to que nos permitir prescindir del largo y penoso sistema de 
tuberas, cosa digna de consideracin cuando se trata de abrir un pozo de 900 pies de 
profundidad.
-Tenis razn-dijo el ingeniero Murchison-. Debemos, en cuanto podamos, evitar los 
cursos de agua durante la perforacin; pero si encontramos manantiales, no hay que 
amilanarse por eso, los agotaremos con nuestras mquinas o los desviaremos. No se trata 
de un pozo artesiano, estrecho y oscuro, en el que la terraja, el cubo, la sonda, en una 
palabra, todos los instrumentos del perforador, trabajan a ciegas. No. Nosotros trabaja-
remos al aire libre, a plena luz, con el azadn o el pico en la mano, y con el auxilio de los 
barrenos saldremos pronto del paso.
-Sin embargo -respondi Barbicans-, si por la elevacin o naturaleza del terreno 
podemos evitar una lucha con las aguas subterrneas, el trabajo ser ms rpido y saldr 
ms perfecto. Procuremos, pues, abrir nuestra zanja en un terreno situado a algunos 
centenares de toesas sobre el nivel del mar.
-Tenis razn, seor Barbicane; y, si no me engao, no tardaremos en encontrar el sitio 
que nos conviene.
-Ah! Ya quisiera haber dado el primer azadonazo -dijo el presidents.
-Y yo el ltimo! -exclam J. T. Maston.
-Todo se andar, seores -respondi el ingeniero-, y, creedme, la compaa de 
Goldspring no tendr que pagar indemnizacin alguna por causa de retraso.
-Por Santa Brbara que tenis razn! -replic J. T. Maston-. Cien dlares por da hasta 
que la Luna se vuelva a presentar en las mismas condiciones, es decir, durante dieciocho 
aos y once das, constituiran una suma de 650.000 dlares. Sabais eso?
-Ni tenemos necesidad de saberlo -respondi el ingeniero.
A cosa de las diez de la maana, la comitiva haba avanzado unas doce millas. A los 
campos frtiles sucedi entonces la regin de los bosques. A11 se presentaban las 
esencias ms variadas con una profusin tropical. Aquellos bosques casi impenetrables, 
estaban formados de granados, naranjos, limoneros, higueras, olivos, albaricoques, 
bananos y cepas de via, cuyos frutos y flores rivalizaban en colores y perfumes. A la 
olorosa sombra de aquellos rboles magnficos, cantaban y volaban numerossimas aves 
de brillantes colores, entre las cuales se distinguan muy particularmente las cangrejeras, 
cuyo nido debera ser un estuche de guardar joyas para ser digno de su magnfico y 
variado plumaje.
J. T. Maston y el mayor, no podan hallarse en presencia de aquella naturaleza opulenta, 
sin admirar su esplndida belleza.
Pero el presidents Barbicane, poco sensible a tales maravillas, tena prisa en seguir 
adelante. Aquel pas tan frtil le desagradaba por su fertilidad misma. Sin ser hidrscopo 
senta el agua bajo sus pies, y buscaba, aunque en vano, seales de una aridez 
incontestable.
Se sigui avanzando y hubo que vadear varios ros, no sin algn peligr, porque 
estaban infestados de caimanes de 15 a 18 pies de largo. J. T. Maston les amenaz con su 
temible mano postiza, pero slo consigui meter miedo a los pelcanos, yaguazas y 
faelones, salvajes habitantes de aquellas costas, mientras los grandes flamencos de color 
rosa le miraban como embobados.
Aquellos huspedes de las regiones hmedas desaparecieron a su vez, y rboles menos 
corpulentos se desparramaron par bosques menos espesos. Algunos grupos aislados se 
destacaron en media de llanuras infinitas cruzadas par numerosas manadas de gansos 
azorados.
-Par fin llegamos! -exclam Barbicane, levantndose sobre los estribos-. He aqu la 
regin de los pinos!
-Y la de los salvajes -respondi el mayor.
En efecto, algunos semnolas aparecan a to lejos, agitndose, revolvindose, corriendo 
de un lado a otro, montados en rpidos caballos, blandiendo largas lanzas o descargando 
fusiles de sordo estampido. Limitronse a estas demostraciones hostiles, sin inquietar a 
Barbicane y a sus compaeros.
stos ocupaban entonces el centro de una llanura pedregosa, vasto espacio descubierto 
de una extensin de algunos acres que sumerga el sol en abrasadores rayos. Estaba 
formada la llanura par una especie de dilatado entumecimiento del terreno, que ofreca, al 
parecer, a los miembros del Gun-Club todas las condiciones que requera la colocacin de 
su columbiad.
-Alto! -dijo Barbicane detenindose-. Cmo se llama ste sitio?
-Stone's Hill(1) -respondi uno de los floridenses.
1. Colina de piedras.

Barbicane, sin decir una palabra, se ape, sac sus instrumentos y empez a determinar 
la posicin del sitio con la mayor precisin.
La escolta, agolpada en torno suyo, le examinaba en silencio.
El sol pasaba en aquel momento par el meridiano. Barbicane, despus de algunas 
observaciones, apunt rpidamente su resultado y dijo:
-Este sitio est situado a 300 toesas sobre el nivel del mar, a los 27 7' de longitud 
Oeste;(1)  me parece que, par su naturaleza rida y pedregosa, presenta todas las con-
diciones que el experimento requiere; en esta llanura, pues, levantaremos nuestros 
almacenes, nuestros talleres, nuestros hornos, las chozas de los trabajadores y desde aqu, 
desde aqu mismo -repiti, golpeando con el pie en el suelo-, desde aqu, desde la cspide 
de Stone's Hill, nuestro proyectil volar a los espacios del mundo solar.
1. La longitud indicada corresponde al meridiano de Washington.


XIV
Pala y zapapico
Aquella misma tarde, Barbicane y sus compaeros regresaron a Tampa, y el ingeniero 
Murchison embarc de nuevo en el Tampico para Nueva Orleans. Tena que contratar un 
ejrcito de trabajadores y recoger la mayor parte del material. Los miembros del 
Gun-Club se quedaron en Tampa a fin de organizar los primeros trabajos con la ayuda de 
la gente del pas.
Ocho das despus de su partida, el Tampico regresaba a la baha del Espritu Santo con 
una flotilla de buques de vapor. Murchison haba reunido quinientos trabajadores. En los 
malos tiempos de la esclavitud le hubiera sido imposible. Pero desde que Amrica, la tie-
rra de la libertad, no abrigaba en su seno ms que hombres libres, stos acudan 
dondequiera que les llama'ba un trabajo generosamente retribuido. Y el Gun-Club no 
careca de dinero, y ofreca a sus trabajadores un buen salario con gratificaciones 
considerables y proporcionadas. El operario reclutado para la Florida poda contar, 
concluidos los trabajos, con un capital depositado a su nombre en el banco de Baltimore. 
Murchison tuvo, pues, donde escoger, y pudo manifestarse severo respecto de la 
inteligencia y habilidad de sus trabajadores. Es de creer que form su laboriosa legin 
con la flor y nata de los maquinistas, fogoneros, fundidores, mineros, albailes y 
artesanos de todo gnero, negros o blancos, sin distincin de colores. Muchos partieron 
con su familia. Aquello era una verdadera emigracin.
El 31 de octubre, a las diez de la maana, la legin desembarc en los muelles de 
Tampa, y fcilmente se comprende el movimiento y actividad que reinaran en aquella 
pequea ciudad cuya poblacin se duplicaba en un da. En efecto, Tampa deba ganar 
mucho con aquella iniciativa del Gun-Club, no precisamente por el nmero de 
trabajadores que se dirigieron inmediatamente a Stone's Hill, sino por la afluencia de 
curiosos que convergieron poco a poco de todos los puntos del globo hacia la pennsula.
Se invirtieron los primeros das en descargar los utensilios que transportaba la flotilla, 
las mquinas, los vveres, a igualmente un gran nmero de casas de palastro compuestas 
de piezas desmontadas y numeradas. Al mismo tiempo, Barbicane trazaba un railway de 
15 millas para poner en comunicacin Stone's Hill con Tampa.
Nadie ignora en qu condiciones se hace un ferrocarril americano. Caprichoso en sus 
curvas, atrevido en sus pendientes, despreciando terraplenes, desmontes y obras de 
ingeniera, escalando colinas, precipitndose por los valles; el rail road corre a ciegas y 
sin cuidarse de la lnea recta, no es muy costoso, ni ofrece grandes dificultades de 
construccin, pero descarrila con suma facilidad. El camino de Tampa a Stone's Hill no 
fue ms que una bagatela, y su construccin no requiri mucho tiempo ni tampoco mucho 
dinero.
Por lo dems, Barbicane era el alma de aquella muchedumbre que acudi a su 
llamamiento. l la alentaba, la animaba y le comunicaba su energa y su entusiasmo; su 
persona se hallaba en todas partes, como si hubiese estado dotado del don de ubicuidad, 
seguido siempre de J. T. Maston, su mosca zumbadora. Con l no haba obstculo ni 
dificultades, ni contratiempos: era minero, albail y maquinista tanto como artillero, 
teniendo respuestas para todas las preguntas y soluciones para todos los problemas. 
Estaba en correspondencia constante con el Gun-Club y con la fbrica de Goldspring, y 
da y noche, con las calderas encendidas, con el vapor en presin, el Tampico aguardaba 
sus rdenes en la rada de Hillisboro.
El primer da de noviembre Barbicane sali de Tampa con un destacamento de 
trabajadores, y al da siguiente se haba levantado alrededor de Stone's Hill una ciudad de 
casas metlicas que se cerc de empalizadas, la cual, por su movimiento, por su 
actividad, poco o nada tena que envidiar a las mayores ciudades de la Unin. Se 
reglament cuidadosamente el rgimen de vida y empezaron las obras.
Sondeos escrupulosamente practicados permitieron reconocer la naturaleza del terreno, 
y empez la excavacin el 4 de noviembre.
Aquel da, Barbicane reuni a los jefes de los talleres y les dijo:
-Todos conocis, amigos mos, el objeto por el cual os he reunido en esta parte salvaje 
de Florida. Trtase de fundir un can de nueve pies de dimetro interior, seis pies de 
grueso en sus paredes y diecinueve y medio de revestimiento de piedra. Es, pues, preciso 
abrir una zanja que tenga de ancho sesenta pies y una profundidad de novecientos. Esta 
obra considerable debe concluirse en ocho meses, y, por consiguiente, tenis que sacar, 
en doscientos cincuenta y cinco das, 2.543.200 pies cbicos de tierra, es decir, diez mil 
pies cbicos al da. Esto, que no ofrecera ninguna dificultad a mil operarios que 
trabajasen con holgura, ser ms penoso en un espacio relativamente limitado. Sin 
embargo, puesto que es un trabajo que se ha de hacer, se har, para to cual cuento tanto 
con vuestro nimo como con vuestra destreza.
A las ocho de la maana se dio el primer azadonazo en el terreno floridense, y desde 
entonces, el poderoso instrumento no tuvo en manos de los mineros un solo momento de 
ocio. Las tandas de operarios se relevaban cada seis horas.
Por colosal que fuese la operacin, no rebasaba el lmite de las fuerzas humanas. 
Cuntos trabajos ms difciles, en los que haba sido necesario combatir directamente 
contra los elementos, se haban llevado felizmente a cabo! Sin hablar ms que de obras 
anlogas, basta citar el Pozo del To Jos, construido cerca de El Cairo por el sultn 
Saladino, en una poca en que las mquinas no haban completado an la fuerza del 
hombre. Dicho pozo baja al nivel del Nilo, a una profundidad de 300 pies. Y aquel otro 
pozo abierto en Coblenza, por el margrave Juan de Baden, a la profundidad de 600 pies! 
Pues bien, de qu se trataba en ltima instancia? De triplicar esta profundidad y duplicar 
su anchura, to que hara la perforacin ms fcil. As es que no haba ni un pen, ni un 
oficial, ni un maestro, que dudase del xito de la operacin.
Una decisin importante, tomada por el ingeniero Murchison, de acuerdo con el 
presidente Barbicane, haba de acelerar ms y ms la marcha de los trabajos. Por un 
artculo del contrato, el columbiad deba estar reforzado con zunchos o abrazaderas de 
hierro forjado. Estos zunchos eran un lujo de precauciones intil, de las
que el can poda prescindir sin ningn riesgo. Se suprimi, pues, dicha clusula, con 
to que se economizaba mucho tiempo, porque se pudo entonces emplear el nuevo sistema 
de perforacin adoptado actualmente en la construccin de los pozos, en que la 
perforacin y la obra de mampostera se hacen al mismo tiempo. Gracias a este sencillo 
procedimiento, no hay necesidad de apuntalar la tierra, pues la pared misma la contiene 
con un poder inquebrantable y desciende por su propio peso.
No deba empezar esta maniobra hasta alcanzar el azadn la parte slida del terreno.
El 4 de noviembre, cincuenta trabajadores abrieron en el centro mismo del recinto 
cercado, es decir, en la parte superior de Stone's Hill, un agujero circular de 60 pies de 
ancho.
El pico encontr primero una especie de terreno negro, de seis pies de profundidad, de 
cuya resistencia triunf fcilmente. Sucedieron a este terreno dos pies de una arena fina, 
que se sac y guard cuidadosamente porque deba servir para la construccin del molde 
interior.
Apareci despus de la arena una arcilla blanca bastante compacta, parecida a la marga 
de Inglaterra, que tena un grosor de cuatro pies.
Enseguida, el hierro de los picos ech chispas bajo la capa dura de la tierra, que era una 
especie de roca formada de conchas petrificadas, muy seca y muy slida, y con la cual 
tuvieron en to sucesivo que luchar siempre los instrumentos. En aquel punto, el agujero 
tena una profundidad de seis pies y medio, y empezaron los trabajos de albailera.
Construyse en el fondo de la excavacin un torno de encina, una especie de disco muy 
asegurado con pernos y de una solidez a toda prueba. Tena en su centro un agujero de un 
dimetro igual al que deba tener el columbiad exteriomente. Sobre aquel aparato se 
sentaron las primeras hiladas de piedras, unidas con inflexible tenacidad por un cemento 
de hormign hidrulico. Los albailes, despus de haber trabajado de la circunferencia al 
centro, se hallaron dentro de un pozo que tena 25 pies de ancho.
Terminada esta obra, los mineros volvieron a coger el pico y el azadn para atacar la 
roca debajo del mismo disco, procurando sostenerlo con puntales de mucha solidez; estos 
puntales se quitaban sucesivamente a medida que se iba ahondando el agujero. As, el 
disco iba bajando poco a poco, y con l la pared circular de mampostera, en cuya parte 
superior trabajaban incesantemente los albailes, dejando aspilleras o respiradores para 
que durante la fundicin encontrase salida el gas.
Este gnero de trabajo exige en los obreros mucha habilidad y cuidado. Alguno de 
ellos, cavando bajo el disco, fue peligrosamente herido por los pedazos de piedra que 
saltaban y hasta hubo alguna muerte; pero estos percances del oficio no menguaban ni un 
solo minuto el ardor de los trabajadores. stos trabajaban durante el da, a la luz de un sol 
que algunos meses despus daba a aquellas calcinadas llanuras un calor de 99.(1) 
Trabajaban durante la noche; envueltos en los resplandores de la luz elctrica. El ruido de 
los picos rompiendo las rocas, el estampido de los barrenos, el chirrido de las mquinas, 
los torbellinos de humo agitndose en el aire, trazaban alrededor de Stone's Hill un 
crculo de terror que no se atrevan a romper las manadas de bisontes ni los grupos de 
semnolas.
1. 37 centgrados.

Los trabajos avanzaban regularmente. Gras movidas por la fuerza del vapor activaban 
la traslacin de los materiales, encontrndose pocos obstculos inesperados, pues todas 
las dificultades estaban previstas y haba habilidad para allanarlas.
El pozo, en un mes, haba alcanzado la profundidad proyectada para este tiempo, o sea 
112 pies. En diciembre, esta profundidad se duplic, y se triplic en enero. En febrero, 
los trabajadores tuvieron que combatir una capa de agua que apareci de improviso, 
vindose obligados a recurrir a podersas bombas y aparatos de aire comprimido para 
agotarla y tapar los orificios como se tapa una va de agua a bordo de un buque. Se 
dominaron aquellas corrientes, pero a consecuencia de la poca consistencia del terreno, el 
disco cedi algo, y hubo un derrumbamiento parcial. El accidente no poda dejar de ser 
terrible, y cost la vida a algunos trabajadores. Tres semanas se invirtieron en reparar la 
avera y en restablecer el disco, devolvindole su solidz; pero gracias a la habilidad del 
ingeniero y a la potencia de las mquinas empleadas, la obra, por un instante 
comprometida, recobr su aplomo, y la perforacin sigui adelante.
Ningn nuevo incidente paraliz en to sucesivo la marcha de la operacin, y el 10 de 
junio, veinte das antes de expirar el plazo fijado por Barbicane, el pozo, enteramente 
revestido de su muro de piedra, haba alcanzado la profundidad de 900 pies. En el fondo, 
la mampostera descansaba sobre un cubo macizo que meda 30 pies de grueso, al paso 
que en su parte superior se hallaba al nivel del suelo.
El presidente Barbicane y los miembros del GunClub felicitaron con efusin al 
ingeniero Murchison, cuyo trabajo ciclpeo se haba llevado a cabo con una rapidez 
asombrosa.
Durante los ocho meses que se invirtieron en dicho trabajo, Barbicane no se separ un 
instante de Stone's Hill, y al mismo tiempo vigilaba de cerca las operaciones de la 
excavacin y no olvidaba un solo instante el bienestar y la salud de los trabajadores, 
siendo bastante afortunado para evitar las epidemias que suelen engendrarse en las 
grandes aglomeraciones de hombres, y que tantos desastres causan en las regiones del 
globo expuestas a todas las influencias tropicales.
Verdad es que algunos trabajadores pagaron con la vida las imprudencias inherentes a 
trabajos tan peligrosos. Pero estas deplorables catstrofes son inevitables, y los 
americanos no hacen de ellas ningn caso. Se cuidan ms de la humanidad en general que 
del individuo en particular. Sin embargo, Barbicane profesab excepcionalmente los 
principios contrarios, y los aplicaba en todas las ocasiones. As es que, gracias a su 
solicitud, a su inteligencia, a su til intervencin en los casos difciles, a su prodigiosa y 
filantrpica sagacidad, el trmino medio de las catstrofes no excedi al de los pases de 
ultramar famosos por su lujo de precauciones, entre otros Francia, donde se cuenta con un 
accidente por cada 200.000 francos de trabajo.

XV
La fiesta de la fundicin
Durante los ocho meses que se invirtieron en la operacin de la zanja, se llevaron 
simultneamente adelante con suma rapidez los trabajos preparatorios de la fundicin. 
Una persona extraa que, sin estar en antecedentes, hubiese llegado de improviso a 
Stone's Hill, hubiera quedado atnito ante el espectculo que se ofreca a sus miradas.
A 600 yardas de la zanja se levantaban 1.200 hornos de reverbero, de 600 pies de ancho 
cada uno, circulamente situados alrededor de la zanja misma, que era su punto central, 
separados uno de otro por un intervalo de media toesa. Los 1.200 hornos formaban una 
lnea que no bajaba de dos millas. Estaban todos calcados sobre el mismo modelo, con 
una alta chimenea cuadrangular, y producan un singular efecto. Soberbia pareca a J. T. 
Maston aquella disposicin arquitectnica, que le recordaba los monumentos de 
Washington. Para l no haba nada ms bello, ni aun en Grecia, donde, segn l mismo 
confesaba, no haba estado nunca.
Sabido es que en su tercera sesin la comisin resolvi valerse para el columbiad del 
hierro fundido, especialmente del hierro furidido gris, que es, en efecto, un metal tenaz y 
dctil, de fcil pulimento, propio para efectuar todas las operaciones de moldeo, y tratado 
con el carbn de piedra, es de una calidad superior para 1s piezas de gran resistencia, 
tales como caones, cilindros de mquinas de vapor y prensas hidrulicas.
Pero el hierro fundido, si no ha sido sometido ms que a una sola fusin, es raramente 
to suficiente homogneo, por to que se le acendra y depura por medio de una segunda 
fusin, que le desembaraza de sus ltimos depsitos terrosos.
Por lo mismo, el mineral de hierro, antes de ser embarcado para Tampa, era sometido a 
los altos hornos de Goldspring y puesto en contacto con carbn y silicio y elevado a una 
alta temperatura, siendo transformado en carburo,(1) y despus de esta primera 
operacin, se diriga el metal a Stone's Hill. Pero se trataba de 136.000.000 de libras de 
hierro fundido, que son una cantidad enorme para transportar por los railways. El precio 
del transporte hubiera duplicado el de la materia. Pareci preferible fletar buques de 
Nueva York y cargarlos de fundicin en barras, aunque para esto se necesitaron sesenta y 
ocho buques de 1.000 toneladas, una verdadera escuadra, que el 3 de mayo sali del canal 
de Nueva York, entr en el ocano, sigui a lo largo de las costas americanas, penetr en 
el canal de Bahama, dobl la punta de Florida y, el 10 del mismo mes, remontando la 
baha del Espritu Santo, pas a fondear sin avera alguna en el puerto de Tampa. A11 el 
cargamento fue trasladado a los vagones del ferrocarril de Stone's Hill, y a mediados de 
enero, la enorme cantidad de metal haba llegado a su destino.
1. Por la operacin de refinado en los hornos, el hierro fundido, libre de carbono y silicio, se convierte en 
hierro dulce.

Bien se comprende que mil doscientos hornos no eran un exceso para derretir a un 
mismo tiempo 68.000 toneladas de hierro. Cada horno poda contener cerca de 114.000 
libras de metal, y todos, construidos y dispuestos segn el modelo de los que sirvieron 
para fundir ei can Rodman, afectaban la forma de un trapecio y eran muy rebajados. El 
aparato para caldear y la chimenea, se hallaba en los dos extremos del horno, el cual se 
calentaba por igual en toda su extensin. Los hornillos, hechos de tierra refractaria, 
constaban de una reja donde se colocaba el carbn de piedra, y un crisol o laboratorio 
donde se ponan las barras que haban de fundirse. El suelo de este crisol inclinado en 
ngulo de 25 grados permita al metal derretido verterse hacia los depsitos de recepcin, 
de los cuales partan doce arroyos divergentes que desaguaban en el pozo central.
Un da, despus de terminadas las obras de albailera, Barbicane mand proceder a la 
construccin del molde interior. La cuestin era levantar en el centro del pozo, siguiendo 
su eje, un cilindro de 900 pies de altura y 9 pies de dimetro, que llenase exactamente el 
espacio reservado al nima del columbiad. Este cilindro deba componerse de una mezcla 
de tierra arcillosa y arena, a la que aadan heno y paja. El intervalo que quedase entre el 
molde y la obra de fbrica, deba llenarlo el metal derretido para formar las paredes del 
can, de un grosor de 6 pies. Para mantener equilibrado el cilindro, fue preciso 
reforzarlo con armadura de hierro y sujetarlo a trechos por medio de puntales 
transversales que iban desde l a las paredes del pozo. Estas traviesas, despus de la 
fundicin, quedaban formando cuerpo comn con el can mismo, sin que ste sufriese 
por la interposicin menoscabo alguno.
Habiendo terminado esta operacin el 8 de julio, poda procederse inmediatamente a la 
fundicin, y se fij sta para el da siguiente.
-Ser una gran fiesta el acto de la fundicin -dijo J. T. Maston a su amigo Barbicane.
-Sin duda -respondi Barbicane-, pero no ser fiesta pblica.
-Cmo! No abriris las puertas del recinto a todo el que se presente?
-No har semejante disparate, Maston; la fundicin del columbiad es una operacin 
delicada que puede tambin ser peligrosa, y prefiero que se ejecute a puerta cerrada. A1 
dispararse el proyectil, toleraremos todo el bullicio que se quiera, pero no antes.
En efecto, la operacin poda dar origen a peligros imprevistos, y, adems, una gran 
afluencia de espectadores estorbara tal vez para conjurar una catstrofe. Convena mucho 
conservar la libertad de movimiento. As es que a nadie se permiti entrar en el recinto, a 
excepcin de una delegacin de individuos del Gun-Club, que se haba trasladado a 
Tampa. Figuraban entre ella el entusiasta Bilsby, Tom Hunter, el coronel Blomsberry, el 
mayor Elphiston, el general Morgan y otros, para quienes la fundicion del columbiad era 
una cuestin personal. J. T. Maston se convirti espontneamente en su cicerone; no 
omiti ningn pormenor; les condujo a todas panes, a los almacenes, a los talleres, a las 
mquinas, y les oblig a visitar uno tras otro, no obstante ser perfectamente iguales, los 
mil doscientos hornos. Al efectuar la visita mil doscientas, estaban algo cansados.
La fundicin deba ejecutarse a las doce en punto del da. El da anterior se haba 
invertido principalmente en cargar cada uno de los hornos con ciento catorce mil libras de 
barras de metal, colocadas de manera que dejasen algunos huecos para que el aire 
inflamado pudiese circular entre ellas libremente. Desde la madrugada, empezaron las 
mil doscientas chimeneas a vomitar en la atmsfera sus torrentes de llamas, y agitaban la 
tierra sordas trepidaciones. Haba que quemar tantas libras de carbn de piedra cuantas 
eran las libras de metal que haba que fundir. Haba, pues, 68.000 libras de carbn que 
proyectaban delante del disco del sol un denso cortinaje de humo negro.
No tard el calor en hacerse insoportable en aquel crculo de hornos cuyos ronquidos 
parecan retumbos de trueno, aumentando el estrpito poderosos ventiladores que en su 
continuo soplo saturaban de oxgeno todos aquellos focos candentes.
El buen xito de la operacin de la fundicin, dependa en gran parte de la rapidez con 
que se la condujese. A una seal dada, que consista en un caonazo, todos los hornos a la 
vez deban abrir paso al hierro derretido y vaciarse enteramente.
Tomadas estas disposiciones, maestros y trabajadores aguardaron el momento fijado 
con mucha impaciencia y tambin con cierta zozobra. No haba nadie en el recinto, y 
cada maestro fundidor ocupaba su puesto cerca de los agujeros por donde deba salir el 
metal licuado.
Barbicane y sus colegas contemplaban la operacin desde una eminencia cercana, 
teniendo delante un can, pronto a ser disparado a una seal del ingeniero.
Algunos minutos antes de dar las doce, empez el metal a formar gotas que se iban 
dilatando, se fueron llenando poco a poco los receptculos, y cuando el hierro, se hubo 
derretido enteramente, se le dej reposar un poco con el fin de facilitar la separacin de 
las sustancias heterogneas.
Dieron las doce, son de pronto un caonazo, perdindose en el aire, como un 
relmpago, su resplandor momentneo. Mil doscientas aberturas se destaparon a la vez, y 
mil doscientas serpientes de fuego se arrastraron hacia el pozo central, desarrollando sus 
anillos candentes. Al llegar el pozo, se precipitaron a una profundidad de 900 pies con 
espantoso estrpito. Aquel espectculo era conmovedor y magnfico. La tierra temblaba, 
y las olas de metal hirviente, lanzando al cielo los torbellinos de humo, volatilizaban al 
mismo tiempo la humedad del molde y la arrojaban por los espirculos o respiraderos del 
muro de piedra bajo la forma de impenetrables vapores. Aquellas nubes ficticias, 
subiendo hacia el cenit a una altura de 500 toesas, desenvolvan sus densas espirales. Un 
salvaje errante, ms a11 de los lmites del horizonte, hubiera podido creer en la 
formacin de un nuevo crter en las entraas de Florida, y sin embargo, aquello no era 
una erupcin, ni una tromba, ni una tempestad, ni una lucha de elementos, ni ninguno de 
los fenmenos terribles que es capaz de producir la naturaleza. No! El hombre haba 
creado aquellos vapores cojizos, aquellas llamas gigantescas dignas de un volcn, 
aquellas trepidaciones estrepitosamente anlogas a los sacudimientos de un terremoto, 
aquellos mugidos rivales de los huracanes y las borrascas, y era su mano quien 
precipitaba en un abismo abierto por ella todo un Nigara del humeante metal derretido.

XVI
El columbiad
La operacin haba tenido buen xito? Acerca del particular no se poda juzgar ms 
que por conjeturas. Todo, sin embargo, induca a creer que la fundicin se haba 
verificado debidamente, puesto que el molde haba absorbido todo el metal licuado en los 
hornos. Pero nada en mucho tiempo se podra asegurar de una manera positiva. La prueba 
directa haba de ser necesariamente muy tarda.
En efecto, cuando el mayor Rodman fundi su can de ciento sesenta mil libras, el 
hierro tard en enfriarse ms de quince das. Cunto tiempo, pues, el monstruoso 
columbiad, coronado de torbellinos de vapor y defendido por su calor intenso, iba a 
ocultarse a las investigaciones de sus admiradores? Difcil era calcularlo.
Durante este tiempo la impaciencia de los miembros del Gun-Club pas por una dura 
prueba. Pero fuerza es esperar, y ms de una vez la curiosidad y el entusiasmo expusieron 
a J. T. Maston a asarse vivo. Quince das despus de verificada la fundicin, suba an al 
cielo un inmenso penacho de humo, y el suelo abrasaba los pies en un radio de doscientos 
pasos alrededor de la cima de Stone's Hill.
Pasaron das y das, semanas y semanas. No haba medio de enfriar el inmenso cilindro, 
al cual era imposible acercarse. Preciso era aguardar, y los miembros del Gun-Club 
tascaban su freno.
-Nos hallamos ya a to de agosto -dijo una maana J. T. Maston-. Faltan apenas cuatro 
meses para llegar al 1 de diciembre, y an tenemos que sacar el molde interior, formar el 
nima de la pieza y cargar el columbiad! Tendremos tiempo? Ni siquiera podemos 
acercarnos al can! No se enfriar nunca? Sera un chasco horrible!
En vano se trataba de calmar la impaciencia del secretario; Barbicane no despegaba los 
labios, pero su silencio ocultaba una sorda irritacin. Verse absolutamente detenido por 
un obstculo del cual slo poda triunfar el tiempo, enemigo temible en aquellas circuns-
tancias, y hallarse a discrecin suya, era duro para un hombre de guerra.
Sin embargo, observaciones diarias permitieron comprobar modificaciones en el estado 
del terreno. Hacia el 15 de agosto, la intensidad y densidad de los vapores haba 
disminuido notablemente. Algunos das despus, la tierra no exhalaba ms que un ligero 
vaho, ltimo soplo del monstruo encerrado en su atad de piedra. Poco a poco se 
apaciguaron las convulsiones del terreno, y se circunscribi el crculo calrico; los 
espectadores ms impacientes se acercaron, ganaron un da 2 toesas y al otro 4; y el 22 de 
agosto, Barbicane, sus colegas y el ingeniero pudieron llegar a la masa de hierro colado 
que asomaba al nivel de la cima de Stone's Hill, sitio sin duda muy higinico, en que no 
estaba an permitido tener fro en los pies.
-Loado sea Dios! -exclam el presidente del GunClub con un inmenso suspiro de 
satisfaccin.
Se volvi a trabajar aquel mismo da. Procedise inmediatamente a la extraccin del 
molde interior para dejar libre el nima de la pieza; funcionaron sin descanso el pico, el 
azadn y la terraja; la tierra arcillosa y la arena haban adquirido con el calor una dureza 
suma, pero con el auxilio de las mquinas, se venci la resistencia de aquella mezcla que 
arda an al contacto de las paredes de hierro fundido; se sacaron rpidamente en carros 
de vapor los materiales extrados, y se hizo todo tan bien, se trabaj con tanta actividad, 
fue tan apremiante la intervencin de Barbicane y tenan tanta fuerza sus argumentos, a 
los que dio la forma de dlares, que el 3 de septiembre haba desaparecido hasta el ltimo 
vestigio del molde.
Inmediatamente despus, empez la operacin de alisar el nima, a cuyo efecto se 
establecieron con la mayor prontitud las mquinas convenientes, y se pusieron en juego 
poderosos alisadores cuyo corte elimin rpidamente las desigualdades de la fundicin. 
Al cabo de algunas semanas, la superficie interior del inmenso tubo era perfectamente 
cilndrica, y el nima de la pieza haba adquirido un pulimento perfecto.
Por ltimo, el 22 de septiembre, no habiendo an transcurrido un ao desde la 
comunicacin de Barbicane, la enorme mquina, calibrada rigurosamente y abso-
lutamente vertical, segn comprobaron los ms delicados instrumentos, estaba en 
disposicin de funcionar. No haba que esperar ms que a la Luna, pero todos tenan una 
completa confianza en que tan honrada seora no faltara a la cita. La conocan por sus 
antecedentes, y por ellos la juzgaban.
La alegra de J. T. Maston traspas todos los lmites, y poco le falt para ser vctima de 
una espantosa cada por el afn con que abismaba sus miradas en el tubo de 900 pies. Sin 
el brazo derecho de Blomsberry, que el digno coronel haba felizmente conservado, el 
secretario del Gun-Club, como un segundo Erstrato, hubiera encontrado la muerte en las 
profundidades del columbiad.
El can estaba, pues, concluido, y no caba duda alguna acerca de su ejecucin 
perfecta. As es que, el 6 de octubre, el capitn Nicholl, no obstante sus antipatas, pag 
al presidente Barbicane la segunda apuesta, y Barbicane en sus libros, en la columna de 
ingresos, apunt una suma de 2.000 dlares. Motivos hay para creer que la clera del 
capitn lleg al ltimo extremo, causndole una verdadera enfermedad. Sin embargo, 
quedaban an tres apuestas, una de 3.000 dlares, otra de 4.000 y otra de 5.000, y con 
slo ganar dos de ellas, no se hubiera librado mal del negocio. Pero el dinero no entraba 
para nada en sus clculos, y el xito obtenido por su rival en la fundicin de su can, a 
cuyo proyectil no hubiera resistido una plancha de 10 toesas, le daba un golpe terrible. El 
23 de septiembre se permiti al pblico entrar libremente en el recinto de Stone's Hill, y 
ya se comprende to que sera la afluencia de visitantes.
Innumerables curiosos, procedentes de todos los puntos de los Estados Unidos, se 
dirigan a Florida. Durante aquel ao la ciudad de Tampa, consagrada enteramente a los 
trabajos del Gun-Club, se haba desarrollado de una manera prodigiosa, y contaba 
entonces con una poblacin de 60.000 almas. Despus de envolver en una red de calles el 
fuerte Broke, se fue prolongando por la lengua de tierra que separa las dos radas de la ba-
ha del Espritu Santo. Nuevos cuarteles, nuevas plazas, un bosque entero de casas nuevas 
haba brotado en aquellos enales antes desiertos, al calor del sol americano. Habanse 
fundado compaas para erigir iglesias, escuelas y habitaciones particulares, y en menos 
de un ao se decuplic la extensin de la ciudad.
Sabido es que los yanquis han nacido comerciantes. Adondequiera que les lance la 
suerte, desde la zona glacial a la zona trrida, es menester que se ponga en ejecucin su 
instinto de los negocios. He aqu por qu simples curiosos que se haban trasladado a 
Florida sin ms objeto que seguir las operaciones del Gun-Club, se entregaron, no bien se 
hubieron establecido en Tampa, a operaciones mercantiles. Los buques fletados para el 
transporte del material y de los trabajadores, haban dado al puerto una actividad sin 
ejernplo. Otros buques de todas clases, cargados de vveres, provisiones y mercancas, 
surcaron luego la baha y las dos radas; grandes contadores de armadores y corredores se 
establecieron en la ciudad, y la Shipping Gazette(1) anunci diariamente en sus columnas 
la llegada de nuevas embarcaciones al puerto de Tampa.
1.	Gaceta Martima.

Mientras se multiplicaban los caminos alrededor de la ciudad, sta, teniendo en 
consideracin el prodigioso desarrollo de su poblacin y su comercio, fue unida por un 
ferrocarril a los Estados meridionales de la Unin. Por medio de un railway, Mobile se 
enlaz con Pensacola, el gran arsenal martimo del Sur, desde donde el ferrocarril se 
dirigi a la ciudad de Tallahassee, donde haba ya un pequeo trozo de va frrea y pona 
en comunicacin con Saint Marks, en la costa. Aquel railway se prolong hasta Tampa, 
vivificando a su paso y despertando las comarcas muertas de Florida central. Gracias a 
las maravillas de la industria, debidas a la idea que cruz por la mente de un hombre, 
Tampa pudo darse la importancia de una gran ciudad. Le haban dado el sobrenombre de 
Moon City, y Tallahassee, la capital de las dos Floridas, sufri un eclipse total, visible 
desde todos los puntos del globo.
Ahora comprende cualquiera el fundamento de la gran rivalidad entre Tejas y Florida, y 
la exasperacin de los tejanos cuando se vieron desahuciados en sus pretensiones por la 
eleccin del Gun-Club. Con su sagacidad previsora haba adivinado cunto deba ganar 
un pas con el experimento de Barbicane y los beneficios que producira un caonazo 
semejante. Tejas perda por la eleccin de Barbicane un vasto centro de comercio, un 
ferrocarril y un aumento considerable de poblacin. Todas estas ventajas las obtena la 
miserable pennsula floridense, echada como una estacada en las olas del golfo y las del 
ocano Atlntico. As es que Barbicane participaba, con el general Santana, de todas las 
antipatas de Tejas.
Sin embargo, aunque entregada a su furor mercantil y a su pasin industrial, la nueva 
poblacin de Tampa no olvid las interesantes operaciones del Gun-Club. Todo to 
contrario. Segua con ansia todos los pormenores de la empresa, y la entusiasmaba 
cualquier azadonazo. Hubo constantemente entre la ciudad y Stone's Hill un continuo it y 
venir, una procesin, una romera.
Fcil era prever que, al llegar el da del experimento, la concurrencia ascendera a 
millares de personas, que de todos los puntos de la Tierra se iban acumulando en la 
circunscrita pennsula. Europa emigraba a Amrica.
Pero es preciso confesar que hasta entonces la curiosidad de los numerosos viajeros no 
se hallaba enteramente satisfecha. Muchos contaban con el espectculo de la fundicin, 
de la cual no alcanzaron ms que el humo. Poca cosa era para aquellas gentes vidas, 
pero Barbicane, como es sabido, no quiso admitir a nadie durante aquella operacin. 
Hubo descontento, refunfuos, murmullos; hubo reconvenciones al presidente, de quien 
se dijo que adoleca de absolutismo, y su conducta fue declarada poco americana. Hubo 
casi una asonada alrededor de la cerca de Stone's Hill. Pero ni por sas; Barbicane era 
inquebrantable en sus resoluciones.
Pero cuando el columbiad qued enteramente concluido, fue preciso abrir las puertas, 
pues hubiera sido poco prudente contrariar el sentimiento pblico mantenindolas 
cerradas. Barbicane permiti entrar en el recinto a todos los que llegaban, si bien, 
empujado por su talento prctico, resolvi especular en grande con la curiosidad general. 
La curiosidad es siempre, para el que sabe explotarla, una fbrica de moneda.
Gran cosa era contemplar el inmenso columbiad, pero la gloria de bajar a sus 
profundidades pareca a los americanos el non plus ultra de la felicidad posible en este 
mundo. No hubo un curioso que no quisiese darse a toda costa el placer de visitar 
interiormente aquel abismo de metal. Atados y suspendidos de una cabria que funcionaba 
a impulsos del vapor, se permiti a los espectadores satisfacer su curiosidad excitada. 
Aquello fue un delirio. Mujeres, nios, ancianos, todos se impusieron el deber de penetrar 
en el fondo del nima del colosal can preado de misterios. Se fij el precio de 5 d-
lares por persona, y a pesar de su elevado costo, en los dos meses inmediatos que 
precedieron al experimento, la afluencia de viajeros permiti al Gun-Club obtener cerca 
de 500.000 dlares.
Intil es decir que los primeros que visitaron el columbiad fueron los miembros del 
Gun-Club, a cuya ilustre asamblea estaba justamente reservada esta preferencia. Esta 
solemnidad se celebr el 25 de septiembre. En un cajn de honor, bajaron el presidente 
Barbicane, J. T. Maston, el mayor Elphiston, el general Morgan, el coronel Blomsberry, 
el ingeniero Murchison y otros miembros distinguidos de la clebre sociedad, en nmero 
de unos diez. Mucho calor haca an en el fondo de aquel largo tubo de metal, se senta 
dentro alguna sofocacin. Pero qu alegra! Qu encanto! Se coloc una mesa de diez 
cubiertos en la recmara de piedra que sostena el columbiad, alumbrado a giorno por un 
chorro de luz elctrica. Exquisitos y numerosos manjares que parecan bajados del cielo, 
se colocaron sucesivamente delante de los convidados, y botellas de los mejores vinos se 
apuraron profusamente durante aquel esplndido banquete a 900 pies bajo tierra.
El festn fue muy animado y tambin muy bullicioso. Se entrecruzaron numerosos 
brindis: se brind por el globo terrestre; se brind por su satlite; se brind por el 
Gun-Club; se brind por la Unin, por la Luna, por Febe, por Diana, por Selene, por el 
astro de la noche, por la pacfica mensajera del firmamento. Los hurras, llevados por las 
ondas sonoras del inmenso tubo acstico, llegaban a su extremo como un trueno, y la 
multitud, colocada alrededor de Stone's Hill, se una con el corazn y con los gritos a los 
diez convidados hundidos en el fondo del gigantesco columbiad.
J. T. Maston no era ya dueo de s mismo. Difcil sera determinar si gritaba ms que 
gesticulaba, y si beba ms que coma. Lo cierto es que no caba de gozo en su pellejo, 
que no hubiera dado su lugar por el imperio del mundo, aun cuando el can cargado, 
cebado y haciendo fuego en aquel instante, hubiera debido enviarle hecho pedazos a los 
espacios planetarios.

XVII
Un parte telegrfico
Pudirase decir que estaban terminados los grandes trabajos emprendidos por el 
Gun-Club, y, sin embargo, tenan an que transcurrir dos meses antes de enviar el 
proyectil a la Luna. Dos meses que deban parecer largos como aos a la impaciencia 
universal. Hasta entonces los peridicos haban dado diariamente cuenta de los ms 
insignificantes pormenores de la operacin, y sus columnas eran devoradas con avidez; 
pero era de temer que en to sucesivo disminuyese mucho el dividendo de inters 
distribuido entre todas las gentes, y no haba quien no temiese que iba a dejar pronto de 
percibir la parte de emociones que diariamente le corresponda.
No fue as. El ms inesperado, el ms extraordinario, ms increible y ms inverosmil 
incidente volvi a fanatizar los nimos anhelantes y a causar en el mundo una sorpresa y 
una sobreexcitacin hasta entonces desconocidas.
Un da, el 30 de septiembre, a las tres y cuarenta y siete minutos de la tarde lleg a 
Tampa, con destino al presidente Barbicane, un telegrama transmitido por el cable 
sumergido entre Valentia (Irlanda), Terranova y la costa americana.
El presidente Barbicane rasg el sobre, ley el parte, y, no obstante su fuerza de 
voluntad para hacerse dueo de s mismo, sus labios palidecieron y su vista se turb a la 
lectura de las veinte palabras del telegrama.
He aqu el texto del mismo, que se conserva an en los archivos del Gun-Club:

Francia, Pars. 
30 septiembre, 4 h. maana. 
Barbicane. Tampa, Florida. 
Estados Unidos. 
Reemplazad granada esfrica por proyectil cilindrocnico. Partir dentro. Llegar por 
vapor Atlanta.
MICHEL ARDAN.

XVIII
El pasajero del Atlanta
Si tan estupenda noticia, en vez de volar por los hilos telegrficos, hubiera llegado 
sencillamente por correo, cerrada y bajo un sobre, si los empleados de Francia, Irlanda, 
Terranova y Estados Unidos de Amrica no hubiesen debido conocer necesariamente la 
confidencia telegrfica, Barbicane no habra vacilado un solo instante. Hubiese callado 
por medida de prudencia, y para no desprestigiar su obra. Aquel telegrama, sobre todo 
procediendo de un francs, poda ser una burla. Qu apariencia de verdad tena la 
audacia de un hombre capaz de concebir la idea de un viaje semejante? Y si en realidad 
haba un hombre resuelto a llevar a cabo tan singular propsito, no era un loco a quien 
se deba encerrar en una casa de orates, y no en una bala de can?
Pero el parte era conocido, porque los aparatos de transmisin son por su naturaleza 
poco discretos, y la proposicin de Michel Ardan circulaba ya por los diversos Estados de 
la Unin. No tena, pues, Barbicane ninguna razn para guardar silencio acerca de ella, y 
por tanto reuni a los individuos del Gun-Club, que se hallaban en Tampa, y, sin dejarles 
entrever su pensamien-
to, sin discutir el mayor o menor crdito que le mereca el telegrama, ley con sangre 
fra su lacnico texto.
-Imposible!
-Es inverosmil!
-Pura broma!
-Se estn burlando de nosotros!
-Ridculo!
-Absurdo!
Durante algunos minutos, se pronunciaron todas las frases que sirven para expresar la 
duda, la incredulidad, la barbaridad y la locura, con acompaamiento de los aspavientos y 
gestos que se usan en semejantes circunstancias. Cada cual, segn su carcter, se sonrea, 
o rea, o se encoga de hombros, o soltaba la carcajada. J. T. Maston fue el nico que 
tom la cosa en serio.
-Es una soberbia idea! -exclam.
-S -le respondi el mayor-, pero si alguna vez es permitido tener ideas semejantes, es 
con la condicin de no pensar siquiera en ponerlas en prctica.
-Y por qu no? -replic con cierto desenfado el secretario del Gun-Club, aprestndose 
para el combate que sus colegas rehuyeron.
Sin embargo, el nombre de Michel Ardan corra de boca en boca en la ciudad de 
Tampa. Extranjeros a indgenas se miraban, se interrogaban y se burlaban, no del 
europeo, que era en su concepto un mito, un ente imaginario, un ser quimrico, sino de J. 
T. Maston, que haba podido creer en la existencia de aquel personaje fabuloso. Cuando 
Barbicane propuso enviar un proyectil a la Luna, la empresa pareci a todos natural y 
practicable, y no vieron en ella ms que una simple cuestin de balstica. Pero que un ser 
racional quisiera tomar asiento en el proyectil a intentar aquel viaje inverosmil, era una 
proposicin tan sin pies ni cabeza que no poda dejar de parecer una chanza, una farsa, un 
engao.
Las chanzonetas duraron sin interrupcin hasta la noche, y se puede asegurar que toda 
la Unin prorrumpi en una sola carcajada, to que es poco comn en un pas donde las 
empresas imposibles encuentran fcilmente panegiristas, adeptos y partidarios.
Con todo, la proposicin de Michel Ardan, como todas las ideas nuevas, no dejaba de 
preocupar a ms de cuatro, por to mismo que se apartaba de la corriente de las emociones 
acostumbradas. He aqu -decan- una cosa que no se le haba ocurrido a nadie. Aquel 
incidente fue luego una obsesin por su misma extraeza. Daba en qu pensar. Cuntas 
cosas negadas la vspera han sido una realidad al da siguiente! Por qu un viaje a la 
Luna no se ha de realizar un da a otro? Pero siempre tendremos que el primero que a l 
quiera arriesgarse debe ser un loco de atar, y decididamente, pues que su proyecto no 
puede tomarse en serio, hubiera hecho bien en callarse en lugar de poner en fermentacin 
a una poblacin entera con sus ridculas salidas de tono.
Pero exista realmente aquel personaje? He aqu la primera cuestin. El nombre de 
Michel Ardan no era desconocido en Amrica. Era el nombre de un europeo muchas 
veces citado por sus atrevidas empresas. Adems, aquel telegrama que haba atravesado 
las profundidades del Atlntico, la designacin del buque en que el francs deca haber 
tomado pasaje, la fecha fija de su llegada prxima, eran circunstancias que daban a la 
proposicin ciertos visos de verosimilitud. La empresa requera, sin duda, un valor 
inaudito. Pronto los individuos aislados se agruparon: los grupos se condensaron bajo la 
accin de la curiosidad como en virtud de la atraccin molecular se condensan los 
tomos, y al cabo se form una multitud compacta que se dirigi al domicilio del 
presidente Barbicane.
ste, desde la llegada del telegrama, no haba manifestado acerca de l opinin alguna, 
haba dejado a J. T. Maston descubrir la suya sin aprobar ni desaprobar: se mantena al 
pairo, y se propona aguardar los acontecimientos.
Pero echaba las cuentas sin la huspeda; pues- no contaba con la impaciencia pblica, y 
vio con muy poca satisfaccin a los habitantes de Tampa reunirse bajo sus ventanas. Los 
murmullos, los gritos y las vociferaciones le obligaron a presentarse. Tena todos los 
deberes, y por consiguiente, todas las obligaciones de la celebridad.
Se present, y la multitud guard silencio. Un ciudadano tom la palabra, y dirigi a 
Barbicane la siguiente pregunta:
-El personaje designado en el parte bajo el nombre de Michel Ardan se dirige hacia 
Amrica? S o no?
-Seores -respondi Barbicane-, no s ms que to que saben ustedes.
-Pues es preciso saberlo -gritaron algunos con impaciencia.
-El tiempo nos lo dir -respondi con sequedad el presidente.
-No reconocemos ningn derecho para mantener en un estado de ansiedad penosa a un 
pueblo entero -replic el orador-. Habis modificado los planos del proyectil de 
conformidad con to que dice el zelgrama?
-Todava no, seores; pero tenis razn; es preciso saber a qu atenernos, y el telgrafo, 
que ha causado toda esta conmocin, completar nuestros informes.
-Al telgrafo! Al telgrafo! -exclam la muchedumbre.
Barbicane baj, y, seguido del inmenso gento, se dirigi a las oficinas de la 
administracin.
Pocos minutos despus se envi al sndico de los corredores martimos de Liverpool un 
parte en el que se le hacan las siguientes preguntas:
Qu buque es el Atlanta? Cundo sali de Europa? Llevaba a bordo a un francs 
llamado Michel Ardan?
Dos horas despus Barbicane reciba informes de una precisin tal que no permitan 
abrigar ninguna duda.
El vapor Atlanta, de Liverpool, se hizo a la mar el 2 de octubre con rumbo a Tampa, 
llevando a bordo a un francs que, con el nombre de Michel Ardan, consta en la lista de 
los pasajeros.
Al ver esta confirmacin del telegrama, los ojos del presidente brillaron con una llama 
de satisfaccin, se cerraron fuertemente sus puos y con violencia se le oy murmurar:
-Pues, es cierto! Es, pues, posible! Este francs existe! Y estar aqu dentro de 
quince das! Pero es un loco, y nunca consentir...
Y, sin embargo, aquella misma tarde escribi a la casa Breadwill y Compaa para que 
suspendiese hasta nueva orden la fundicin del proyectil.
Expresar ahora la conmocin que se apoder de toda Amrica, el efecto que produjo la 
comunicacin de Barbicane, to que dijeron los peridicos de la Unin, el asombro que les 
caus la noticia y el entusiasmo con que la acogieron y con que cantaron la llegada de 
aquel hroe del antiguo continente; describir la agitacin febril de cada individuo, que 
vea transcurrir lentamente las horas; dar una idea, aunque imperfecta, de aquella obse-
sin fatigosa de todos los cerebros subordinados a un solo pensamiento; narrar el cese 
completo de toda actividad humana; la paralizacin de la industria y la suspensin del 
comercio para presenciar la llegada del Atlanta; descubrir la animacin de la baha del 
Espritu Santo, incesantemente surcada por vapores, paquebotes, yates de placer, 
fly-boats de todas las dimensiones, enumerar los millares de curiosos que cuadruplicaron 
en quince das la poblacin de Tampa y tuvieron que acampar bajo tiendas como un 
ejrcito en campaa, sera una pretensin temeraria superior a todas las fuerzas de los 
hombres.
El 20 de octubre, a las nueve de la maana, los vigas del canal de Bahama 
distinguieron una densa humareda en el horizonte.
Dos horas despus, un vapor de alto bordo era por ellos reconocido, y el nombre de 
Atlanta fue transmitido a Tampa. A las cuatro, el buque ingls entraba en la baha del 
Espritu Santo. A las cinco, cruzaba a todo vapor la rada de Hillisboro. A las seis 
fondeaba en el puerto de Tampa.
El ncora no haba an mordido el fondo de la arena, cuando quinientas embarcaciones 
rodeaban al Atlanta, y el vapor era tomado por asalto. El primero que pis su cubierta fue 
Barbicane, el cual dijo con una voz cuya emocin quera en vano reprimir:
-Michel Ardan?
-Presente! -respondi determinado individuo encaramado a la toldilla.
Barbicane, con los brazos cruzados, con la mirada interrogante, con los labios 
apretados, mir fijamente al pasajero del Atlanta.
Era ste un hombre de cuarenta y dos aos, alto, pero algo cargado de espaldas, como 
esas caritides que sostienen balcones en sus hombros. Su cabeza enrgica, verdadera 
cabeza de len, sacuda de cuando en cuando una cabellera roja que pareca realmente 
una guedeja. Una cara corta, ancha en las sienes, adornada con unos bigotes erizados 
como los del gato y mechones de pelos amarillentos que salpicaban sus mejillas, ojos 
redondos de los que parta una mirada miope y como extraviada, completaban aquella 
fisonoma eminentemente felina. Pero la nariz era de un dibujo atrevido, la boca perfecta, 
la frente alta, inteligente, y surcada como un campo que no ha estado nunca inculto. Un 
cuerpo bien desarrollado, descansando sobre unas largas piernas, unos brazos 
musculosos, qu eran poderosas y bien apoyadas palancas, y un continente resuelto, 
hacan de aquel europeo un hombre slidamente constituido, que ms pareca forjado 
que fundido, valindonos de una de las expresiones del arte metalrgico.
Los discpulos de Lavater o de Gratiolet hubieran encontrado sin dificultad en el crneo 
y en la fisonoma de aquel personaje los signos indiscutibles de la contabilidad, es decir, 
el valor en el peligro y de la tendencia a sobrepujar los obstculos; los de la benevolencia 
y los de apego a to maravilloso, instinto que induce a ciertos temperamentos a 
apasionarse por las cosas sobrehumanas; pero, en cambio, las protuberancias de la 
adquisibilidad, de la necesidad de poseer y adquirir, faltaban absolutamente.
Para completar el retrato fsico del pasajero del Atlanta, es oportuno decir que sus 
vestidos eran holgados, que no opona el menor obstculo al juego de sus articulaciones, 
siendo su pantaln y su gabn tan sumamente anchos que l mismo se llamaba la muerte 
con capa. Llevaba la corbata en desalio, y su cuello de camisa muy escotado dejaba ver 
un cuello robusto como el de un toro. Sus manos febriles arrancaban de dos mangas de 
camisa que estaban siempre desabrochadas. Bien se conoca que aquel hombre no senta 
nunca el fro, ni en la crudeza del invierno, ni en medio de los peligros.
Iba y vena por la cubierta del vapor, en medio de la multitud que apenas le dejaba 
espacio para moverse, sin poder estar quieto un momento. Pero l derivaba sobre sus 
anclas, como decan los marineros, y gesticulaba y tuteaba a todo el mundo, y se morda 
las uas con una avidez convulsiva.
Era uno de esos tipos originales que el Creador inventa por capricho pasajero, 
rompiendo el molde enseguida.
En efecto, la personalidad moral de Michel Ardan ofreca un campo muy dilatado a la 
investigacin de los observadores analticos. Aquel hombre asombroso viva en una 
perpetua disposicin a la hiprbole y no haba traspasado an la edad de los superlativos. 
En la retina de sus ojos se juntaban los objetos con dimensiones desmedidas, de to que 
resultaba una asociacin de ideas gigantescas. Todo to vea abultadsimo y en grande, a 
excepcin de las dificultades y los hombres, que los vea siempre pequeos.
Estaba dotado de una naturaleza poderosa, exorbitante, superabundante; era artista por 
instinto, muy ingenioso, muy decidor, pero aunque no haca nunca un fuego graneado de 
chistes, el chiste que se permita era siempre una descarga cerrada. En las discusiones se 
cuidaba muy poco de la lgica; rebelde al silogismo, no to hubiera nunca inventado, y 
todas sus salidas eran suyas y solamente suyas. Atropellando por todo y para todo, 
apuntaba en medio del pecho argumentos ad hominem certeros y seguros, y le gustaba 
defender con el pico y con las zarpas las causas desesperadas.
Tena, entre otras manas, la de proclamarse, como Shakespeare, un ignorante sublime 
y haca alarde de despreciar a los sabios. Los sabios -deca- no hacen ms que llevar el 
tanteo mientras nosotros jugamos. Era un bohemio del mundo de las maravillas, que se 
aventuraba mucho sin ser por eso aventurero, una cabeza destornillada, un Faetn que se 
empea en guiar el carro del Sol, un caro con alas de reserva. Por to dems, pagaba con 
su persona, y pagaba bien; se arrojaba, sin cerrar los ojos, a las ms peligrosas empresas; 
quemaba sus naves con-ms decisin que Agatocles; siempre dispuesto a romperse el 
alma o desnucarse, caa invariablemente de pies, como esos monigotes de mdula de 
saco con plomo en la base que sirven de diversin a los nios.
En una palabra, su divisa era: A pesar de todo, y el amor a to imposible, constituan su 
pasin dominante.
Pero aquel hombre emprendedor tena como ningn otro los defectos de sus cualidades. 
Se dice que quien nada arriesga nada tiene. Ardan nada tena y to arriesgaba siempre 
todo. Era un despilfarrador, un tonel de las Danaides. Perfectamente desinteresado, haca 
tan buenas obras como calaveradas; caritativo, cabelleresco y generoso, no hubiera 
firmado la sentencia de muerte de su ms cruel enemigo, y era muy capaz de venderse 
como esclavo para rescatar a un negro.
En Francia, en la Europa entera, todo el mundo conoca a un personaje tan brillante y 
que tanto ruido meta. No hablaban acaso de l incesantemente las cien trompas de la 
fama, puestas todas a su servicio? No viva en una casa de vidrio, tomando el universo 
entero por confidente de sus ms ntimos secretos? Eso no obstante, no le faltaba una 
buena coleccin de enemigos entre los individuos a quienes haba rozado, herido o atro-
pellado ms o menos al abrirse paso con los codos entre la muchedumbre.
Pero generalmnte se le quera bien, y hasta se le mimaba como a un nio. Era, segn la 
expresin popular, un hombre a quien era preciso tomar o dejar, y se le tomaba. Todos 
se interesaban por l en sus atrevidas empresas y le seguan con la mirada inquieta. Era 
audaz con tanta imprudencia! Cuando algn amigo quera detenerle predicindole 
una.prxima catstrofe, le responda, sonrindose amablemente: El bosque no es que-
mado sino por sus propios rboles. Y no saba, al dar esta respuesta, que citaba el ms 
bello de todos los proverbios rabes.
Tal era aquel pasajero del Atlanta, siempre agitado, siempre hirviendo al calor de un 
fuego interior, siempre conmovido, y no por to que pretenda hacer en America, en to 
cual ni siquiera pensaba, sino por efecto de su organizacin calenturienta. Era 
seguramente un contraste, el ms singular, el que ofrecan el francs Michel Ardan y el 
yanqui Barbicane, no obstante ser los dos, cada cual a su manera, emprendedores, 
atrevidos y audaces.
La contemplacin a que se abandonaba el presidente del Gun-Club en presencia de 
aquel rival que acababa de relegarle a un segundo trmino, fue muy pronto interrumpida 
por los hurras y vtores de la muchedumbre. Tan frenticos fueron los gritos, y el 
entusiasmo tom formas tan personales, que Michel Ardan, despus de haber apretado 
millares de manos, en las que estuvo expuesto a dejar sus dedos, tuvo que buscar refugio 
en el fondo de su camarote.
Barbicane le sigui sin haber pronunciado una palabra.
-Sois vos Barbicane? -le pregunt Michel Ardan, cuando estuvieron solos los dos, con 
un tono como si hubiese hablado a un amigo de veinte aos.
-S -respondi el presidente del Gun-Club.
-Pues bien, os saludo, Barbicane. Cmo estis? Muy bien? Me alegro! Me alegro!
-As pues -dijo Barbicane entrando en materia, sin prembulos-. Estis decidido a 
partir?
-Absolutamente decidido.
-Nada os detendr?
-Nada. Habis modificado el proyectil como os indicaba en mi telegrama?
-Aguardaba vuestra llegada. Pero -pregunt Barbicane con insistencia- lo habis 
pensado detenidamente?
-Reflexionado! Tengo acaso tiempo que perder? Se me presenta la ocasin de it a dar 
una vuelta por la Luna, y la aprovecho; he aqu todo. No creo que la cosa merezca tantas 
reflexiones.
Barbicane devoraba con la vista a aquel hombre que hablaba de su proyecto de viaje 
con una ligereza y un desdn tan completo y sin la ms mnima inquietud ni zozobra.
-Pero, al menos -le dijo-, tendris un plan, tendris medios de ejecucin.
-Excelentes, amigo Barbicane. Pero permitidme haceros una observacin; me gusta 
contar mi historia de una sola vez a todo el mundo, y luego no cuidarme ms de ella. As 
se evitan repeticiones, y, por consiguiente, salvo mejor parecer, convocad a vuestros 
amigos, a vuestros colegas, a la ciudad entera, a toda Florida, a todos los americanos, si 
queris, y maana estar dispuesto a exponer mis medios y a responder a todas las 
objeciones, cualesquiera que sean. Tranquilizaos, los aguardar a pie firme. Os parece 
bien?
-Muy bien -respondi Barbicane.
Y sali del camarote para participar a la multitud la proposicin de Michel Ardan. Sus 
palabras fueron acogidas con palabras y gritos de alegra, porque la proposicin allanaba 
todas las dificultades. Al da siguiente, todos podran contemplar a su gusto al hroe 
europeo. Sin embargo, algunos de los ms obstinados espectadores no quisieron dejar la 
cubierta del Atlanta, y pasaron la noche a bordo. J. T. Maston, entre otros, haba clavado 
su mano postiza en un ngulo de la toldilla, y se hubiera necesitado un cabrestante para 
arrancarlo de su sitio.
-Es un hroe! Un hroe! -exclamaba en todos los tonos-. Y comparados con l, con 
ese europeo, nosotros no somos ms que unos muecos!
En cuanto al presidente, despus de suplicar a los espectadores que se retiraran, entr 
en el camarote del pasajero y no se separ de l hasta que la campana del vapor seal la 
hora del relevo de la guardia de medianoche.
Pero entonces los dos rivales en popularidad se apretaron muy amistosamente la mano, 
y ya Michel Ardan tuteaba al presidente Barbicane.

XIX
Un mitin
A1 da siguiente, el astro diurno se levant mucho ms tarde de to que deseaba la 
impaciencia pblica. Un sol destinado a alumbrar semejante fiesta no deba ser tan 
perezoso. Barbicane, temiendo por Michel Ardan las preguntas indiscretas, hubiera 
querido reducir el auditorio a un pequeo nmero de adeptos, a sus colegas, por ejemplo. 
Pero ms fcil le hubiera sido detener el Nigara con un dique. Tuvo, pues, que renunciar 
a sus proyectos de proteccin y dejar correr a su nuevo amigo los peligros de una 
conferencia pblica.
El nuevo saln de la bolsa de Tampa, no obstante sus colosales dimensiones, fue 
considerado insuficiente para el acto, porque la reunin proyectada tomaba todas las 
proporciones de un verdadero mitin.
El sitio escogido fue una inmensa llanura situada fuera de la ciudad. Pocas horas 
bastaron para ponerlo a cubierto de los rayos del sol. Los buques del puerto, que tenan de 
sobra velas, jarcias, palos de reserva y vergas, suministraron los accesorios necesarios 
para la construccin de una tienda gigantesca. Un inmenso techo de lona se extendi muy 
pronto sobre la calcinada pradera y la defendi de los ardores del da. Trescientas mil 
personas pudieron colocarse en el local y desafiaron durante algunas horas una 
temperatura sofocante, aguardando la llegada del francs. Una tercera parte de aquellos 
espectadores poda ver y or, otra tercera parte vea mal y no oa nada, y la otra restante ni 
oa ni vea, to que, sin embargo, no impidi que fuese la ms prdiga en aplausos.
A las tres apareci Michel Ardan, acompaado de los principales miembros del 
Gun-Club. Daba el brazo derecho al presidente Barbicane, y el izquierdo a J. T. Maston, 
ms radiante que el sol del medioda y casi tan rutilante como l.
Ardan subi a un estrado, desde el cual paseaba sus miradas por un ocano de 
sombreros negros. No pareca turbado, ni manifestaba el menor embarazo; estaba a11 
como en su casa, jovial, familiar, amable. Respondi con un gracioso saludo a los hurras 
con que le acogieron; reclam silencio con un ademn; tom la palabra en ingls, y se 
expres muy correctamente en los siguientes trminos:
-Seores -dijo-, a pesar del calor que hace aqu dentro, voy a abusar de vuestro tiempo 
para daros algunas explicaciones acerca de proyectos que parece que os interesan. Yo no 
soy un orador, ni un sabio, ni crea tener que hablar en pblico; pero mi amigo Barbicane 
me ha dicho que os gustara orme, y cedo a sus splicas. Odme, pues, con vuestros 
seiscientos mil odos, y perdonad las muchas faltas del autor.
Este exordio, tan a la buena de Dios, gust mucho a los concurrentes, y to demostraron 
con un inmenso murmullo de satisfaccin.
-Seores -dijo-, podis aprobar o desaprobar, segn mejor os parezca, y empiezo. En 
primer lugar no olvidis que el que os habla es un ignorante, pero de una ignorancia tal, 
que hasta ignora las dificultades. As es que, eso de irse a la Luna metido en un proyectil, 
le ha parecido la cosa ms sencilla, ms fcil y ms natural del mundo. Tarde o temprano 
haba de emprenderse este viaje, y en cuanto al gnero de locomocin adoptado, no hago 
ms que seguir sencillamente la ley del progreso. El hombre empez por andar a gatas, 
luego utiliz los pies, enseguida viaj en carro, despus en coche, ms adelante en barco, 
posteriormente en diligencia, y, por ltimo, en ferrocarril. Pues bien, el proyectil es el 
medio de locomocin del porvenir, y todo bien considerado, los planetas no son otra 
cosa, no son ms que balas de can disparadas por la mano del Creador. Pero volvamos 
a nuestro vehculo. Algunos de vosotros, seores, creis que la velocidad que se le va a 
dar es excesiva. Los que as opinan estn en un error. Todos los astros le exceden en 
rapidez, y la Tierra misma, en su movimiento de traslacin alrededor del Sol, nos arrastra 
a una velocidad tres veces mayor. Pondr algunos ejemplos, y slo os pido que me 
permitis contar por leguas, porque las medidas americanas me son poco familiares, y 
podra incurrir en algn error en mis clculos.
La demanda pareci muy justa y no tropez con ninguna dificultad. El orador 
prosigui:
-Voy, seores, a ocuparme de la velocidad de diferentes planetas. Confieso, aunque 
parezca falta de modestia, que, no obstante mi ignorancia, conozco muy bien este 
insignificante pormenor astronmico; pero antes de dos minutos sabris todos acerca del 
particular tanto como yo. Sabed, pues, que Neptuno recorre 5.000 leguas por hora; Urano, 
7.000; Saturno, 8.858; Jpiter, 11.575; Marte, 22.011; la Tierra, 27.500; Venus, 32.190; 
Mercurio, 52.250; ciertos cometas 1.400.000 leguas en su perigeo. En cuanto a nosotros, 
verdaderos haraganes, que tenemos siempre poca prisa, nuestra velocidad no pasa de 
9.900 leguas, y disminuir incesantemente. Y ahora pregunto si no es evidente que todas 
esas velocidades sern algn da sobrepasadas por otras, de las cuales sern 
probablemente la luz y la electricidad los agentes mecnicos.
Nadie puso en duda esta afirmacin de Michel Ardan.
-Amados oyentes mos -prosigui-, si nos dejsemos convencer por ciertos talentos 
limitados (no quiero calificarlos de otra manera), la humanidad estara encerrada en un 
crculo de Pompilio del que no podra salir, y quedara condenado a vegetar en este globo 
sin poder lanzarse nunca a los espacios planetarios. No ser as. Se va a ir a la Luna, se 
ir a los planetas, se ir a las estrellas, como se va actualmente de Liverpool a Nueva 
York, fcilmente, rpidamente, seguramente, y el ocano atmosfrico se atravesar como 
se atraviesan los ocanos de la Tierra. La distancia no es ms que una palabra relativa, y 
acabar forzosamente por reducirse a cero.
La asamblea, aunque muy predispuesta en favor del francs, qued como atnita ante 
tan atrevida teora.
Michel Ardan to comprendi.
-No os he convencido, insignes oyentes -aadi sonrindose afablemente-. Vamos, 
pues, a razonar. Sabis cunto tiempo necesitara un tren directo para llegar a la Luna? 
No ms que 300 das. Un trayecto de ochenta mil cuatrocientas leguas. Vaya una gran 
cosa! No llega al que se tendra que recorrer para dar nueve veces la vuelta alrededor de 
la Tierra y no hay marinero ni viajero un poco diligente que no haya andado ms durante 
su vida. Haceos cargo de que yo no gastar en la travesa ms que noventa y siete horas. 
Pero vosotros os figuris que la Luna est muy lejos de la Tierra, y que antes de 
emprender un viaje para it a ella se necesita meditarlo mucho! Qu dirais, pues, si se 
tratase de it a Neptuno, que gravita del Sol a mil ciento cuarenta y siete millones de 
leguas? He aqu un viaje que, unque no costase ms que a cinco cntimos por kilmetro, 
podran emprender muy pocos. El mismo barn de Rothschild, con sus inmensos tesoros, 
no tendra para pagar el pasaje, y tendra que quedarse en casa por faltarle ciento cuarenta 
y siete millones.
Esta lgica sui generis gust mucho a la asamblea, tanto ms cuanto que Michel Ardan, 
muy enterado del asunto, to trataba con un entusiasmo soberbio. No pudiendo dudar de la 
avidez con que se recogan sus palabras, prosigui con admirable aplomo:
-Y ahora os dir, mis buenos amigos, que la distancia que separa a Neptuno del Sol es 
muy poca cosa comparada con la de las estrellas. Para evaluar la distancia de estos astros, 
es menester valerse de esa enumeracin fascinadora en que la cantidad ms pequea 
consta de nueve guarismos, y tomar por unidad el milln de millones. Perdonadme si me 
detengo tanto en este asunto, que es para m de un inters capitalsimo. Od y juzgad: la 
estrella Alfa, que pertenece a la constelacin del Centauro, se halla a ocho mil millares de 
millones de leguas, a cincuenta mil millares de millones se halla Vega, a cincuenta mil 
millares de millones, Sirio, a cincuenta y dos mil millares de millones, Arturo, a ciento 
diecisiete millares de millones la Estrella Polar, a ciento setenta millares de millones 
Cabra, y las dems estrellas a billones y a centenares de billones de leguas. Y hay quien 
se ocupa de la distancia que separa a los planetas del Sol! Y hay quien sostiene que esta 
distancia es tremenda! Error! Mentira! Aberracin de los sentidos! Sabis to que yo 
opino acerca del mundo, que empieza en el Sol y concluye en Neptuno? Queris mi 
teora? Es muy sencilla. Para m el mundo solar es un cuerpo slido, homogneo; los pla-
netas que to componen se acercan, se tocan, se adhieren, y el espacio que queda entre 
ellos no es ms que el espacio que separa las molculas del metal ms compacto, plata o 
hierro, oro o platino. Estoy, pues, en mi derecho afirmando y repitiendo con una 
conviccin de que participaris todos: la distancia es una palabra hueca, la distancia, 
como hecho concreto, como realidad, no existe.
-Muy bien dicho! Bravo! Hurra! -exclam unnimemente la asamblea, electrizada 
por el gesto y el acento del orador y por el atrevimiento de sus concepciones.
-No! -exclam J. T. Maston, con ms energa que los otros-. La distancia no existe! 
La distancia no existe!
Y arrastrado por la violencia de sus movimientos y por el empuje de su cuerpo, que casi 
no pudo dominar, estuvo en un tris de caer al suelo desde el estrado. Pero consigui 
restablecer su equilibrio, y evit una cada, que le hubiera brutalmente probado que la 
distancia no es una palabra vaca de sentido. Luego, el entusiasta orador prosigui:
-Amigos mos -dijo-, me parece que la cuestin queda resuelta. Si no he logrado 
convenceros a todos, se debe a que he sido tmido en mis demostraciones, dbil en mis 
argumentos: y echad la culpa a la insuficiencia de mis estudios tericos. Como quiera que 
sea, os to repito, la distancia de la Tierra a su satlite es, en realidad, poco importante y 
no merece preocupar a un pensador grave y concienzudo. No creo, pues, avanzar 
demasiado diciendo que se establecern prximamente trenes de proyectiles, en los que 
se har con toda comodidad el viaje de la Tierra a la Luna. No habr que temer choques, 
sacudidas ni descarrilamientos, y llegaremos rpidamente al trmino, sin fatiga, en lnea 
recta; y antes de veinte aos la mitad de la Tierra habr visitado la Luna.
-Hurra por Michel Ardan! -exclamaron todos los concurrentes, hasta los menos 
convencidos.
-Hurra por Barbicane! -respondi modestamente el orador.
Este sencillo acto de reconocimiento hacia el promotor de la empresa fue acogido con 
unnimes y calurosos aplausos.
-Ahora, amigos mos -aadi Michel Ardan-, si tenis que dirigirme alguna pregunta, 
pondris evidentemente en un apuro a un pobre hombre como yo, pero, no obstante, 
procurar responderos.
Motivos tena el presidente del Gun-Club para estar satisfecho del giro que tomaba la 
discusin. Versaba sobre teoras especulativas, en las que Michel Ardan, en alas de su 
viva imaginacin, volaba muy alto. Era, pues, preciso impedir que la cuestin 
descendiera del terreno de la especulacin al de la prctica, del cual no era fcil salir bien 
librado. Barbicane se apresur a tomar la palabra, y pregunt a su nuevo amigo si era de 
la opinin de que la Luna o los planetas estuviesen habitados.
-Gran problema me planteas, mi amigo presidente -replic el orador sonriendo-; sin 
embargo, hombres de muy poderosa inteligencia, Plutarco, Swedenborg, Bernardino de 
Saint Pierre y otros muchos, se han pronunciado por la afirmativa. Considerando la 
cuestin bajo el punto de vista de la filosofa natural, me inclino a opinar como ellos, 
porque en el mundo no existe nada intil, y contestando, amigo Barbicane, a to cuestin 
con otra, afirmo que si los mundos son habitables, estn habitados, o to han estado o to 
estarn.
-Muy bien! -exclamaron los espectadores de las primeras filas, que imponan su 
opinin a los de las ltimas.
-Es imposible responder con ms lgica y acierto -dijo el presidente del Gun-Club-. La 
cuestin queda reducida a los siguientes trminos: Los mundos son habitables? Yo creo 
que to son.
-Y yo estoy seguro de ello -respondi Michel Ardan.
-Sin embargo -replic uno de los concurrentes-, hay argumentos contra la habitabilidad 
de los mundos. En la mayor parte de ellos sera absolutamente indispensable que los 
principios de la vida se modificasen, pues, sin hablar ms que de los planetas, es evidente 
que en algunos de ellos el que los habitase se abrasara y se helara en otros, segn su 
mayor o menor distancia del Sol.
-Siento -respondi Michel Ardan- no conocer personalmente a mi distinguido 
antagonista para poder contestarle. Su objecin no carece de fuerza, pero creo que se la 
puede combatir victoriosamente, como se pueden combatir todas las teoras fundadas en 
la habitabilidad de los mundos.. Si yo fuese fsico, dira que, si bien es verdad que hay 
menos calrico en movimiento en los planetas prximos al Sol, y ms calrico en mo-
vimiento en los que de l estn lejos, este simple fenmeno basta para equilibrar el calor 
y volver la temperatura de dichos mundos soportable a seres que estn organizados como 
nosotros. Si fuese naturalista, le dira, de acuerdo con muchos ilustres sabios, que la natu-
raleza nos suministra en la Tierra ejemplos de animales que viven en distintas 
condiciones de habitabilidad; unos peces respiran en un medio que es mortal para los 
dems animales; que algunos habitantes de los mares se mantienen debajo de capas de 
una gran profundidad, soportando, sin ser aplastados, presiones de cincuenta o sesenta 
atmsferas; le dira que algunos insectos acuticos,,insensibles a la temperatura, se 
encuentran a la vez en los manantiales de agua hirviendo y en las heladas llanuras del 
ocano polar; le dira, por ltimo, que es preciso reconocer en la naturaleza una 
diversidad de medios de accin, que no deja de ser real aun siendo incomprensible, a to 
menos para nosotros. Si yo fuese qumico le dira que los aerolitos, cuerpos evidente-
mente formados fuera del mundo terrestre, han revelado al anlisis indiscutibles vestigios 
de carbono, el cual no debe su origen ms que a seres organizados, y, segn los 
experimentos de Reichenbach, ha tenido necesariamente que ser animalizado. En fin, si 
fuese telogo, le dira que, segn san Pablo, la Redencin divina no se aplica 
exclusivamente a la Tierra, sino que comprende a todos los mundos celestes. Pero yo no 
soy telogo, ni qumico, ni naturalista, ni fsico, y como ignoro completamente las 
grandes leyes que rigen el universo, me limito a responder: No s si los mundos estn 
habitados; y como no to s, voy a verlos.
Aventur el adversario de las teoras de Michel Ardan algn otro argumento? Es 
imposible decirlo, porque los gritos frenticos de la muchedumbre hubieran impedido 
manifestarse a todas las opiniones. Cuando se hubo restablecido el silencio hasta en los 
grupos ms lejanos, el orador victorioso se content con aadir las siguientes 
consideraciones:
-Ya veis, valerosos yanquis, que yo no he hecho ms que desflorar una cuestin de 
tanta trascendencia. No he venido aqu a dar lecciones, ni a sostener una tesis sobre tan 
vasto objeto. Omito otros varios argumentos en pro de la habitabilidad de los mundos. 
Permitidme, no obstante, insistir en un solo punto. A los que sostienen que los planetas 
no estn habitados, es preciso responderles: Es posible que tengis razn, si se demuestra 
que la Tierra es el mejor de los mundos posibles, to que no est demostrado, diga Voltaire 
to que quiera. Ella no tiene ms que un satlite, al paso que Jpiter, Urano, Saturno y 
Neptuno tienen varios que les estn subordinados, to que constituye una ventaja que no es 
despreciable. Pero to que principalmente hace nuestro globo poco cmodo, es la 
inclinacin de su eje sobre su rbita, de to que procede la desigualdad de los das, y las 
noches y la molesta diversidad de estaciones. En nuestro desventurado esferoide hace 
siempre demasiado calor o demasiado fro: en l nos helamos en invierno y nos 
abrasamos en verano, es el planeta de los reumatismos, de los resfriados y de las 
fluxiones, al paso que en la superficie de Jpiter, por ejemplo, cuyo eje est muy poco 
inclinado,(1) los habitantes podran gozar de temperaturas invariables, pues si bien hay 
a11 la zona de las primaveras, la de los veranos, la de los otoos y la de los inviernos, 
cada uno podra escoger el clima que ms le conviniese y ponerse durante toda su vida al 
abrigo de las variaciones de la temperatura. No tendris ningn inconveniente en 
convenir conmigo en esta superioridad de Jpiter sobre nuestro planeta, sin hablar de sus 
aos, de los cuales cada uno vale por doce de los nuestros. Es, adems, evidente para m 
que, bajo estos auspicios y en condiciones de existencia tan maravillosas, los habitantes 
de aquel mundo afortunado son seres superiores, que en l los sabios son ms sabios, los 
artistas ms artistas, los malos menos malos y los buenos mucho mejores. Ay! Qu le 
falta a nuestro esferoide para alcanzar esta perfeccin? Muy poca cosa, un eje de rotacin 
menos inclinado sobre el plano de su rbita.
1. La inclinacin de Jpiter sobre su eje no es ms que de 3 5'

-Nada ms? -exclam una voz imperiosa-. Pues unamos nuestros esfuerzos, 
inventemos mquinas y enderecemos el eje de la Tierra.
Una salva de aplausos sucedi a esta proposicin, cuyo autor era y no poda ser ms 
que J. T. Maston. Es probable que el fogoso secretario hubiese sido arrastrado a tan 
atrevida proposicin por sus instintos de ingeniero. Pero, a decir verdad, muchos le 
aplaudieron de buena fe, y si hubieran tenido el punto de apoyo reclamado por 
Arqumedes, los americanos hubieran construido una palanca capaz de levantar el mundo 
y enderezar su eje. El punto de apoyo! He aqu to nico que faltaba a aquellos temerarios 
mecnicos.
Con todo, una idea tan eminentemente prctica alcanz un xito extraordinario. Se 
suspendi la discusin por espacio de un cuarto de hora, y durante mucho, muchsimo 
tiempo, se habl en los Estados Unidos de Amrica de la proposicin tan enrgicamente 
formulada por el secretario perpetuo del Gun-Club.

XX
Ataque y respuesta
Pareca que este incidente deba terminar la discusin. Era la ltima palabra, y 
difcilmente se hubiese encontrado otra mejor. Sin embargo, cuando se hubo calmado la 
agitacin, oyronse las siguientes frases pronunciadas con voz fuerte y sonora:
-Ahora que el orador ha pagado a la fantasa el debido tributo, querr entrar en materia 
y, sin teorizar tanto, discutir la parte prctica de su expedicin?
Todas las miradas se dirigieron hacia el personaje que de este modo hablaba. Era un 
hombre flaco, enjuto de carnes, de semblante enrgico, con una enorme perilla a la 
americana que subrayaba todos los movimientos de su boca. Aprovechando hbilmente la 
agitacin que de cuando en cuando se haba producido en la asamblea, consigui poco a 
poco colocarse en primera fila. Con los brazos cruzados y los ojos brillantes y atrevidos, 
miraba imperturbablemente al hroe del mitin. Despus de haber formulado su pregunta, 
call, sin hacer ningn caso de millares de miradas que convergan en l ni de los mur-
mullos de desaprobacin que provocaron sus palabras. Hacindose aguardar la respuesta, 
sent de nuevo la cuestin con el mismo acento claro y preciso, y luego aadi:
-Estamos aqu para ocuparnos de la Luna y no de la Tierra.
-Tenis razn, caballero -respondi Michel-. La discusin se ha extraviado. Volvamos a 
la Luna.
-Caballero -repuso el desconocido-, estis empeado en que se halla habitado nuestro 
satlite. De acuerdo. Pero si existen selenitas, es seguro que stos viven sin respirar, 
porque, por vuestro inters os to digo, no hay en la superficie de la Luna la menor 
molcula de aire.
A1 or esta afirmacin, levant Ardan su melenuda cabeza, comprendiendo que con 
aquel hombre se iba a empear una lucha sobre to ms capital de la cuestin.
-Conque no hay aire en la Luna? Y quin to dice? -pregunt, mirndolo fijamente.
-Los sabios.
-De veras?
-De veras.
-Caballero -replic Michel-,.lo digo seriamente: profeso la mayor estimacin a los 
sabios que saben, pero los sabios que no saben me inspiran un desdn profundo.
-Conocis a alguno que pertenezca a esta ltima categora?
-Alguno conozco. En Francia hay uno de ellos que sostiene que matemticamente el 
pjaro no puede volar, y otro cuyas teoras demuestran que el pez no est organizado para 
vivir en el agua.
-No se trata de esos sabios, y los nombres que yo podra citar en apoyo de mi 
proposicin no seran rehusados por vos, caballero.
-Entonces pondrais en grave apuro a un pobre ignorante como yo, que, por otra parte, 
no desea ms que instruirse.
-Por qu, pues, os ocupis de cuestiones cientficas si no las habis estudiado? 
-pregunt el desconocido bastante brutalmente.
-Por qu? -respondi Ardan-. Por la misma razn que es siempre intrpido el que no 
sospecha el peligro. Yo no s nada, es verdad, pero precisamente es mi debilidad la que 
forma mi fuerza.
-Vuestra debilidad va hasta la locura -exclam el desconocido, con un tono bastante 
agrio.
-Tanto mejor -respondi el francs-, si mi locura me lleva a la Luna!
Barbicane y sus colegas devoraban con la mirada a aquel intruso que acababa tan 
audazmente de colocarse como un obstculo delante de la empresa. Nadie to conoca, y el 
presidente, que no las tena todas consigo respecto a las consecuencias de una discusin 
tan francamente empleada, miraba con cierto recelo a su nuevo amigo. La asamblea 
estaba atenta y algo inquieta, porque aquella polmica daba por resultado llamar la 
atencin sobre los peligros o imposibilidades de la expedicin.
-Las razones que prueban la falta de toda atmsfera alrededor de la Luna son 
numerosas y concluyentes -respondi el adversario de Michel Ardan-. Me atrevo a decir 
a priori que, en el caso de haber existido alguna vez esta atmsfera, la Tierra la habra 
arrebatado a su satlite. Pero prefiero oponer hechos irrecusables.
-Oponed cuantos hechos queris -respondi Michel Ardan con perfecta galantera.
-Ya sabis -dijo el desconocido- que cuando los rayos luminosos atraviesan un medio 
tal como el aire, se desvan de la lnea recta, o, to que es to mismo, experimentan una 
refraccin. Pues bien, los rayos de las estrellas que la Luna oculta, al pasar rasando el 
borde del disco lunar, no experimentan desviacin alguna, ni dan el menor indicio de 
refraccin. Es, pues, evidente que no se halla la Luna envuelta en una atmsfera.
Todos miraron a Ardan con cierta ansiedad y hasta con cierta lstima, como si 
previesen su derrota, pues, en realidad, siendo cierto el hecho que la observacin reve-
laba, la consecuencia que de l deduca el desconocido era rigurosamente lgica.
-He aqu -respondi Michel Ardan- vuestro mejor, por no decir vuestro nico, 
argumento valedero, con el cual hubierais puesto en un brete al sabio obligado a 
contestaros; pero yo me limitar a deciros que vuestro argumento no tiene un valor 
absoluto, porque supone que el dimetro angular de la Luna est perfectamente 
determinado, to que no es exacto. Pero dejando a un lado vuestro argumento, decidme si 
admits la existencia de volcanes en la superficie de la Luna.
-De volcanes apagados, s; de volcanes encendidos, no.
-Dejadme, no obstante, creer, sin traspasar los lmites de la lgica, que los tales 
volcanes estuvieron en actividad durante algn tiempo.
-Es cierto, pero como podan suministrar ellos mismos el oxgeno necesario para la 
combustin, el hecho de su erupcin no prueba en manera alguna la presencia de una 
atmsfera lunar.
-Adelante -respondi Michel Ardan-, y dejemos a un lado esta clase de argumentos 
para llegar a observaciones directas. Pero os prevengo que voy a citar nombres propios.
-Citadlos.
-En 1815, los astrnomos Louville y Halley, observando el eclipse del 3 de mayo, 
notaron en la Luna ciertos fulgores de una naturaleza extraa, frecuentemente repetidos. 
Los atribuyeron a tempestades que se desencadenan en la atmsfera que envuelve a veces 
la Luna.
-En 1815 -replic el desconocido-, los astrnomos Louville y Halley tomaron por 
fenmenos lunares fenmenos puramente terrestres, tales como blidos, aerolitos a otros, 
que se producan en nuestra atmsfera. He aqu to que respondieron los sabios al anuncio 
del citado fenmeno, y to mismo respondo yo, ni ms ni menos.
-Quiero suponer que tenis razn -respondi Ardan, sin que la contestacin de su 
adversario le hiciese la menor mella-. No observ Herschel, en 1787, un gran nmero de 
puntos luminosos en la superficie de la Luna?
-Es verdad, pero sin explicarse su origen. l mismo no dedujo de su aparicin la 
necesidad de una atmsfera lunar.
-Bien respondido -dijo Michel Ardan, cumplimentando a su antagonista-; veo que estis 
muy fuerte en selenografa.
-Muy fuerte, caballero, y aadir que los seores Beer y Moedler, que son los ms 
hbiles observadores, los que mejor han estudiado el astro de la noche, estn de acuerdo 
sobre la falta absoluta de aire en su superficie.
Se produjo cierta sensacin en el auditorio, al cual empezaban a convencer los 
argumentos del personaje desconocido.
-Adelante -respondi Michel Ardan con la mayor calma-, y llegamos ahora a un hecho 
importante. El seor Laussedat, hbil astrnomo francs, observando el eclipse del 18 de 
junio de 1860, comprob que los extremos del creciente solar estaban redondeados y 
truncados. Este fenmeno no pudo ser producido ms que por una desviacin de los rayos 
del Sol al atravesar la atmsfera de la Luna, sin que haya otra explicacin posible.
-Pero el hecho es cierto? -pregunt con viveza el desconocido.
-Absolutamente cierto.
Un movimiento inverso al que haba experimentado la asamblea poco antes se tradujo 
en rumores de aprobacin a su hroe favorito, cuyo adversario guard silencio. Ardan 
repiti la frase, y, sin envanecerse por la ventaja que acababa de obtener, dijo 
sencillamente:
-Ya veis, pues, mi querido caballero, que no conviene pronunciarse de una manera 
absoluta contra la existencia de una atmsfera en la superficie de la Luna. Esta atmsfera 
es probablemente muy poco densa, bastante sutil, pero la ciencia en la actualidad admite 
generalmente su existencia.
-No en las montaas, por ms que to sintis -respondi el desconocido, que no quera 
dar su brazo a torcer.
-Pero s en el fondo de los valles, y no elevndose ms a11 de algunos centenares de 
pies.
-Aunque as fuese, harais bien en tomar vuestras precauciones, porque el tal aire estar 
terriblemente enrarecido.
-Oh! Caballero, siempre habr el suficiente para un hombre solo, y adems, una vez 
a11, procurar economizarlo todo to que pueda y no respirar sino en las grandes 
ocasiones.
Una estrepitosa carcajada retumb en los odos del misterioso interlocutor, el cual 
pase sus miradas por la asamblea desafindola con orgullo.
-Ahora bien -repuso Michel Ardan con cierta indiferencia-, puesto que estamos de 
acuerdo sobre la existencia de una atmsfera lunar, tenemos tambin que admitir la 
presencia de cierta cantidad de agua. sta es una consecuencia que me alegro de poder 
sacar por la cuenta que me tiene. Permitidme, adems, mi amable contradictor, someter 
una observacin a vuestro ilustrado criterio. Nosotros no conocemos ms que una cara de 
la Luna, y aunque haya poco aire en el lado que nos mira, es posible que haya mucho en 
el opuesto.
-Por qu razn?
-Porque la Luna, bajo la accin de la atraccin terrestre, ha tomado la forma de un 
huevo, que vemos por su extremo ms pequeo. De aqu ha deducido Hansteen, cuyos 
clculos son siempre de trascendencia, que el centro de gravedad de la Luna est situado 
en el otro hemisferio, y, por consiguiente, todas las masas de aire y agua han debido de 
ser arrastradas al otro extremo de nuestro satlite desde los primeros das de su creacin.
-Paradojas! -exclam el desconocido.
-No! Teoras que se apoyan en las leyes de la mecnica; y que me parecen difciles de 
refutar. Apelo al buen juicio de esta asamblea, y pido que ella diga si la vida, tal como 
existe en la Tierra, es o no posible en la superficie de la Luna. Deseo que se vote esta 
proposicin.
La proposicin obtuvo los aplausos unnimes de trescientos mil oyentes.
El adversario de Michel Ardan quera replicar, pero no pudo hacerse or. Caa sobre l 
una granizada de gritos y amenazas.
-Basta! Basta! -decan unos.
-Fuera el intruso! -repetan otros.
-Fuera! Fuera! -exclamaba la irritada muchedumbre. Pero l, firme, agarrado al 
estrado, dejaba pasar sin moverse la tempestad, la cual hubiese tomado proporciones 
formidables, si Michel Ardan no la hubiese apaciguado con un ademn. Era de un 
carcter demasiado caballeroso para abandonar a su contradictor en el apuro en que le 
vea.
-Deseis aadir algunas palabras? -le pregunt con la mayor cortesa.
-S! Ciento! Mil! -respondi el desconocido, con arrebato-. Pero, no, me basta una 
sola. Para perseverar en vuestro proyecto, es preciso que seis...
-Imprudente? Cmo podis tratarme as, sabiendo que he pedido una bala 
cilndrico-cnica a mi amigo Barbicane, para no dar por el camino vueltas y revueltas 
como una ardilla?
-Desgraciado! Al salir del can, la repercusin os har pedazos!
-Mi querido colega, acabis de poner el dedo en la llaga, en la verdadera y nica 
dificultad por ahora; pero la buena opinion que tengo formada del genio industrial de los 
americanos me permite creer que llegar a resolverse...
-Y el calor desarrollado por la velocidad del proyectil al atravesar las capas del aire?
-Oh! Sus paredes son gruesas, y cruzar con tanta rapidez la atmsfera!
-Y vveres? Y agua?
-He calculado que podra llevar vveres y agua para un ao -respondi Ardan-, y la 
travesa durar cuatro das.
-Y aire para respirar durante el viaje?
-Lo har artificialmente por procedimientos qumicos bien conocidos.
-Pero y vuestra cada en la Luna, suponiendo que Ileguis a ella?
-Ser seis veces menos rpida que una cada en la Tierra, porque el peso es seis veces 
menor en la superficie de la Luna.
-Pero aun as, ser suficiente para romperos como un pedazo de vidrio!
-Y quin me impedir retardar mi cada por medio de cohetes convenientemente 
dispuestos y disparados en ocasin oportuna?
-Por ltimo, aun suponiendo que se hayan resuelto todas las dificultades, que se hayan 
allanado todos los obstculos, que se hayan reunido a favor vuestro todas las 
probabilidades, aun admitiendo que lleguis sano y salvo a la Luna, cmo volveris?
-No volver!
A esta respuesta, sublime por su sencillez, la asamblea qued muda. Pero su silencio 
fue ms elocuente que todos los gritos de entusiasmo. El desconocido se aprovech de l 
para protestar por ltima vez.
-Os mataris infaliblemente -exclam-, y vuestra muerte, que no ser ms que la muerte 
de un insensato, ni siquiera servir de algo a la ciencia!
-Proseguid, mi generoso desconocido, porque, la verdad, vuestros pronsticos son muy 
agradables!
-Ah! Eso es demasiado! -exclam el adversario de Michel Ardan-. Y no s por qu 
pierdo el tiempo en una discusin tan poco formal! No desistis de vuestra loca empresa! 
No es vuestra la culpa!
-Oh! No salgis de vuestras casillas!
-No! Sobre otro pesar la responsabilidad de vuestros actos.
-Sobre quin? -pregunt Michel Ardan con voz imperiosa-. Sobre quin? Decidlo.
-Sobre el ignorante que ha organizado esta tentativa tan imposible como ridcula.
El ataque era directo. Barbicane, desde la intervencin del desconocido, tuvo que 
esforzarse mucho para contenerse y conservar su sangre fra; pero vindose ultrajado de 
una manera tan terrible, se levant precipitadamente, y ya marchaba hacia su adversario, 
quien le miraba frente a frente y le aguardaba con la mayor serenidad, cuando se vio 
sbitamente separado de l.
De pronto, cien brazos vigorosos levantaron en alto el estrado, y el presidente del 
Gun-Club tuvo que compartir con Michel Ardan los honores del triunfo. La carga era 
pesada, pero los que la llevaban se iban relevando sin cesar, luchando todos con el mayor 
encarnizamiento unos contra otros para prestar a aquella manifestacin el apoyo de sus 
hombros.
Sin embargo, el desconocido no se haba aprovechado del tumulto para dejar su puesto. 
Pero acaso, aunque hubiese querido, hubiera podido evadirse en medio de aquella 
compacta muchedumbre? Lo cierto es que no pens en escurrirse, pues se mantena en 
primera fila, con los brazos cruzados, y miraba a Barbicane como si quisiera comrselo.
Tampoco Barbicane le perda de vista, y las miradas de aquellos dos hombres se 
cruzaban como dos espadas diestramente esgrimidas.
Los gritos de la muchedumbre duraron tanto como la marcha triunfal. Michel Ardan se 
dejaba llevar con un placer evidente. Su rostro estaba radiante. De cuando en cuando 
pareca que el estrado se balanceaba como un buque azotado por las olas. Pero los hroes 
de la fiesta, acostumbrados a navegar, no se mareaban, y su buque lleg sin ninguna 
avera al puerto de Tampa.-
Michel Ardan pudo afortunadamente ponerse a salvo de los abrazos y apretones de 
manos de sus vigorosos admiradores. En el hotel Franklin encontr un refugio, subi a su 
cuarto y se meti entre sbanas, mientras un ejrcito de cien mil hombres velaba bajo sus 
ventanas.
Al mismo tiempo ocurra una escena corta, grave y decisiva entre el personaje 
misterioso y el presidente del Gun-Club.
Barbicane, apenas se vio libre, se dirigi a su adversario.
-Venid! -le dijo con voz breve.
El desconocido le sigui y no tardaron en hallarse los dos solos en un malecn sito en el 
Jone's-Fall.
Nose conocan an, y se miraron.
-Quin sois? -pregunt Barbicane.
-El capitn Nicholl.
-Me to figuraba. Hasta ahora la casualidad no os haba colocado en mi camino...
-Me he colocado en l yo mismo!
-Me habis insultado!
-Pblicamente.
-Me daris satisfaccin del insulto.
-Ahora mismo.
-No, quiero que todo pase secretamente entre nosotros. Hay un bosque, el bosque de 
Skernaw, a tres millas de Tampa. Lo conocis?
-Lo conozco.
-Tendris inconveniente en entrar en l por un lado maana por la maana a las cinco?
-Ninguno, siempre y cuando a la misma hora entris vos por el otro lado.
-Y no olvidaris vuestro rifle? -dijo Barbicane.
-Ni vos el vuestro -respondi Nicholl.
Pronunciadas estas palabras con la mayor calma, el presidente del Gun-Club y el 
capitn se separaron, Barbicane volvi a su casa, pero, en vez de descansar, pas la noche 
buscando el medio de evitar la repercusin del proyectil y resolver el difcil problema 
presentado por Michel Ardan en la discusin del mitin.

XXI
Cmo arregla un francs un desafo
Mientras entre el presidente y el capitn se concertaba aquel duelo terrible y salvaje en 
que un hombre se hace a la vez res y cazador de otro hombre, Michel Ardan descansaba 
de las fatigas del triunfo. Pero no descansaba, no es sta la expresin propia, porque los 
colchones de las camas americanas nada tienen que envidiar por su dureza al mrmol y al 
granito.
Ardan dorma, pues, bastante mal, volvindose de un lado a otro entre las toallas que le 
servan de sbanas, y pensaba en proporcionarse un lugar de descanso ms cmodo y 
mullido en su proyectil, cuando un violento ruido le arranc de sus sueos. Golpes 
desordenados conmovan su puerta como si fuesen dados con un martillo, mezclndose 
con aquel estrpito tan temprano gritos desaforados.
-Abre! -gritaba una voz desde fuera-. Abre pronto, en nombre del cielo!
Ninguna razn tena Ardan para acceder a una demanda tan estrepitosamente 
formulada. No obstante, se levant y abri la puerta, en el momento de it sta a ceder a 
los esfuerzos del obstinado visitante.
El secretario del Gun-Club penetr en el cuarto. No hubiera una bomba entrado en l 
con menos ceremonias.
-Anoche -exclam J. T. Maston al momento-, nuestro presidente, durante el mitin, fue 
pblicamente insultado. Ha provocado a su adversario, que es nada menos que el capitn 
Nicholl! Se baten los dos esta maana en el bosque de Skernaw! Lo s todo por el 
mismo Barbicane! Si ste muere, fracasan sus proyectos! Es, pues, preciso impedir el 
duelo a toda costa! No hay ms que un hombre en el mundo que ejerza sobre Barbicane 
bastante imperio para detenerle, y este hombre es Michel Ardan!
En tanto que J. T. Maston hablaba como acabamos de referir, Michel Ardan, sin 
interrumpirle, se visti su ancho pantaln, y no haban transcurrido an dos minutos, 
cuando los dos amigos ganaban a escape los arrabales de Tampa.
Durante el camino, Maston acab de poner a Ardan al corriente de todo el negocio. Le 
dio a conocer las verdaderas causas de la enemistad de Barbicane y de Nicholl, la antigua 
rivalidad, los amigos comunes que mediaron para que los adversarios no se encontrasen 
nunca cara a cara, y aadi que se trataba de una pugna entre plancha y proyectil, de 
suerte que la escena del mitin slo haba sido una ocasin rebuscada desde mucho tiempo 
por el rencoroso Nicholl para armar camorra.
Nada ms terrible que esos duelos propios de los americanos, durante los cuales los dos 
adversarios se buscan por entre la maleza y los matorrales, se acechan desde un 
escondrijo cualquiera y se disparan las armas en medio de to ms enmaraado de las 
selvas, como bestias feroces. Cunto, entonces, deben de envidiar los combatientes las 
maravillosas cualidades de los indios de las praderas; su perspicacia, su astucia, su 
conocimiento de los rastros, su olfato para percibir al enemigo! Un error, una vacilacin, 
un mal paso, pueden acarrear la muerte. En estos momentos, los yanquis se hacen con 
frecuencia acompaar de sus perros, y, cazando y siendo cazados a un mismo tiempo, se 
persiguen a menudo durante horas y horas.
-Qu diablos de gente sois! -exclam Michel Ardan, cuando su compaero le explic 
con mucho realismo todos los pormenores.
-Somos como somos -respondi modestamente J. T. Maston-; pero dmonos prisa.
l y Michel Ardan tuvieron que correr mucho para atravesar la llanura humedecida por 
el roco, pasar arrozales y torrentes, y atajar por el camino ms corto, y aun as no 
pudieron llegar al bosque de Skernaw antes de las cinco y media. Haca media hora que 
Barbicane deba de encontrarse en el teatro de la lucha.
All estaba un viejo leador haciendo pedazos algunos rboles cados. Maston corri 
hacia l gritando:
-Habis visto entrar en el bosque a un hombre armado de rifle, a Barbicane, el 
presidente..., mi mejor amigo... ?
El digno secretario del Gun-Club pensaba cndidamente que su presidente no poda 
dejar de ser conocido de todo el mundo. Pero no pareci que el leador le comprendiese.
-Un cazador-dijo entonces Ardan.
-Un cazador? S, to he visto -respondi el leador.
-Hace mucho tiempo?
-Cosa de una hora.
-Hemos llegado tarde! -exclam Maston.
-Y habis odo algn disparo? -pregunt Michel.
-No.
-Ni uno solo?
-Ni uno solo. Me parece que el tal cazador no hace negocio.
-Qu hacemos, Maston?
-Entrar en el bosque, aunque sea exponindonos a un balazo por un quid pro quo.
-Ah! -exclam Maston con un acento de verdad, salido del fondo de su corazn-. 
Preferira diez balas en mi cabeza a una sola en la de Barbicane.
-Adelante, pues! -respondi Ardan, estrechando la mano de su compaero.
A los pocos segundos, los dos amigos desaparecieron en el espeso bosque de cedros, 
sicomoros, tulperos, icacos, pinos, encinas y mangos, que entrecruzaban sus ramas 
formando una inextricable red y privando a la vista de todo horizonte. Michel Ardan y 
Maston no se separaban uno de otro, cruzando silenciosamente las altas hierbas, 
abrindose camino por entre vigorosos bejucales, interrogando con la mirada las matas y 
el ramaje perdidos en la sombra espesura y esperando or de un momento a otro el 
mortfero estampido de los rifles. Imposible les hubiera sido reconocer las huellas que 
marcasen el trnsito de Barbicane, marchando como ciegos por senderos casi vrgenes y 
cubiertos de broza, donde un indio hubiera seguido uno tras otro todos los pasos de un 
enemigo. Pasada una hora de bsqueda estril y ociosa, los dos compaeros se 
detuvieron. Su zozobra iba en aumento.
-Necesariamente debe de haber concluido todo -dijo Maston, desalentado-. Un hombre 
como Barbicane no se vale de astucias contra su enemigo, ni le tiende lazos, ni procura 
desorientarle. Es demasiado franco, demasiado valiente! Ha acometido, pues, el peligro 
de frente, y sin duda tan lejos del leador que ste no ha odo la detonacin del arma!
-Pero y nosotros! Nosotros! -respondi Michel Ardan-. En el tiempo que ha 
transcurrido desde que entramos en el bosque, algo habramos odo.
-Y si hubisemos llegado demasiado tarde? -exclam Maston con un acento de 
desesperacin.
Michel Ardan no supo qu responder. l y Maston prosiguieron su interrumpida 
marcha. De cuando en cuando gritaban con toda la fuerza de sus pulmones, ya llamando a 
Barbicane, ya a Nicholl; pero ninguno de los dos adversarios responda a sus voces. 
Alegres bandadas de pjaros, que se levantaban al ruido de sus pasos y de sus palabras, 
desaparecan entre las ramas, y algunos gansos azorados huan precipitadamente hasta 
perderse en el fondo de las selvas.
Una hora ms se prolongaron an las pesquisas. Ya haba sido explorada la mayor parte 
del bosque. Nada revelaba la presencia de los combatientes. Motivos haba para dudar de 
las afirmaciones del leador, y Ardan iba ya a renunciar a un reconocimiento que le 
pareca intil, cuando de repente Maston se detuvo.
-Silencio! -dijo-. A11 hay alguien!
-Alguien! -repiti Michel Ardan.
-S! Un hombre! Parece inmvil. No tiene el rifle en las manos. Qu hace, pues?
-Puedes reconocerle? -pregunt Michel Ardan, cuya cortedad de vista era para l un 
gran inconveniente en aquellas circunstancias.
-S! S! Ahora se vuelve -respondi Maston.
-Y quin es...?
-El capitn Nicholl.
-Nicholl! -respondi Michel Ardan, sintiendo oprimrsele el corazn.
-Nicholl, desarmado! Conque nada tiene ya que temer de su adversario?
-Vamos hacia l -dijo Michel Ardan- y sabremos a qu atenernos.
Pero l y su compaero no haban dado an cincuenta pasos, cuando se detuvieron para 
examinar ms atentamente al capitn. Se haban figurado encontrar un hombre sediento 
de sangre y entregado enteramente a su venganza! A1 verle, quedaron atnitos.
Entre los tulperos gigantescos haba tendida una red de malla estrecha, en cuyo centro, 
un pajarillo, con las alas enredadas, forcejeaba lanzando lastimosos quejidos. El cazador 
que haba armado aquella inextricable artimaa, no era humano: era una araa venenosa, 
indgena del pas, del tamao de un huevo de paloma y provista de enormes patas. El 
repugnante animal, en el momento de precipitarse contra su presa, se vio a su vez 
amenazado de un enemigo temible, y retrocedi para buscar asilo en las altas ramas de 
tulpero.
El capitn Nicholl, que, olvidando los peligros que le amenazaban, haba dejado el rifle 
en el suelo, se ocupaba en liberar con la mayor delicadeza posible a la vctima cogida en 
la red de la monstruosa araa. Cuando hubo concluido su operacin, devolvi la libertad 
al pajarillo, que desapareci moviendo alegremente las alas.
Nicholl le vea, enternecido, huir por entre las ramas, cuando oy las siguientes 
palabras, pronunciadas con voz conmovida:
-Sois un valiente y un hombre de bien a carta cabal!
Se volvi. Michel Ardan se hallaba en su presencia, repitiendo en todos los tonos:
-Y un hombre generoso!
-Michel Ardan! -exclam el capitn-. Qu vens a hacer aqu, caballeros?
-Vengo, Nicholl, a daros un apretn de manos y a impedir que matis a Barbicane o que 
l os mate.
-Barbicane! Dos horas hace que to busco y no le encuentro! Dnde se oculta?
-Nicholl -dijo Michel Ardan-, eso no es decoroso. Se debe respetar siempre a un 
adversario. Tranquilizaos, que si Barbicne vive, le encontraremos, tanto ms cuanto que, 
a no ser que se divierta como vos en socorrer pjaros oprimidos, l tambin os estar 
buscando. Pero Michel Ardan es quien to dice, cuando le hayamos encontrado, no se 
tratar ya de duelo entre vosotros.
-Entre el presidente Barbicane y yo -respondi gravemente Nicholl- hay una rivalidad 
tal que slo la muerte de uno de los dos...
-No prosigis -repuso Michel Ardan-; valientes como vosotros, aun siendo enemigos, 
pueden estimarse. No os batiris.
-Me batir, caballero!
-No!
-Capitn -dijo entonces J. T. Maston con la mayor sinceridad y ardiente fe-, soy el 
amigo del presidente, su alter ego; si os empeis en matar a alguien, matadme a m, y 
ser exactamente to mismo.
-Caballero -dijo Nicholl, apretando convulsivamente su rifle-, esas chanzas...
-El amigo Maston no se chancea -respondi Michel Ardan-, y comprendo su resolucin 
de hacerse matar por el hombre que es su amigo predilecto. Pero ni l ni Barbicane 
caern heridos por las balas del capitn Nicholl, porque tengo que hacer a los dos rivales 
una proposicin tan seductora que la aceptarn con entusiasmo.
-Qu proposicin? -pregunt Nicholl con visible incredulidad.
-Un poco de paciencia -respondi Ardan-; no puedo drosla a conocer sino en presencia 
de Barbicane.
-Busqumosle, pues -exclam el capitn.
Inmediatamete, los tres se pusieron en marcha. El capitn, despus de haber puesto el 
seguro al rifle que llevaba amartillado, se to ech a la espalda y avanz con paso repri-
mido, sin decir una palabra. Durante media hora, las pesquisas siguieron siendo intiles. 
Maston se senta preocupado por un siniestro presentimiento. Observaba a Nicholl con 
severidad, preguntndose si el capitn habra satisfecho su venganza, y si el desgraciado 
Barbicane, herido de un balazo, yaca sin vida en el fondo de un matorral, ensangrentado. 
Michel Ardan haba, al parecer, concebido la misma sospecha, y los dos interrogaban con 
la vista al capitn Nicholl, cuando Maston se detuvo de repente.
Medio oculto por la hierba, apareca a veinte pasos de distancia el busto de un hombre 
apoyado en el tronco de una caoba gigantesca.
-Es l! -dijo Maston.
Barbicane no se mova. Ardan abism sus miradas en los ojos del capitn, pero ste 
permaneci impasible. Ardan dio algunos pasos, gritando:
-Barbicane! Barbicane!
No obtuvo respuesta. Entonces se precipit hacia su amigo; pero en el momento de irle 
a coger del brazo, se contuvo, lanzando un grito de sorpresa.
Barbicane, con el lpiz en la mano, trazaba frmulas y figuras geomtricas en un libro 
de memorias, teniendo echado en el suelo, de cualquier modo, su rifle desmontado.
Absorto en su ocupacin, sin pensar en su desafo ni en su venganza, el sabio nada 
haba visto ni odo. Pero cuando Michel Ardan le dio la mano, se levant y le mir con 
asombro.
-Cmo! -exclam-. T aqu! Ya apareci aquello,amigo mo! Ya apareci aquello!
-Qu?
-Mi medio!
-Qu medio?
-El de anular el efecto de la repercusin al arrancar el proyectil!
-De veras? -dijo Michel, mirando al capitn con el rabillo del ojo.
-S, con agua! Con agua comn, que amortiguar...! Ah, Maston! -exclam 
Barbicane-. Vos tambin!
-El mismo -respondi Michel Ardan-. Y permtame presentarle al mismo tiempo al 
digno capitn Nicholl.
-Nicholl! -exclam Barbicane, que se puso en pie al momento-. Perdn, capitn -dijo-. 
Haba olvidado... Estoy pronto...
Michel Ardan intervino sin dar a los dos enemigos tiempo de interpelarse.
-Voto al chpiro! -dijo-. Fortuna ha sido que valientes como vosotros no se hayan 
encontrado antes! Ahora tendramos que llorar a uno a otro de los dos. Pero gracias a 
Dios, que ha intervenido, no hay ya nada que temer. Cuando se olvida el odio para 
abismarse en problemas de mecnica o jugar una mala pasada a las araas, el tal odio no 
es peligroso para nadie.
Y Michel Ardan cont al presidente la historia del capitn.
-Ahora quisiera que me dijeseis -prosigui- si dos hombres de tan buenos sentimientos 
como vosotros, han sido creados para romperse la cabeza a balazos.
En aquella situacin, un si es no es ridcula, haba algo tan inesperado, que Barbicane y 
Nicholl no saban qu actitud adoptar uno respecto de otro. Michel Ardan to comprendi, 
y resolvi precipitar la reconciliacin.
-Mis buenos amigos -dijo, dejando asomar a sus labios su mejor sonrisa-, entre vosotros 
slo ha habido un malentendido. No ha habido otra cosa. Pues bien, para probar que todo 
entre vosotros ha concluido, y puesto que sois hombres a quienes no duelen prendas y 
saben arriesgar su piel, aceptad francamente la proposicin que voy a haceros.
-Hablad -dijo Nicholl.
-El amigo Barbicane cree que su proyectil ir derecho a la Luna.
-S, to creo -replic el presidente.
-Y el amigo Nicholl est persuadido de que volver a caer en la Tierra.
-Estoy seguro -exclam el capitn.
-De acuerdo -repuso Michel Ardan-. No trato de poneros de acuerdo, pero os digo muy 
buenamente: Partid conmigo y to veris.
-Qu idea! -murmur J. T. Maston, asombrado.
Al or aquella proposicin tan imprevista, los dos rivales se miraron recprocamente y 
siguieron observndose con atencin. Barbicane aguardaba la respuesta del capitn. 
Nicholl espiaba las palabras del presidente.
-Qu resolvis? -dijo Michel, con un acento que obligaba-. Ya que no hay que temer 
repercusiones...!
-Aceptado! -exclam Barbicane.
Pese a la rapidez con que pronunci la palabra, Nicholl la acab de pronunciar al 
mismo tiempo.
-Hurra! Bravo! Viva! Hip, hip! -exclam Michel Ardan, tendiendo la mano a los dos 
adversarios-. Y ahora que el asunto est arreglado, permitidme, amigos mos, trataros a la 
francesa. Vamos a almorzar.

XXII
El nuevo ciudadano de los Estados Unidos
Aquel mismo da, Amrica entera supo, al mismo tiempo que el desafo del capitn 
Nicholl y del presidente Barbicane, el singular desenlace que haba tenido. El papel 
desempeado por el caballeroso europeo, su inesperada proposicin con que zanj las 
dificultades, la simultnea aceptacin de los dos rivales, la conquista del continente lunar, 
a la cual iban a marchar de acuerdo Francia y los Estados Unidos, todo contribua a 
aumentar ms y ms la popularidad de Michel Ardan. Ya se sabe con qu frenes los 
yanquis se apasionan de un individuo. En un pas en que graves magistrados tiran del 
coche de una bailarina para llevarla en triunfo, jzguese cul sera la pasin que se 
desencaden en favor del francs, audaz sobre todos los audaces. Si los ciudadanos no 
desengancharon sus caballos para colocarse ellos en su lugar, fue probablemente porque 
l no tena caballos, pero todas las dems pruebas de entusiasmo le fueron prodigadas. No 
haba uno solo que no estuviese unido a l con el alma. Ex pluribus unum, segn reza la 
divisa de los Estados Unidos.
Desde aquel da, Michel Ardan no tuvo un momento de reposo. Diputaciones 
procedentes de todos los puntos de la Unin le felicitaron incesantemente, y de grado o 
por fuerza tuvo que recibirlas. Las manos que apret y las personas que tute no pueden 
contarse; pero se rindi al cabo, y su voz, enronquecida por tantos discursos, sala de sus 
labios sin articular casi sonidos inteligibles, sin contar con que los brindis que tuvo que 
dedicar a todos los condados de la Unin le produjeron casi una gastroenteritis. Tantos 
brindis, acompaados de fuertes licores, hubieran, desde el primer da, producido a 
cualquier otro un delirium tremens; pero l saba mantenerse dentro de los discretos 
lmites de una media embriaguez alegre y decidora.
Entre las diputaciones de toda especie que le asaltaron, la de los lunticos no olvid to 
que deba al futuro conquistador de la Luna. Un da, algunos de aquellos desgraciados, 
asaz numerosos en Amrica, le visitaron para pedirle que les llevase con l a su pas 
natal. Algunos pretendan hablar el selenita, y quisieron enserselo a Michel. ste se 
presto con docilidad a su inocente mana y se encarg de comisiones para sus amigos de 
la Luna.
-Singular locura! -dijo a Barbicane, despus de haberles despedido-. Y es una locura 
que ataca con frecuencia inteligencias privilegiadas. Arago, uno de nuestros sabios ms 
ilustres, me deca que muchas personas muy discretas y muy reservadas en sus 
concepciones, se dejaban llevar a una exaltacin suma, a increibles singularidades, 
siempre que de la Luna se ocupaban. Crees t en la influencia de la Luna en las 
enfermedades?
-Poco -respondi el presidente del Gun-Club.
-Lo mismo digo; y, sin embargo, la historia registra hechos asombrosos. En 1693, 
durante una epidemia, las defunciones aumentaron considerablemente el da 21 de enero, 
en el momento de un eclipse. Durante los eclipses de la Luna, el clebre Bacon se 
desvaneca, y no volva en s hasta despus de la completa emersin del astro. El rey 
Carlos VI, durante el ao 1399, sufri seis arrebatos de locura que coincidieron con la 
Luna nueva o con la Luna llena. Algunos mdicos han clasificado la epilepsia o mal 
caduco, entre las enfermedades que siguen las fases de la Luna. Parece que las afecciones 
nerviosas han sufrido a menudo su influencia. Mead habla de un nio que experimentaba 
convulsiones cuando la Luna entraba en oposicin. Gall haba notado que la exaltacin de 
las personas dbiles aumentaba dos veces cada mes: una en el novilunio y otra en el 
plenilunio. En fin, hay mil observaciones del mismo gnero sobre los vrtigos, las fiebres 
malignas, los sonambulismos, que tienden a probar que el astro de la noche ejerce una 
misteriosa influencia sobre las enfermedades terrestres.
-Pero cmo? Por qu? -pregunt Barbicane.
-Por qu? -respondi Ardan-. Te dar la misma respuesta que Arago repeta 
diecinueve siglos despus que Plutarco: Tal vez porque no es verdad.
En medio de su triunfo, no pudo Michel Ardan librarse de ninguna de las gabelas 
inherentes al estado de hombre clebre. Los que especulaban con to que est en boga, 
quisieron exhibirle. Barnum le ofreci un milln para pasearlo de una ciudad a otra en 
todos los Estados Unidos y darlo en espectculo como un animal curioso. Michel Ardan 
le trat de cornac,(1) y le envi a paseo.
1. Conductor de elefantes.

Sin embargo, aunque se neg a satisfacer de esta manera la curiosidad pblica, 
circularon por todo el mundo y ocuparon el puesto de honor en los lbumes, sus 
numerosos retratos, de los cuales se sacaron pruebas de todas las dimensiones, desde el 
tamao natural hasta las reducciones microscpicas para sellos de correo. Cualquiera 
poda proporcionarse un ejemplar en todas las actitudes imaginables, retrato de cabeza, 
retrato de busto, retrato de cuerpo entero, sentado, de pie, de perfil, de espaldas; se 
imprimieron ms de 1.500.000 ejemplares, y poda muy bien, pero no quiso, haber 
aprovechado la ocasin de enriquecerse con sus propias reliquias. Sin ms que vender sus 
cabellos a dlar cada uno; tena los suficientes para hacer una fortuna.
Para decirlo todo, diremos que esta popularidad no le desagradaba.
Al contrario. Se pona a disposicin del pblico y se carteaba con el universo entero. Se 
repetan sus chistes, se propagaban sus felices ocurrencias, sobre todo las que l no haba 
tenido. Por to mismo que las tena en abundancia, se le atribuan muchas ms. As es el 
mundo. Ms limosnas se hacen al rico que al pobre.
No solamente tuvo propicios a los hombres, sino que tambin a las mujeres. Cuntos 
buenos matrimonios se le hubieran presentado por pocos deseos que hubiera manifestado 
de casarse! Las solteronas particularmente, las que haban pasado cuarenta aos llamando 
intilmente a un marido caritativo, estaban da y noche contemplando sus fotografas.
La verdad es que hubiera encontrado compaeras a centenares, aunque les hubiese 
impuesto la condicin de seguirle en su peregrinacin area. Las mujeres son intrpidas 
cuando no tienen miedo a todo. Pero Ardan no tena intencin de fundar una dinasta en 
el continente lunar y ser a11 el tronco de una raza cruzada de francs y americano. Por to 
tanto, se neg rotundamente.
-Ir a11 arriba -deca- a representar el papel de Adn con una hija de Eva! Gracias! 
No tardara en encontrar serpientes!
Apenas pudo sustraerse a las alegras demasiado repetidas del triunfo; fue, seguido de 
sus amigos, a hacer una visita al columbiad. Se la deba. Adems, se haba convertido en 
un experto en balstica, desde que viva con Barbicane, J. T. Maston y tutti cuanti. Su 
mayor placer consista en repetir a aquellos bravos artilleros que no eran ms que 
homicidas amables y sabios. Respecto del particular, no se agotaba nunca su ingenio 
epigramtico. El da en que visit el columbiad, to admir mucho y baj hasta el fondo 
del nima de aquel gigantesco mortero que deba muy pronto lanzarlo por el aire.
-A1 menos -dijo-, este can no har dao a nadie, to que, tratndose de un can, no 
deja de ser una maravilla. Pero en cuanto a vuestras mquinas que destruyen, que 
incendian, que rompen, que matan, no me hablis de ellas, y, sobre todo, no me digis 
que tienen nima o alma, que es to mismo, porque yo no lo creo.
Debemos aqu hacer mencin de una proposicin relativa a J. T. Maston. Cuando el 
secretario del GunClub oy que Barbicane y Nicholl aceptaban la proposicin de Michel, 
le entraron ganas de unirse a ellos y formar parte de la expedicin. Formaliz un da su 
deseo. Barbicane, sintiendo mucho no poder acceder a su demanda, le hizo comprender 
que el proyectil no poda llevar tantos pasajeros. J. T. Maston, desesperado, acudi a 
Michel Ardan, quien le aconsej resignacin y recurri a diversos argumentos ad 
hominem.
-Oye, querido Maston -le dijo-, no des a mis palabras un alcance que no tienen; pero, 
sea dicho entre nosotros, la verdad es que eres demasiado incompleto para presentarte en 
la Luna.
-Incompleto! -exclam el valeroso invlido.
-S, mi valiente amigo! Da por sentado que encontraremos bastantes habitantes a11 
arriba. Querrs darles una triste idea de to que pasa aqu, ensearles to que es la guerra, 
demostrarles que los hombres invierten el tiempo ms precioso en devorarse, en comerse, 
en romperse brazos y piernas, en un globo que podra alimentar cien mil millones de 
habitantes, y cuenta apenas mil doscientos millones? Vamos, amigo mo, no quieras que 
en la Luna nos den con la puerta en las narices, que nos echen con cajas destempladas.
-Pero si vosotros llegis a pedazos -replic J. T. Maston-, seris tan incompletos como 
yo.
-Es una verdad digna de Perogrullo -respondi Ardan-. Pero nosotros llegaremos muy 
enteritos.
En efecto, un experimento preliminar, realizado por va de ensayo el 18 de octubre, 
haba dado los mejores resultados y hecho concebir las ms legtimas esperanzas. 
Barbicane, deseando darse cuenta del efecto de la repercusin en el momento de partir un 
proyectil, mand traer del arsenal de Pensacola un mortero de 32 pulgadas (0,75 
centmetros), que coloc en la rada de Hillisboro, a fin de que la bomba cayera en el mar 
y se amortiguase su choque. Tratbase nicamente de experimentar el sacudimiento a la 
salida y no el choque al caer.
Para este curioso experimento se prepar con el mayor esmero un proyectil hueco. Una 
gruesa almohadilla, aplicada a una red de resortes de acero delicadamente templados, 
forraba sus paredes interiores. Era un verdadero nido cuidadosamente mullido y 
acolchado.
-Qu lstima no poder meterse en l! -deca J. T. Maston, lamentando que su volumen 
no le permitiera intentar la aventura.
La ingeniosa bomba se cerraba por medio de una tapa con tornillos, y se introdujo en 
ella un enorme gato, y despus una ardilla perteneciente al secretario perpetuo del 
Gun-Club, J. T. Maston, a la cual ste profesaba un verdadero cario. Pero se quera 
saber prcticamente cmo soportara el viaje un animalito tan poco sujeto a vrtigos.
Se carg el mortero con ciento sesenta libras de plvora, y, colocada en l la bomba, se 
dio la voz de fuego.
El proyectil sali inmediatamente; con la rapidez propia de los proyectiles, describi 
majestuosamente su parbola: subi a una altura aproximada de 1.000 pies, y, formando 
una graciosa curva, cay en el mar y se abism en las olas.
Sin prdida de tiempo se dirigi una embarcacin al sitio de la cada, y hbiles buzos, 
que se echaron al agua y chapuzaron como peces, ataron con cables el proyectil, y ste 
fue izado rpidamente a bordo. No haban transcurrido cinco minutos desde el momento 
en que fueron encerrados los animales, cuando se levant la tapa de su mazmorra.
Ardan, Barbicane, Maston y Nicholl se hallaban en la embarcacin, y examinaron la 
operacin con un sentimiento de inters que fcilmente se comprende. Apenas se abri la 
bomba, sali el gato echando chispas, lleno de vida, aunque no de muy buen humor, si 
bien nadie hubiera dicho que acababa de regresar de una expedicin area. Pero y la 
ardilla? Dnde estaba que no se vea de ella ni rastro? Fuerza fue reconocer la verdad. El 
gato se haba comido a su compaera de viaje.
La prdida de su graciosa y desgraciada ardilla caus una verdadera pesadumbre a J. T. 
Maston, el cual se propuso inscribir el nombre de tan digno animal en el martirologio de 
laciencia.
Despus de un experimento tan decisivo y coronado de un xito tan feliz, todas las 
vacilaciones y zozobras desaparecieron. Para mayor abundamiento, los planes de 
Barbicane deban perfeccionar an ms el proyectil y anular casi enteramente los efectos 
de la repercusin.
No faltaba ya ms que ponerse en camino.
Dos das dspus, Michel Ardan recibi un mensaje del presidente de la Unin, siendo 
ste un honor que halag mucho su amor propio.
Lo mismo que a su caballeroso compatriota, el marqus de Lafayette, el gobierno le 
confiri el ttulo de ciudadano de los Estados Unidos de Amrica.

XXIII
El vagn proyectil
Concluido el monstruoso columbiad, el inters pblico fue inmediatamente atrado por 
el proyectil, nuevo vehculo destinado a transportar, atravesando el espacio, a los tres 
atrevidos aventureros. Nadie haba olvidado que en su comunicacin de 30 de 
septiembre, Michel Ardan peda una modificacin de los planos adoptados en principio 
por los miembros de la comisin.
El presidente Barbicane pensaba entonces muy justamente que la forma del proyectil 
importaba poco, porque despus de haber atravesado la atmsfera en algunos segundos, 
su trayecto deba efectuarse en un absoluto vaco. La comisin haba adoptado la forma 
redonda para que la bala pudiese girar sobre s misma y conducirse a su arbitrio. Ms, 
desde el momento en que se la transformaba en vehculo, la cuestin era ya muy 
diferente. Michel Ardan no quera viajar a la manera de las ardillas; deseaba subir con la 
cabeza hacia arriba y con los pies hacia abajo, con tanta dignidad como en la barquilla de 
un globo aerosttico, sin duda ms deprisa, pero sin entregarse a una sucesin de 
cabriolas poco decorosas.
Se enviaron, pues, nuevos planos a la casa Breadwill y Compaa, de Albany, con 
recomendacin de ejecutarlos sin demora. El proyectil, con las modificaciones 
requeridas, fue fundido el 2 de noviembre y enviado inmediatamente a Stone's Hill por 
los ferrocarriles del Este. El da 10 lleg sin problemas al lugar de su destino. Michel 
Ardan, Barbicane y Nicholl aguardaban con la mayor impaciencia aquel vagn proyectil, 
en que deban tomar asiento para volar al descubrimiento de un nuevo mundo.
Fuerza es convenir en que el tal proyectil era una magnfica pieza de metal, un producto 
metalrgico que haca mucho honor al genio industrial de los americanos. Era la primera 
vez que se obtena aluminio en tal cantidad, lo que poda justamente considerarse como 
un resultado prodigioso. El precioso proyectil centelleaba a los rayos del Sol. A1 verlo 
con sus formas imponentes y con su sombrero cnico encasquetado, cualquiera to hubiera 
tomado por una de aquellas macizas torrecillas, a manera de garitas, que los arquitectos 
de la Edad Media colocaban en el ngulo de las fortalezas. No le faltaban ms que 
saeteras y una veleta.
-Estoy esperando -exclamaba Michel Ardan- que salga de aqu un hombre de armas con 
arcabuz y coraza. Nosotros estaremos dentro como unos seores feudales, y con un poco 
de artillera haramos frente a todos los ejrcitos selenitas, en la hiptesis de que los haya 
en la Luna.
-As pues, te gusta el vehculo? -pregunt Barbicane a su amigo.
-S; me gusta, me gusta -respondi Michel Ardan, que to examinaba con su- amor a to 
bello, caracterstico de los artistas-. Me gusta, pero siento que no sean sus formas ms 
esbeltas, ms ligeras, su cono ms gracioso; debera terminar en un florn de metal 
tallado o con una quimera, una grgola, una salamandra y saliendo del fuego con las alas 
desplegadas y las fauces abiertas...
-Para qu? -dijo Barbicane, cuyo carcter positivo era poco sensible a las bellezas del 
arte.
-Para qu, amigo Barbicane? Ay! Por el mero hecho de preguntarlo, temo que no to 
comprenderas nunca.
-Habla, hombre, habla.
-Pues bien, en mi concepto, en todo lo que se hace debe intervenir algo el gusto 
artstico, y es mejor. Conoces una comedia india que se llama El carretn del nio?
-No la he odo nombrar en mi vida -respondi Barbicane.
-Lo creo, no es menester que me lo jures -repuso Michel-. Sabes, pues, que en dicha 
pieza hay un ladrn que en el momento de agujerear la pared de una casa, se pregunta si 
dar a su agujero la forma de una lira, de una flor, de un pjaro o de un nfora. Pues bien, 
dime, amigo Barbicane, si en aquella poca hubieras formado parte
de un jurado para juzgar a ese ladrn, le hubieras condenado?
-Y no le hubiera valido la bula de Meco -respondi el presidente del Gun-Club-. Le 
hubiera condenado sin vacilar, y con la circunstancia agravante de fractura.
-Pues yo le hubiera absuelto, amigo Barbicane. He aqu por qu t no podrs nunca 
comprenderme.
-Ni tratar de ello, valeroso artista.
-Pero, al menos -aadi Michel Ardan-, ya que el exterior de nuestro vagn deja algo 
que desear, se me permitir amueblarlo a mi gusto, y con todo el lujo que corresponde a 
embajadores de la Tierra.
-Acerca del particular, mi valeroso Michel -respondi Barbicane-, hars de to capa un 
sayo, y tienes carta blanca.
Pero antes de pasar a to agradable, el presidente del Gun-Club haba pensado en to til, 
y el procedimiento inventado por l para amortiguar los efectos de la repercusin, fue 
aplicado con una inteligencia perfecta.
Barbicane se haba dicho, no sin razn, que no habra ningn resorte bastante poderoso 
para amortiguar el choque, y durante su famoso paseo en el bosque de Skernaw logr, al 
cabo, resolver esta gran dificultad de una manera ingeniosa. Pens en pedir al agua tan 
sealado servicio. He aqu cmo.
El proyectil deba llenarse de agua hasta la altura de tres pies. Esta capa de agua estaba 
destinada a sostener un disco de madera, perfectamente ajustado, que se deslizase 
rozando por las paredes interiores del proyectil, y constitua una verdadera almada en 
que se colocaban los pasajeros. La masa lquida estaba dividida por tabiques horizontales 
que, al partir el proyectil, el choque deba romper sucesivamente. Entonces todas las 
capas de agua, desde la ms alta a la ms baja, escapndose por tubos de desage hacia la 
parte superior del proyectil, obraban como un resorte, no pudiendo el disco, por estar 
dotado de tapones sumamente poderosos, chocar con el fondo sino despus de la sucesiva 
destruccin de los diversos tabiques. Aun as, los viajeros experimentaran una 
repercusin violenta despus de la completa evasin de la masa lquida, pero el primer 
choque quedara casi enteramente amortiguado por aquel resorte de tanta potencia.
Verdad es que tres pies de agua sobre una superficie de 45 pies cuadrados, deban de 
pesar cerca de 11.500 libras; pero, en el concepto de Barbicane, la detencin de los gases 
acumulados en el columbiad bastara para vencer este aumento de peso, y, adems, el 
choque deba echar fuera toda el agua en menos de un segundo, con to que el proyectil 
volvera a tomar casi al momento su peso normal.
He aqu to que haba ideado el presidente del Gun-Club y de qu manera pensaba haber 
resuelto la grave dificultad de la repercusin. Por to dems, aquel trabajo, perspicazmente 
comprendido por los ingenieros de la casa Breadwill, fue maravillosamente ejecutado. 
Una vez producido el efecto y echada fuera el agua, los viajeros podan desprenderse 
fcilmente de los tabiques rotos y desmontar el disco movible que los sostena en el 
momento de la partida.
En cuanto a las paredes superiores del proyectil, estaban revestidas de un denso 
almohadillado de cuero y aplicadas a muelles de acero perfectamente templado que 
tenan la elasticidad de los resortes de un reloj. Los tubos de desahogo, hbilmente 
disimulados bajo el almohadillado, no permitan siquiera sospechar su existencia.
As pues, estaban tomadas todas las precauciones imaginables para amortiguar el 
primer choque, y hubiera sido necesario, segn deca Michel Ardan, para dejarse aplastar, 
ser un hombre de alfeique.
El proyectil meda exteriormente 9 pies de ancho y 15 de largo. Para que no excediese 
del peso designado, se haba disminuido algo el grueso de las paredes y reforzado su 
parte inferior, que tena que sufrir toda la violencia de los gases desarrollados por la 
conflagracin del pirxilo. Lo mismo se hace con las bombas y granadas cilindrocnicas, 
cuyas paredes se procura que sean siempre ms gruesas en el fondo.
Se penetraba en aquella torre de metal por una abertura estrecha practicada en las 
paredes del cono, y anloga a los agujeros para hombre de las calderas de vapor. Se 
cerraba hermticamente por medio de una chapa de aluminio que sujetaban por dentro 
poderosas tuercas de presin. Los viajeros podran, pues, salir de su movible crcel, si 
bien les pareca, al astro de la noche.
Pero no bastaba ir, sino que era preciso ver durante el camino. Haba al efecto, abiertos 
en el almohadillado, cuatro tragaluces con su correspondiente cristal lenticular 
sumamente grueso. Dos de los tragaluces estaban abiertos en la pared circular del 
proyectil; otro en su parte inferior, y otro en el cono. Los viajeros, durante su marcha, se 
hallaban, pues, en aptitud de observar la Tierra que abandonaban, la Luna, a la cual se 
acercaban, y los espacios planetarios. Los tragaluces estaban protegidos contra los 
choques de la partida por planchas slidamente incrustadas, que fcilmente podan 
echarse fuera destornillando tuercas interiores. As el aire contenido en el proyectil no 
poda escaparse, y eran posibles las observaciones.
Todos estos mecanismos, admirablemente establecidos, funcionaban con la mayor 
facilidad, y los ingenieros no se haban mostrado menos inteligentes en todos los 
accesorios del vagn proyectil.
Recipientes, slidamente sujetos, estaban destinados a contener el agua y los vveres 
que necesitaban los tres viajeros. stos podan procurarse hasta fuego y luz por medio de 
gas almacenado en un receptculo especial, bajo una presin de varias atmsferas. 
Bastaba dar vuelta a una llave para que durante seis das el gas alumbrase y calentase el 
tan cmodo vehculo. Se ve, pues, que nada faltaba de lo esencial a la vida, y hasta al 
bienestar. Adems, gracias a los instintos de Michel Ardan, a lo til se junt lo agradable, 
bajo la forma de objetos artsticos. Si no le hubiese faltado espacio, Michel hubiera hecho 
de su proyectil un verdadero taller de artista. Se engaara, sin embargo, el que creyese 
que tres personas deban it en tal torre de metal apretadas como sardinas en un barril. Te-
nan a su disposicin una superficie de 54 pies cuadrados sobre 10 de altura, to que 
permita a sus huspedes cierta holgura en sus movimientos. No hubieran estado tan c-
modos en ningn vagn de los Estados Unidos.
Resuelta la cuestin de los vveres y del alumbrado, quedaba en pie la cuestin del aire. 
Era evidente que el aire encerrado en el proyectil no bastara para la respiracin de los 
viajeros durante cuatro das, pues cada hombre consume en una hora casi todo el oxgeno 
contenido en 10 libras de aire. Barbicane, con sus dos compaeros y dos perros que 
quera llevarse, deba consumir cada veinticuatro horas 2.400 libras de oxgeno, o, a poca 
diferencia, unas siete libras en peso. Era, pues, preciso renovar el aire del proyectil. 
Cmo? Por un procedimiento muy sencillo: el de los seores Reisset y Regnault, 
indicado por Michel Ardan en el curso de la discusin durante la reunin.
Se sabe que el aire se compone principalmente de veintiuna partes de oxgeno y setenta 
y nueve de zoe. Qu sucede en el acto de la respiracin? Un fenmeno muy sencillo. El 
hombre absorbe oxgeno del aire, eminentemente propio para alimentar la vida, y deja el 
zoe intacto. El aire espirado ha perdido cerca de un cinco por ciento de su oxgeno y 
contiene entonces un volumen aproximado de cido carbnico, producto definitivo de la 
combustin de los elementos de la sangre por el oxgeno inspirado. Sucede, pues, que en 
un medio cerrado, y pasado cierto tiempo, todo el oxgeno del aire es reemplazado por el 
cido carbnico, gas esencialmente deletreo.
La cuestin se reduca a to siguiente. Habindose conservado intacto el zoe: primero, 
rehacer el oxgeno absorbido; segundo, destruir el cido carbnico espirado. Nada ms 
fcil por medio del clorato de potasa y de la potasa custica.
El clorato de potasa es una sal que se presenta bajo la forma de pajitas blancas. Cuando 
se la eleva a una temperatura que pase de 400, se transforma en cloruro de potasio, y el 
oxgeno que contiene se desprende enteramente. Dieciocho libras de clorto de potasa 
dan 7 libras de oxgeno, es decir, la cantidad que necesitan gastar los viajeros en 
veinticuatro horas. Ya est rehecho el oxgeno.
En cuanto a la potasa custica, es una materia muy vida de cido carbnico mezclado 
con el aire, y basta agitarla para que se apodere de l y forme bicarbonato de potasa. Ya 
tenemos tambin absorbido el cido carbnico. Combinando estos dos medios, se 
devuelven al aire viciado todas sus cualidades vivificadoras, y esto es to que los dos 
qumicos, los seores Reisset y Regnault, haban experimentado con xito.
Pero, fuerza es decirlo, el experimento hasta entonces se haba hecho nicamente in 
anima vili. Por mucha que fuese su precisin cientfica, se ignoraba absolutamente cmo 
to sobrellevaran los hombres.
Tal fue la observacin que hizo en la sesin donde se trat tan grave materia. Michel 
Ardan no quera poner en duda la posibilidad de vivir por medio de aquel aire artificial, y 
se brind a ensayarlo en s mismo antes de la partida.
Pero el honor de la prueba fue enrgicamente reclamado por J. T. Maston.
-Ya que yo no parto -dijo este bravo artillero-, to menos que se me debe conceder es 
que habite el proyectil durante ocho das.
Hubiera sido injusto no acceder a su demanda. Se le quiso complacer. Se puso a su 
disposicin una cantidad suficiente de clorato de potasa y de potasa custica, con vveres 
para ocho das, y el 12 de noviembre, a las seis de la maana, despus de dar un apretn 
de manos a sus amigos y haber recomendado expresamente que no se abriese su crcel 
antes de las seis de la tarde del da 20, se desliz en el proyectil, cuya plancha se cerr 
luego hermticamente.
Qu sucedi durante aquellos ocho das? Es imposible saberlo. Las gruesas paredes 
del proyectil no permitan or desde el exterior ningn ruido de los que en su interior se 
producan.
El 20 de noviembre, a las seis en punto, se levant la plancha. Los amigos de J. T. 
Maston no dejaban de experimentar cierta zozobra. Pero pronto se tranquilizaron oyendo 
una voz alegre que prorrumpa en un hurra formidable.
El secretario del Gun-Club apareci luego en el vrtice del cono en actitud de triunfo.
Haba engordado!

XXIV
El telescopio de las montaas Rocosas
El 20 de octubre del ao precedente, despus de cerrada la suscripcin, el presidente del 
Gun-Club haba abierto un crdito al observatorio de Cambridge para las sumas que 
requiriese la construccin de un enorme instrumento de ptica. Este aparato, anteojo o 
telescopio,
deba ser de tanto poder que volviese visible en la superficie de la Luna todo objeto 
cuyo volumen excediese de 9 pies.
Entre el anteojo y el telescopio hay una diferencia importante, que conviene recordar en 
este momento. El anteojo se compone de un tubo que en su extremo superior lleva una 
lente convexa que se llama objetivo, y en el extremo inferior una segunda lente llamada 
ocular, a la cual se aplica el ojo del observador. Los rayos que proceden del objeto 
luminoso atraviesan la primera de dichas lentes y van a formar, por refraccin, una 
imagen invertida en su foco.(1) Esa imagen se observa con el ocular, que la aumenta 
exactamente como la aumentara un microscopio. El tubo del anteojo est, pues, cerrado 
en un extremo por el objetivo y en el otro por el ocular.
1. Punto donde los rayos luminosos se renen despus de haber sido refractados.

El tubo del telescopio, al contrario, est abierto por su extremo superior. Los rayos que 
parten del objeto observado penetran en l libremente y chocan con un espejo metlico 
cncavo, es decir, convergente. Estos rayos reflejados encuentran un espejo que los enva 
al ocular dispuesto de modo que aumenta la imagen producida.
As pues, en los anteojos, la refraccin desempea el papel principal, y en los 
telescopios la reflexin. De aqu el nombre de refractores dado a los primeros, y el de 
reflectores dado a los segundos. Toda la dificultad de ejecucin de estos aparatos de 
ptica estriba en la construccin de los objetivos, ya sean lentes ya sean espejos 
metlicos.
Sin embargo, en la poca en que el Gun-Club intent su colosal experimento, estos 
instrumentos se hallaban muy perfeccionados y daban resultados magnficos. Estaba ya 
lejos aquel tiempo en que Galileo observ los astros con su pobre anteojo que no 
aumentaba las imgenes ms que siete veces su propio tamao. Ya en el siglo xvi los 
aparatos de ptica se ensancharon y prolongaron de una manera considerable, y 
permitieron penetrar en los espacios planetarios a una profundidad hasta entonces 
desconocida. Entre los instrumentos refractores que funcionaban en aquella poca, se 
citan el anteojo del observatorio de Poltava, en Rusia, cuyo objetivo era de 15 pulgadas 
(38 centmetros) de ancho, el anteojo del ptico francs Lerebours, provisto de un 
objetivo igual al precedente, y, en fin, el anteojo del observatorio de Cambridge, dotado 
de un objetivo que tiene 19 pulgadas de dimetro (48 centmetros).
Entre los telescopios se conocan dos de una potencia notable y de dimensin 
gigantesca. El primero, construido por Herschel, era de una longitud de 36 pies y posea 
un espejo que tena 4 pies y medio de ancho, permitiendo obtener seis mil aumentos. El 
segundo se levantaba en Irlanda, en Bircastle, en el parque de Parsonstown, y perteneca 
a lord Rosse. La longitud de su tubo era de 48 pies, y de 6 pies (1,60 metros) su anchura, 
y agrandaba los objetos seis mil cuatrocientas veces, habiendo sido preciso levantar una 
inmensa construccin de cal y canto para disponer los aparatos que requera la maniobra 
del instrumento, el cual pesaba 28.000 libras.
Pero, como se ve, a pesar de tan colosales dimensiones, los aumentos obtenidos no 
pasaban, en nmeros redondos, de seis mil. Pero seis mil aumentos no aproximan la Luna 
ms que a 39 millas y slo dejan percibir los objetos que tienen un dimetro de 60 pies, a 
no ser que estos objetos sean muy prolongados.
Ahora se trataba de un proyectil de 9 pies de ancho y 15 de largo, por to que era 
menester acercar por to menos la Luna a la distancia de 5 millas, y producir al efecto un 
aumento de cuarenta y ocho mil veces.
Tal era la cuestin que tena que resolver el observatorio de Cambridge, el cual no 
deba detenerse por ninguna dificultad econmica, y, por consiguiente, slo haba que 
pensar en resolver las materiales.
En primer lugar, fue preciso optar entre los telescopios y los anteojos. stos tienen 
ventajas sobre los telescopios. En igualdad de objetivos, permiten obtener aumentos ms 
considerables, porque los rayos luminosos que atraviesan las lentes pierden menos por la 
absorcin que por la reflexin en el espejo metlico de los telescopios. Pero el grueso que 
se puede dar a una lente es limitado, porque, siendo mucho, no deja pasar los rayos 
luminosos. Adems, la construccin de tan enormes lentes es excesivamente difcil y se 
cuenta por aos el tiempo considerable que exige.
Pero aunque las imgenes se presentan ms claras en los anteojos, ventaja inapreciable 
cuando se trata de observar la Luna, cuya luz es simplemente reflejada, se resolvi 
emplear el telescopio, que es de una ejecucin ms pronta y permite obtener mayor 
aumento. Slo que, como los rayos luminosos pierden una gran parte de su intensidad 
atravesando la atmsfera, el Gun-Club determin colocar el instrumento en una de las 
ms elevadas montaas de la Unin, to que haba de disminuir la densidad de las capas 
areas.
En los telescopios, como hemos visto, el ocular, es decir, la lente colocada en el ojo del 
observador produce el aumento, y el objetivo que consiente los aumentos ms 
considerables es aquel cuyo dimetro es mayor as como tambin la distancia focal. Para 
agrandar cuarenta y ocho mil veces, preciso era exceder singularmente en magnitud los 
objetivos de Herschel y de lord Rosse. En esto consista la dificultad, porque la fundicin 
de los espejos es una operacin sumamente delicada.
Afortunadamente, algunos aos antes, un sabio del Instituto de Francia, Len Foucault, 
haba inventado un procedimiento que haca muy fcil y muy pronta la pulimentacin de 
los objetivos, reemplazando el espejo metlico con espejos plateados. Basta fundir un 
pedazo de vidrio del tamao que se quiera y metalizarlo enseguida con una sal de plata. 
Este procedimiento, cuyos resultados son excelentes, fue el adoptado para la fabricacin 
del objetivo.
Adems, se les dispuso segn el mtodo ideado por Herschel para sus telescopios. En el 
gran aparato del astrnomo de Slough, la imagen de los objetos, reflejada por el espejo 
inclinado hacia el fondo del tubo, vena a presentarse en el otro extremo en que se hallaba 
situado el ocular. De esta manera el observador, en lugar de colocarse en la parte inferior 
del tubo, suba a la superior, y a11, armado de su carta, abismaba su mirada en el enorme 
cilindro. Esta combinacin tiene la ventaja de suprimir el pequeo espejo destinado a 
volver a enviar la imagen al ocular. La imagen, en lugar de dos reflexiones, no sufre ms 
que una. Hay, por consiguiente, un nmero menor de rayos luminosos extinguidos, por to 
que la imagen aparece menos debilitada, y se obtiene mayor claridad, que era una ventaja 
preciosa en la observacin que deba hacerse.
Tomadas estas resoluciones empezaron los trabajos. Segn los clculos de la direccin 
del observatorio de Cambridge, el tubo del nuevo reflector deba tener 280 pies de 
longitud y su espejo 16 pies de dimetro. Por colosal que fuese semejante instrumento, no 
era comparable a aquel telescopio de 10.000 pies (3 kilmetros y medio) de longitud, que 
el astrnomo Hooke propona construir algunos aos atrs. A pesar de todo, la colocacin 
del aparato presentaba grandes dificultades.
En cuanto a la cuestin del sitio, qued muy pronto resuelta. Tratbase de escoger una 
montaa alta, y las montaas altas no son numerosas en los Estados Unidos. En efecto, el 
sistema orogrfico de este gran pas se reduce a dos cordilleras de una mediana altura 
entre las cuales corre el magnfico Mississippi, que los americanos llamaran el rey de los 
ros si admitiesen un rey cual-
quiera.
Al Este se levantan los Apalaches, cuya cima ms elevada, en New Hampshire, no pasa 
de 5.600 pies, to que es muy modesto.
Al Oeste, al contrario, se encuentran las montaas Rocosas, inmensa cordillera que 
empieza en el estrecho de Magallanes, sigue la costa occidental de la Amrica del Sur 
bajo el nombre de Andes o Cordillera, salva el istmo de Panam y corre atravesando la 
Amrica del Norte hasta las playas del mar polar.
Estas montaas no son muy elevadas. Los Alpes o el Himalaya las miraran con el ms 
soberano desdn desde to alto de su estatura. Su ms elevada cima no tiene ms que 
10.700 pies, al paso que el Mont-Blanc mide 14.430, y el Kanchenjunga, en el Himalaya, 
26.776 sobre el nivel del mar.
Pero como el Gun-Club estaba empeado en que el telescopio, lo mismo que el 
columbiad, se colocase en los Estados de la Unin, fue preciso contentarse con las 
montaas Rocosas, y todo el material necesario se dirigi a la cima de Long's Peak, en el 
territorio del Missouri.
La pluma y la palabra no podran expresar las dificultades de todo gnero que los 
ingenieros americanos tuvieron que vencer, y los prodigios que hicieron de habilidad y 
audacia. Aquello fue un verdadero esfuerzo sobrehumano. Hubo necesidad de subir 
piedras enormes, colosales piezas de fundicin, abrazaderas de extraordinario peso, 
gigantescas piezas cilndricas, y el objetivo, que pesaba l solo ms de 20.000 libras, ms 
a11 del lmite de las nieves perpetuas a ms de 10.000 pies de altura, despus de haber 
atravesado praderas desiertas, bosques impenetrables, torrentes espantosos, lejos de todos 
los centros de poblacin, en medio de regiones salvajes en que cada pormenor de la 
existencia se convierte en un problema casi insoluble. Y el genio de los americanos 
triunf de tantos y tan inmensos obstculos. Menos de un ao despus de haberse 
principiado los trabajos, en los ltimos das del mes de septiembre, el gigantesco reflector 
levantaba en el aire un tubo de 380 pies. Estaba suspendido de un enorme andamio de 
hierro, permitiendo un mecanismo ingenioso dirigirlo fcilmente hacia todos los puntos 
del cielo y seguir los astros de uno a otro horizonte durante su marcha por el espacio.
Haba costado ms de 400.000 dlares. La primera vez que se enfoc a la Luna, los 
observadores experimentaron una sensacin de curiosidad a inquietud a un mismo 
tiempo. Qu iban a descubrir en el campo de aquel telescopio que aumentaba cuarenta y 
ocho mil veces los objetos observados? Poblaciones? No, nada que la ciencia no 
conociese ya, y en todos los puntos de su disco la naturaleza volcnica de la Luna pudo 
determinarse con una precisin absoluta.
Pero el telescopio de las montaas Rocosas, antes de prestar sus servicios al Gun-Club, 
los prest inmensos a la astronoma. Gracias a su poder de penetracin, las profundidades 
del cielo fueron sondeadas hasta los ltimos lmites, se pudo medir rigurosamente el 
dimetro aparente de un gran nmero de estrellas, y el seor Clarke, del observatorio de 
Cambridge, descompuso la nebulosa del Cangrejo, en la constelacin del Toro, que no 
haba podido reducir jams el reflector de lord Rosse.

XXV
ltimos pormenores
Haba llegado el 22 de noviembre, y diez das despus deba verificarse la partida 
suprema. Ya no quedaba por hacer ms que una operacin, pero era una operacin 
delicada, peligrosa, que exiga precauciones infinitas, y contra cuyo xito el capitn 
Nicholl haba hecho su tercera apuesta. Tratbase de cargar el columbiad introduciendo 
en l 400.000 libras de fulmicotn. Nicholl opinaba, tal vez con fundamento, que la 
manipulacin de una cantidad tan formidable de pirxilo acarreara graves catstrofes, y 
que esta masa eminentemente explosiVa se inflamara por s misma bajo la presin del 
proyectil.
Aumentaban la inminencia del peligro la indiscrecin y ligereza de los americanos, que 
durante la guerra federal solan cargar sus bombas con el cigarro en la boca. Pero 
Barbicane esperaba salirse con la suya y no naufragar a la entrada del puerto. Escogi sus 
mejores operarios, les hizo trabajar bajo su propia inspeccin, no les perdi un momento 
d vista y, a fuerza de prudencia y precauciones, consigui inclinar a su favor todas las 
probabilidades de xito.
Se guard muy bien de mandar conducir todo el cargamento al recinto de Stone's Hill. 
Hzolo llegar poco a poco en cajones perfectamente cerrados. Las 400.000 libras de 
pirxilo se dividieron en paquetes de a 5.000 libras, to que formaba 800 gruesos 
cartuchos elaborados con esmero por los ms hbiles trabajadores de Pensacola. Cada 
cajn contena 10 cartuchos y llegaban uno tras otro por el ferrocarril de Tampa; de este 
modo no haba nunca a la vez en el recinto ms de 5.000 libras de pirxilo. Cada cajn, al 
llegar, era descargado por operarios que andaban descalzos, y cada cartucho era trans-
portado a la boca del columbiad, bajndolo al fondo por medio de gras movidas a brazo. 
Se haban alejado todas las mquinas de vapor, y apagado todo fuego a dos millas a la 
redonda. Bastantes dificultades haba en preservar aquellas cantidades de fulmicotn de 
los ardores del sol, aunque fuese en noviembre.
As es que se trabajaba principalmente de noche a la claridad de una luz producida en el 
vaco, la cual, por medio de los aparatos de Ruhmkorff, creaba un da artificial hasta el 
fondo del columbiad. All se colocaban los cartuchos con perfecta regularidad y se unan 
entre s por medio de un hilo metlico destinado a llevar simultneamente la chispa 
elctrica al centro de cada uno de ellos.
En efecto, el fuego deba comunicarse al algodn plvora por medio de la pila. Todos 
los hilos, cubiertos de una materia aislante, venan a reunirse en uno solo, convergiendo 
de un pequeo orificio abierto a la altura del proyectil; por aquel agujero atravesaban la 
gruesa pared de fundicin y suban a la superficie del suelo por uno de los respiraderos 
del revestimiento de piedra conservado con este objeto. Llegado ya a la cspide de Sto-
ne's Hill, el hilo, que estaba sostenido por postes, a manera de los hilos telegrficos, en un 
trayecto de dos millas, se una a una poderosa pila de Bunsen pasando por un aparato 
interruptor. Bastaba, pues, pulsar con el. dedo el botn del aparato para establecer 
instantneamente la corriente y prender fuego a las 400.000 libras de fulmicotn. Noes 
necesario decir que la pila no deba entrar en funcionamiento hasta el ltimo instante.
El 28 de noviembre, los 800 cartuchos estaban debidamente colocados en el fondo del 
columbiad. Esta parte de la operacin se haba llevado a cabo felizmente. Pero cuntas 
zozobras, cuntas inquietudes, cuntos sobresaltos haba sufrido el presidente Barbicane! 
Cuntas luchas haba tenido que sostener! En vano haba prohibido la entrada en Stone's 
Hill; todos los das los curiosos armaban escndalos en las empalizadas, algunos, 
llevando la imprudencia hasta la locura, fumaban en medio de las cargas de fulmicotn. 
Barbicane se pona furioso y to mismo J. T. Maston, que echaba a los intrusos con la 
mayor energa, y recoga las colillas de cigarro que los yanquis tiraban de cualquier 
modo. La tarea era ruda, porque pasaban de 300.000 individuos los que se agrupaban 
alrededor de las empalizadas. Michel Ardan se haba ofrecido a escoltar los cajones hasta 
la boca del columbiad; pero habindole sorprendido a l mismo con un enorme cigarro en 
la boca, mientras persegua a los imprudentes a quienes daba mal ejemplo, el presidente 
del Gun-Club vio que no poda contar con un fumador tan empedernido, y, en lugar de 
nombrarle vigilante, orden que fuese vigilado muy especialmente.
En fin, como hay un Dios para los artilleros, el columbiad se carg y todo fue a pedir de 
boca. Mucho peligro corra el capitn Nicholl de perder su tercera apuesta.
An haba que introducir el proyectil en el columbiad y colocarlo sobre el fulmicotn.
Pero antes de proceder a esta operacin, se dispusieron con orden.en el vagn proyectil 
los objetos que el viaje requera. stos eran bastante numerosos; y, si se hubiese dejado 
hacer a Michel Ardan, habran ocupado muy pronto todo el espacio reservado a los 
viajeros. Nadie es capaz de figurarse to que el buen francs quera llevar a la Luna. Una 
verdadera pacotilla de superfluidades. Pero Barbicane intervino y todo se redujo a to es-
trictamente necesario.
Se colocaron en el cofre de los instrumentos varios termmetros, barmetros y 
anteojos.
Los viajeros tenan curiosidad de examinar la Luna durante la travesa, y para facilitar 
el reconocimiento de su nuevo mundo, iban provistos de un excelente mapa de Beer y 
Moedler, Mapa selenographica, publicado en cuatro hojas, que pasa, con razn, por una 
verdadera obra maestra de observacin y paciencia. En dicho mapa se reproducen con 
escrupulosa exactitud los ms insignificantes pormenores de la porcin del astro que mira 
a la Tierra; montaas, valles, circos, crteres, picos, ranuras, se ven en l con sus 
dimensiones exactas, con su fiel orientacin, y hasta con su denominacin propia, desde 
los montes Doerfel y Leibniz, cuya alta cima descuella en la parte oriental del disco, 
hasta el mar del Fro, que se extiende por las regiones circumpolares del Norte.
Era, pues, un precioso documento para los viajeros porque les permita estudiar el pas 
antes de entrar en l.
Llevaban tambin tres rifles y tres escopetas que disparaban balas explosivas, y, 
adems, plvora y balas en gran cantidad.
-No sabemos con quin tendremos que habrnoslas -deca Michel Ardan-. Podemos 
encontrar hombres o animales que tomen a mal nuestra visita. Es, pues, preciso tomar 
precauciones.
A ms de los instrumentos de defensa personal, haba picos, azadones, sierras de mano 
y otras herramientas indispensables, sin hablar de los vestidos adecuados a todas las 
temperaturas, desde el fro de las regiones polares hasta el calor de la zona trrida.
Michel Ardan hubiera querido llevarse cierto nmero de animales, aunque no un par de 
cada especie de todas las conocidas, pues l no vea la necesidad de aclimatar en la Luna 
serpientes, tigres, cocodrilos y otros animales dainos.
-No -deca a Barbicane-, pero algunas bestias de carga, toros, asnos o caballos, haran 
buen efecto en el pas y nos seran sumamente tiles.
-Convengo en ello, mi querido Ardan -responda el presidente del Gun-Club-, pero 
nuestro vagn proyectil no es el arca de No. No tiene su capacidad, ni tampoco su 
objeto. No traspasemos los lmites de lo posible.
En fin, despus de prolijas discusiones, qued convenido que los viajeros se 
contentaran con llevar una excelente perra de caza perteneciente a Nicholl y un vigoroso 
perro de Terranova de una fuerza prodigiosa. En el nmero de los objetos indispensables 
se incluyeron algunas cajas de granos y semillas tiles. Si hubiesen dejado a Michel 
Ardan despacharse a su gusto, habra llevado tambin algunos sacos de tierra para 
sembrarlas. Ya que no pudo hacer todo to que quera, carg con una docena de arbustos 
que, envueltos en paja con el mayor cuidado, fueron colocados en un rincn del proyectil.
Quedaba an la importante cuestin de los vveres, pues era preciso prepararse para el 
caso en que se llegase a una comarca de la Luna absolutamente estril. Barbicane se to 
arreg de modo que reuni vveres para un ao. Pero debemos advertir, para que nadie se 
haga cruces ni ponga en cuarentena to que decimos, que los vveres consistieron en 
conservas de carnes y legumbres reducidas a su menor volumen posible bajo la accin de 
la prensa hidrulica, y que contenan una gran cantidad de elementos nutritivos; verdad es 
que no eran muy variados, pero en una expedicin era preciso no andarse con dengues y 
zalameras. Haba tambin una reserva de aguardiente que se elevaba a unos 50 
galones(1) y agua nada ms que para dos meses, pues, segn las ltimas observaciones de 
los astrnomos nadie poda poner en duda la presencia de cierta cantidad de agua en la 
superficie de la Luna. En cuanto a los vveres, insensatez hubiera sido creer que 
habitantes de la Tierra no haban de encontrar a11 arriba con qu alimentarse. Acerca del 
particular, Michel Ardan no abrigaba la menor duda. Si la hubiese abrigado, no hubiera 
pensado siquiera en emprender el peligroso viaje.
1. Cerca de 200 litros.

-Por otra parte -dijo un da a sus amigos-, no quedaremos completamente abandonados 
de nuestros camaradas de la Tierra y ellos procurarn no olvidarnos.
-Claro que no! -respondi J. T. Maston.
-En qu se funda usted? -pregunt Nicholl.
-Muy sencillamente -respondi Ardan-. No quedar siempre aqu el columbiad? Pues 
bien! Cuantas veces la Luna se presente en condiciones favorables de cenit, ya que no de 
perigeo, es decir, una vez al ao a poca diferencia, no se nos podrn enviar granadas 
cargadas de vveres, que nosotros recibiremos en da fijo?
-Hurra! Hurra! -exclam J. T. Maston, como hombre a quien se ha ocurrido una idea-. 
Muy bien dicho! Perfectamente dicho! No, en verdad, queridos amigos, no os 
olvidaremos!
-Cuento con ello! As pues, ya to veis, tendremos regularmente noticias del globo, y, 
por to que a nosotros toca, muy torpes hemos de ser para no hallar medio de ponernos en 
comunicacin con nuestros buenos amigos de la Tierra.
Haba en estas palabras tal confianza, que Michel Ardan, con su resuelto continente y 
su soberbio aplomo, hubiera arrastrado en pos de s a todo el Gun-Club. Lo que l deca 
pareca sencillo, elemental, fcil, de un xito asegurado, y hubiera sido necesario tener un 
apego mezquino a este miserable globo terrqueo para no seguir a los tres viajeros en su 
fantstica expedicin lunar.
Cuando estuvieron debidamente colocados en el proyectil todos los objetos, se 
introdujo entre sus tabiques el agua destinada a amortiguar la repercusin, y el gas para el 
alumbrado se encerr en su recipiente. En cuanto el clorato de potasa y a la potasa 
custica, Barbicane, temiendo en el camino retrasos imprevistos, se llev una cantidad 
suficiente para renovar por espacio de dos meses el oxgeno y absorber el carbnico. Un 
aparato sumamente ingenioso que funcionaba automticamente, se encargaba de devolver 
al aire sus cualidades vivificadoras y de purificarlo completamente. El proyectil estaba, 
pues, en disposicin de echar a volar, y ya no faltaba ms que bajarlo al columbiad. La 
operacin estaba erizada de dificultades y peligros.
Se traslad la enorme granada a la cspide de Stone's Hill, donde gras de gran 
potencia se apoderaron de ella y la tuvieron suspendida encima del pozo de metal.
Aquel momento fue palpitante. Si las cadenas no pudiendo resistir un peso tan grande, 
se hubiesen roto, la cada de una mole tan enorme hubiera indudablemente determinado 
la inflamacin del fulmicotn.
Afortunadamente nada de esto sucedi, y algunas horas despus el vagn proyectil, 
bajando poco a poco por el nima del can, se acost en su lecho de pirxilo, verdadero 
edredn fulminante. Su presin no hizo ms que atacar con mayor fuerza la carga del 
columbiad.
-He perdido -dijo el capitn, entregando al presidente Barbicane una suma de 3.000 
dlares.
Barbicane no quera recibir cantidad alguna de un compaero de viaje, pero tuvo que 
ceder a la obstinacin de Nicholl, el cual deseaba cumplir todos los compromisos antes 
de abandonar la Tierra.
-Entonces -dijo Michel Ardan-, ya no tengo que desearos ms que una cosa, mi bravo 
capitn.
-Cul? -pregunt Nicholl.
-Que perdis vuestras otras dos apuestas -respondi el francs-. As estaremos seguros 
de no quedarnos en el camino.

XXVI
Fuego!
Haba llegado el primero de diciembre, da decisivo, porque si la partida del proyectil 
no se efectuaba aquella misma noche, a las diez y cuarenta y seis minutos y cuarenta 
segundos, ms de dieciocho aos tendran que transcurrir antes de que la Luna se 
volviese a presentar en las mismas condiciones simultneas de cenit y perigeo.
El tiempo era magnfico. A pesar de aproximarse el invierno, el Sol resplandeca y 
baaba con sus radiantes efluvios la Tierra, que tres de sus habitantes iban a abandonar en 
busca de un nuevo mundo.
Cuntas gentes durmieron mal durante la noche que precedi a aquel da tan 
impacientemente deseado! Cuntos pechos estuvieron oprimidos bajo el peso de una 
ansiedad penosa! Todos los corazones palpitaron inquietos, a excepcin del de Michel 
Ardan! Este impasible personaje iba y vena con su habitual movilidad, pero nada 
denunciaba en l una preocupacin inslita. Su sueo haba sido pacfico, como el de 
Turena al pie del can, antes de la batalla.
Despus que amaneci, una innumerable muchedumbre cubra las praderas que se 
extienden hasta perderse de vista alrededor de Stone's Hill. Cada cuarto de hora, el 
ferrocarril de Tampa acarreaba nuevos curiosos. La inmigracin tom luego proporciones 
fabulosas y, segn los registros del Tampa Town Observer durante aquella memorable 
jornada, hollaron con su pie el suelo de Florida alrededor de cinco millones de 
espectadores.
Un mes haca que la mayor parte de aquella multitud vivaqueaba alrededor del recinto, 
y echaba los cimientos de una ciudad que se llam despus Ardan's Town. Erizaban la 
llanura barracas, cabaas, bohos, tiendas, toldos, rancheras, y estas habitaciones 
efmeras abrigaron una poblacin bastante numerosa para causar envidia a las mayores 
ciudades de Europa.
All tenan representantes todos los pueblos de la Tierra; a11 se hablaban a la vez todos 
los dialectos del mundo. Reinaba la confusin de lenguas, como en los tiempos bblicos 
de la torre de Babel. All las diversas clases de la sociedad americana se confundan en 
una igualdad absoluta. Banqueros, labradores, marinos, comerciantes, corredores, 
plantadores de algodn, negociantes; banqueros y magistrados se codeaban con una 
sencillez primitiva. Los criollos de Luisiana fraternizaban con los terratenientes de 
Indiana; los aristcratas de Kentucky y de Tennessee, los virginianos elegantes y al-
taneros, departan de igual a igual con los cazadores medio salvajes de los lagos y con los 
traficantes de bueyes de Cincinnati. Cubran unos su cabeza con sombreros de castor, de 
anchas alas, otros con el clsico panam; quin, vesta pantalones azules de algodn; 
quin, iba ataviado con elegantes blusas de lienzo crudo; unos calzaban botines de 
colores brillantes; otros ostentaban extravagantes chorreras de batista y hacan centellear 
en su camisa, en sus bocamangas, en su corbata, en sus diez dedos, y hasta en los lbulos 
de sus orejas, todo un surtido de sortijas, alfileres, brillantes, cadenas, aretes y otras 
zarandajas cuyo valor era igual a su mal gusto. Mujeres, nios, criados, con trajes no 
menos opulentos, acompaaban, seguan, precedan, rodeaban a estos maridos, estos 
padres, estos seores, que parecan jefes de tribu en medio de sus innumerables familias.
A la hora de comer era de ver cmo aquella multitud se precipitaba sobre los platos 
tpicos del Sur y cmo devoraba, con un apetito capaz de producir una escasez de 
alimentos en Florida, manjares que repugnaran a un estmago europeo, tales como ranas 
en pepitoria, monos estofados, fischower,(1) didelfo frito, zorra casi cruda, o magras de 
oso asadas a la parrilla.
1. Manjar compuesto de diferentes pescados.

Pero, tambin, cun grande era para facilitar la digestin de manjares tan indigestos, la 
variada serie de licores! Qu gritos tan estruendosos, qu vociferaciones tan apremiantes 
resonaban en las tabernas, provistas abundantemente de vasos, copas, frascos, garrafas, 
botellas y otras vasijas de formas inverosmiles, con morteros para pulverizar el azcar y 
con paquetes de paja!
-Julepe de hierbabuena! -gritaba con voz sonora un vendedor.
-Ponche de vino de Burdeos! -replicaba otro, con un tono que pareca estar gruendo.
Gin-sling! -repeta otro.
-El buen cctel! El buen brandy-smash! -decan otros varios.
-Quin quiere el verdadero ment-julep a la ltima modal -entonaban algunos 
mercaderes diestros, haciendo pasar rpidamente de un vaso a otro, con la habilidad de un 
jugador de dados, el azcar, el limn, la hierbabuena, el hielo, el agua, el coac y la pia 
de Amrica, que componen una excelente bebida refrescante.
En los das siguientes, invitaciones dirigidas a los gaznates alterados por la accin 
ardiente de las especies se repetan y cruzaban incesantemente, produciendo una 
barahnda de todos los diablos. Pero en aquel primero de diciembre los gritos eran raros. 
En vano los vendedores se hubieran puesto roncos para estimular a la gente. Nadie 
pensaba en comer ni en beber, y a las cuatro de 1a tarde eran muchos los espectadores, 
muchos los que componan aquella inmensa multitud, que no haban an tomado su 
acostumbrado aperitivo. Haba otro sntoma ms significativo: la violenta pasin de los 
americanos por los juegos de azar era vencida por la agitacin que se notaba en todas 
partes. Bien se conoca que el gran acontecimiento que se aguardaba embargaba todos los 
sentidos y no dejaba lugar a ninguna distraccin, al ver que las bolas de billar no salan de 
las troneras, que los dados del chaquete dorman en sus cubiletes, que la ruleta 
permaneca inmvil, que los naipes de whist, de la veintiuna, del rojo y negro, del monte 
y del faro, permanecan tranquilamente encerrados en sus cubiertas intactas.
Durante el da corri entre aquella multitud ansiosa una agitacin sorda, sin gritos, 
como la que precede a las grandes catstrofes. Un malestar indescriptible reinaba en los 
nimos, un entorpecimiento penoso, un sentimiento indefinible que oprima el corazn. 
Todos hubieran querido que el suceso hubiese ya terminado.
Sin embargo, a eso de las siete se disip de pronto aquel pesado silencio. La Luna 
apareci en el horizonte. Su aparicin fue saludada por millares de hurras. Haba acudido 
puntualmente a la cita. Los clamores suban al cielo; los aplausos partieron de todos los 
puntos, y, entretanto, la blanca Febe, brillando pacficamente en un cielo admirable, 
acariciaba la multitud con sus rayos ms afectuosos.
En aquel momento se presentaron los intrpidos viajeros. Se centuplic a su llegada el 
general clamoreo. Unnime a instantneamente el himno nacional de los Estados Unidos 
se escap de todos los pechos anhelantes, y el Yankee doodle, cantado a coro por cinco 
millones de voces, se elev como una tempestad sonora hasta los ltimos lmites de la 
atmsfera.
Despus de este irresistible arranque, el himno ces; las ltimas armonas se 
extinguieron poco a poco, las notas se perdieron y disiparon en el espacio, un rumor 
silencioso flot sobre aquella multitud tan profundamente impresionada.
Sin embargo, el francs y los dos americanos haban entrado en el recinto reservado, a 
cuyo alrededor se agolpaba la inmensa muchedumbre. Les acompaaban los miembros 
del Gun-Club y delegaciones enviadas por los observatorios europeos. Barbicane, fro y 
sereno, daba tranquilamente sus ltimas rdenes. Nicholl, con los labios apretados y las 
manos cruzadas a la espalda, andaba con paso firme y mesurado. Michel Ardan, siempre 
despreocupado, en traje de perfecto viajero, con las polainas de cuero, con la bolsa de 
camino colgada del hombro y el cigarro en la boca, distribua, al pasar, sendos apretones 
de manos con una prodigalidad de prncipe. Su verbosidad era inagotable. Alegre, 
risueo, dicharachero, haca al digno J. T. Maston muecas de pilluelo. En una palabra, era 
francs, y, to que es peor an, parisiense hasta la mdula.
Dieron las diez. Haba llegado el momento de colocarse en el proyectil, pues la 
maniobra necesaria para bajar a l, atornillar la tapa y quitar las gras y los andamios 
inclinados sobre la boca del columbiad, exigan algn tiempo.
Barbicane haba arreglado su cronmetro, que no discrepaba una dcima de segundo 
del reloj del ingeniero Murchison, encargado de prender fuego a la plvora por medio de 
la chispa elctrica. De esta manera los viajeros encerrados en el proyectil podran seguir 
tambin con su mirada la impasible manecilla hasta que marcase el instante preciso de su 
partida.
Haba, pues, llegado el momento de la despedida. La escena fue pattica, y hasta el 
mismo Michel Ardan, no obstante su jovialidad febril, se sinti conmovido. J. T. Maston 
haba hallado bajo sus prpados secos una antigua lgrima que reservaba sin duda para 
aquella ocasin, y la verti en el rostro de su querido y bravo presidente.
-Si yo partiese! -dijo-. An es tiempo!
-Imposible, mi querido amigo Maston! -respondi Barbicane.
Algunos instantes despus, los tres compaeros ocupaban su puesto en el proyectil y 
haban ya atornillado interiormente la tapa. La boca del columbiad, enteramente 
despejada, se abra libremente hacia el cielo.
Nicholl, Barbicane y Michel Ardan se hallaban definitivamente encerrados en su vagn 
de metal.
Quin sera capaz de pintar la ansiedad universal llegada entonces a su paroxismo?
La Luna avanzaba en un firmamento de lmpida pureza, apagando al pasar el centelleo 
de las estrellas. Recorra entonces la constelacin de Gminis, y se hallaba casi a la mitad 
del camino del horizonte y el cenit. No haba, pues, quien no pudiese comprender 
fcilmente que se apuntaba delante del objeto, como apunta el cazador delante de la 
liebre que quiere matar y no a la liebre misma.
Un silencio imponente y aterrador pesaba sobre toda la escena. Ni un soplo de viento 
en la tierra! Ni un soplo en los pechos! Los corazones no se atrevan a palpitar. Todas las 
miradas convergan azoradas en la boca del columbiad.
Murchison segua con la vista la manecilla de su cronmetro. Apenas faltaban cuarenta 
segundos para el momento de la partida, y cada uno de ellos duraba un siglo.
Hubo al vigsimo un estremecimiento universal, y no hubo uno solo en la multitud que 
no pensase que los audaces viajeros encerrados en el proyectil contaban tambin aquellos 
terribles segundos. Se escaparon gritos aislados.
-Treinta y cinco! Treinta y seis! Treinta y siete! Treinta y ocho! Treinta y nueve! 
Cuarenta! Fuego!
Inmediatamente, Murchison, apretando con el dedo el interruptor del aparato, estableci 
la corriente y lanz la chispa elctrica al fondo del columbiad.
Una detonacin espantosa, inaudita, sobrehumana, de la que no hay estruendo alguno 
que pueda dar la ms dbil idea, ni los estallidos del rayo, ni el estrpito de las 
erupciones, se produjo instantneamente. Un haz inmenso de fuego sali de las entraas 
de la tierra como de un crter. El suelo se levant, y apenas hubo uno que otro espectador 
que pudiera entrever un instante el proyectil hendiendo victoriosamente el aire en medio 
de inflamados vapores.


CAPTULO XXVII
Tiempo nublado
En el momento de elevarse al cielo a una prodigiosa altura, la candente luz, la llama 
dilatada ilumin Florida entera, y hubo un momento de incalculable brevedad en que el 
da sustituy a la noche en una considerable extensin de territorio. El inmenso penacho 
de fuego se percibi desde 100 millas en el mar, to mismo en el golfo que en el Atlntico, 
y ms de un capitn anot en su diario de a bordo la aparicin de aquel gigantesco me-
teoro.
La detonacin del columbiad fue acompaada de un verdadero terremoto. Florida sinti 
la sacudida hasta el fondo de sus entraas. Los gases de la plvora, dilatados por el calor, 
rechazaron con incomparable violencia las capas atmosfricas, y aquel huracn artificial, 
cien veces ms rpido que el huracn de las tormentas, cruz el aire como una tromba.
Ni un solo espectador qued en pie. Hombres, mujeres, nios, todos fueron derribados 
como espigas sacudidas por el viento de la tempestad; hubo un tumulto formidable; 
muchas personas al caer se hirieron gravemente; y J. T. Maston, que imprudentemente se 
coloc demasiado cerca de la pieza, fue arrojado a 20 toesas y pas como una bala por 
encima de la cabeza de sus conciudadanos. Trescientas mil personas quedaron 
momentneamente sordas y como heridas de estupor.
La corriente atmosfrica, despus de haber derribado barracas, hundido chozas, 
desarraigado rboles en un radio de 20 millas, arrojado los trenes de los rales, hasta 
Tampa, cay sobre esta ciudad como un alud, y destruy un centenar de edificios, entre 
otros la iglesia de Santa Mara y el nuevo palacio de la bolsa, que se agriet en toda su 
longitud. Algunos buques del puerto, chocando unos contra otros, se fueron a pique y 
diez embarcaciones, ancladas en la rada, se estrellaron en la costa, despus de haber roto 
sus cadenas como si fuesen hebras de algodn.
Pero el crculo de las devastaciones se extendi ms lejos an, y ms all de los lmites 
de los Estados Unidos. El efecto de la repercusin, ayudada por los vientos del Oeste, se 
dej sentir en el Atlntico a ms de 300 millas de las playas americanas. Una tempestad 
ficticia, una tempestad inesperada, que no haba podido prever el almirante Fitz Roy, 
puso en dispersin su escuadra; y muchos buques, envueltos en espantosos torbellinos 
que no les dieron tiempo de cargar ni rizar una sola vela, zozobraron en un instante, entre 
ellos el Child-Herald, de Liverpool, lamentable catstrofe que fue objeto de las ms vivas 
reclamaciones de la prensa de la Gran Bretaa.
En fin,-y para decirlo todo, si bien el hecho no tiene ms garanta que la afirmacin de 
algunos indgenas, media hora despus de la partida del proyectil, algunos habitantes de 
Gorea y de Sierra Leona pretendieron haber percibido una conmocin sorda, ltima 
vibracin de las ondas sonoras que, despus de haber atravesado el Atlntico, iba a morir 
en las costas africanas.
Pero volvamos a Florida. Pasado el primer instante del tumulto, los heridos, los sordos, 
todos los que componan la multitud, salieron de su asombro y lanzaron gritos frenticos, 
vitoreando a Ardan, a Barbicane y a Nicholl. Millones de hombres, armados de 
telescopios y anteojos de largo alcance, interrogaban el espacio, olvidando las 
contusiones para no pensar mas que en el proyectil. Pero to buscaban en vano. No se le 
poda ya distinguir, y era preciso resignarse a aguardar a que llegaran los telegramas de 
Long's Peak. El director del observatorio de Cambridge ocupaba su puesto en las 
montaas Rocosas, siendo l, astrnomo hbil y perseverante, a quien se haban confiado 
las observaciones.
Pero un fenmeno imprevisto, aunque fcil de prever, y contra el cual nada podan los 
hombres, someti la impaciencia pblica a una ruda prueba.
El tiempo, hasta entonces tan sereno, se ech a perder de pronto; el cielo se cubri de 
oscuras nubes. Poda suceder otra cosa, despus de la revolucin terrible que 
experimentaron las capas atmosfricas y de la dispersin de la cantidad enorme de 
vapores procedentes de la deflagracin de 400.000 libras de pirxilo? Todo el orden 
natural se haba perturbado, to que no puede asombrar a los que saben que con frecuencia 
en los combates navales se ha visto modificarse de pronto el estado atmosfrico por las 
descargas de la artillera.
El Sol, al da siguiente, se levant en un horizonte cargado de espesas nubes, que 
formaban entre el cielo y la tierra una pesada a impenetrable cortina que se extendi 
desgraciadamente hasta las regiones de las montaas Rocosas.
Fue una fatalidad. De todas partes del globo se elev un concierto de reclamaciones. 
Pero la naturaleza no hizo de ellas ningn caso, y justo era, ya que los hombres haban 
turbado la atmsfera con su caonazo, que sufriesen las consecuencias.
Durante el primer da, no hubo quien no tratase de penetrar el velo opaco de las nubes, 
pero todos perdieron el tiempo miserablemente. Adems, todos miraban errneamente al 
cielo, pues, a consecuencia del movimiento diurno del globo, el proyectil deba necesaria-
mente pasar entonces por la lnea de los antpodas.
Como quiera que sea, cuando la Tierra qued envuelta en las tinieblas de una noche 
impenetrable y profunda, fue imposible percibir la Luna levantada en el horizonte, como 
si expresamente la casta Diana se ocultase a las miradas de los temerarios o profanos que 
haban hecho fuego contra ella. No hubo observacin posible, y los partes de Long's Peak 
confirmaron este funesto contratiempo.
Sin embargo, si el resultado del experimento fue el que se esperaba, los viajeros que 
partieron el 1 de diciembre a las 10 horas y 40 minutos de la noche, deban llegar el da 4 
a medianoche. Hasta entonces era, pues, preciso tener paciencia sin alborotar demasiado, 
hacindose todos cargo de que era muy difcil, no siendo en condiciones muy favorables, 
observar un cuerpo tan pequeo como la granada.
El 4 de diciembre, desde las ocho de la tarde hasta medianoche, hubiera sido posible 
seguir el curso del proyectil, el cual habra parecido como un punto en el plateado disco 
de la Luna. Pero el tiempo permaneci inexorablemente encapotado, to que llev al 
ltimo extremo la exasperacin pblica. Se injuri a la Luna porque no se presentaba. 
Volubilidad humana!
J. T. Maston, desesperado, march a Long's Peak. Quera observar por s mismo, no 
cabindole la menor duda de que sus amigos haban llegado al trmino de su viaje. Por 
otra parte, no haba odo decir que el proyectil hubiese cado en un punto cualquiera de 
las islas y continentes terrestres, y J. T. Maston no admita ni un solo instante la 
posibilidad de una cada en los ocanos que cubren las tres cuartas partes del globo.
El da 5 sigui el mismo tiempo. Los grandes telescopios del Viejo Mundo, de 
Herschel, de Rosse, de Fousseaul, estaban invariablemente dirigidos al astro de la noche, 
porque en Europa el tiempo era precisamente magnfico; pero la debilidad relativa de 
dichos instrumentos invalidaba todas las observaciones.
No hizo el da 6 mejor tiempo. La impaciencia atormentaba las tres cuartas partes del 
globo. Hasta hubo quienes propusieron los medios ms insensatos para disipar las nubes 
acumuladas en el aire.
El da 7 el cielo se modific algo. Hubo alguna esperanza, pero sta dur poco, pues 
por la noche espesas nubes pusieron la bveda estrellada a cubierto de todas las miradas.
La situacin se agravaba. El da 11, a las nueve y once minutos de la maana, la Luna 
deba entrar en su ltimo cuarto, y luego it declinando, de suerte que despus, aunque el 
tiempo se despejase, la observacin sera poco menos que infructuosa. La Luna entonces 
no mostrara ms que una porcin siempre decreciente de su disco hasta hacerse Luna 
nueva, es decir, que se pondra y saldra con el Sol, cuyos rayos la volveran absoluta-
mente invisible. Sera, por consiguiente, preciso aguardar hasta el 3 de enero, a las 12 
horas y 41 minutos del da para volverla a encontrar llena y empezar de nuevo la 
observacin.
Los peridicos publicaban estas reflexiones con mil comentarios, y aconsejaban al 
pblico que se armase de paciencia.
El da 8 no hubo novedad. El 9 reapareci el Sol un instante, como para burlarse de los 
americanos. stos to recibieron con una estrepitosa silba, y l, herido sin duda en su amor 
propio por una acogida semejante, se mostr muy avaro de sus rayos.
El da 10 tampoco hubo variacin notable. Poco falt para que J. T. Maston perdiese la 
chaveta, inspirando serios temores al cerebro del digno veterano, tan bien conservado 
hasta entonces bajo su crneo de gutapercha.
Pero el da 11 se desencarden en la atmsfera una de esas espantosas tempestades de 
las regiones intertropicales. Fuertes vientos del Este barrieron las nubes tan tenazmente 
acumuladas, y por la noche el disco del astro nocturno, a la sazn rojizo, pas 
majestuosamente en medio de las lmpidas constelaciones del cielo.

XXVIII
Un astro nuevo
Aquella misma noche, la palpitante noticia esperada con tanta impaciencia, cay como 
un rayo en los Estados de la Unin, y luego, atravesando el ocano, circul por todos los 
hilos telegrficos del globo. El proyectil haba sido percibido gracias al gigantesco 
reflector de Long's Peak. He aqu la nota redactada por el director del observatorio de 
Cambridge, la cual contiene la conclusin cientfica del gran experimento del Gun-Club.

Long's Peak,12 de diciembre

A los seores miembros del observatorio de Cambridge

El proyectil disparado por el columbiad de Stone's Hill ha sido percibido por los 
seores Belfast y J. T. Maston, el 12 de diciembre, a las 8 horas 47 minutos de la noche, 
habiendo entrado la Luna en su ltimo cuarto.
El proyectil no ha llegado a su trmino. Ha pasado, sin embargo, bastante cerca de l 
para ser retenido por la atraccin lunar.
A11, su movimiento rectilneo se ha convertido en un movimiento circular de una 
rapidez vertiginosa, y ha sido arrastrado siguiendo una rbita elptica alrededor de la 
Luna, de la cual ha pasado a ser un verdadero satlite.
Los elementos de este nuevo astro no han podido an determinarse. No se conoce su 
velocidad de traslacin ni su velocidad de rotacin. Puede calcularse en 2.833 millas, 
aproximadamente, la distancia que to separa de la superficie de la Luna.
En la actualidad se pueden establecer dos hiptesis, y segn cul sea la que 
corresponde al hecho, modificar de distinta manera el estado de cosas.
O la atraccin de la Luna prevalecer sobre todas las fuerzas, y arrastrar el proyectil, 
en cuyo caso los viajeros llegarn al trmino de su viaje.
O, conservndose el proyectil en una rbita inmutable, gravitar alrededor del disco 
lunar hasta la consumacin de los siglos.
He aqu to que las observaciones nos dirn un da u otro, pero, por ahora, el nico 
resultado de la tentativa del Gun-Club ha sido dotar a nuestro sistema solar de un astro 
nuevo.
J. BELFAST.

Cuntas cuestiones suscitaba un desenlace tan inesperado! Qu situacin preada de 
misterios reserva el porvenir a las investigaciones cientficas! Gracias al valor y 
abnegacin de tres hombres, una empresa tan ftil en apariencia, cual era la de enviar una 
bala a la Luna, acababa de tener un resultado inmenso, cuyas consecuencias eran 
incalculables. Los viajeros, encarcelados en un nuevo satlite, si bien es verdad que no 
haban alcanzado su objetivo, formaban al menos parte del mundo lunar; gravitaban 
alrededor del astro de la noche, y por primera vez poda la vista penetrar todos sus miste-
rios. Los nombres de Nicholl, de Barbicane y de Michel Ardan debern, pues, ser siempre 
clebres en los fastos astronmicos, porque estos atrevidos exploradores, deseando 
ensanchar el crculo de los conocimientos humanos, atravesaron audazmente el espacio y 
se jugaron la vida en la ms sorprendente tentativa de los tiempos modernos.
Conocida la nota de Long's Peak, hubo en el universo entero un sentimiento de sorpresa 
y espanto. Era posible auxiliar a aquellos heroicos habitantes de la Tierra? No, sin duda 
alguna, porque se haban colocado fuera de la humanidad traspasando los lmites 
impuestos por Dios a las criaturas terrestres. Podan procurarse aire durante dos meses. 
Tenan vveres para un ao. Pero y despus...? Los corazones ms insensibles palpitaban 
al dirigirse tan terrible pregnta.
Un hombre, uno solo, se negaba a admitir que la situacin fuese desesperada, uno solo 
tena confianza, y era su amigo adicto, audaz y resuelto como ellos, el buen J. T. Maston.
No les perda de vista. Su domicilio fue en to sucesivo Longs Peak; su horizonte, el 
espejo del inmenso reflector. Apenas la Luna apareca en el horizonte, la encerraba en el 
campo del telescopio y la segua asiduamente en su marcha por los espacios planetarios. 
Observaba con una paciencia eterna el paso del proyectil por su disco de plata, y, en 
realidad, el digno veterano viva en comunicacin perpetua con sus tres amigos, y no 
desesperaba de volverlos a ver un da a otro.
Me cartear con ellos -deca al que quera orle-, cuando las circunstancias to 
permitan. Tendremos noticias de ellos, y ellos las tendrn de nosotros. Los conozco; son 
hombres de mucho temple. Llevan consigo en el espacio todos los recursos del arte, de la 
ciencia y de la industria. Con esto se hace cuanto se quiere, y ya veris cmo salen del 
atolladero.

FIN
